domingo, 12 de junio de 2016

Demasiado ‘Grindr’ nos convertirá en terroristas

Hago mía esta frase del maestro Pasolini que, bajo el título Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas, aunó en un libro todos sus artículos escritos en prensa a lo largo de su carrera. En él criticaba los modelos de educación, la televisión, el cine comercial o la política. El pobre no imaginaba todo lo que se nos venía encima y si no le hubiera pillado la muerte de imprevisto, lanzaría más de un alarido viendo en lo que nos hemos convertido.

Vivimos en una sociedad enferma. No hablo de las guerras, el terrorismo o la crisis de los refugiados, que ya por sí mismos son grandes problemas de nuestro mundo. Hoy hago referencia a los pequeños inconvenientes que son el germen de los grandes padecimientos transnacionales.

Sin ir más lejos, echemos una mirada a nuestro colectivo, a cómo se han deformado y transformado las relaciones en todo este tiempo. Hemos pasado desde hace escasos años (para lo que es la Memoria Histórica) de ser los mariquitas graciosos amigos de las tonadilleras, los peluqueros o los que cuidaban a su madre enferma antes de morir a entrar en un contexto en el que nos sentimos capaces de marginar, discriminar y hasta odiar a quien se nos cruce por el Grindr (y fuera de él).

Queremos tener gente al lado para volcarle nuestras frustraciones, para que nos aguante, para que nos haga compañía en esas noches en las que, aún sin quererlo, nos damos cuenta que necesitamos a alguien que nos abrace por la noche. Pero, en cuanto amanece y se nos pasa la morriña, todo queda como un favor mutuo, como cuando estás perdido en mitad de la montaña y tienes que abrazarte a tu compañero de viaje para no morir de frío. Pura practicidad.

Nos hemos vuelto demasiado prácticos. Hemos pasado de tener esa sensibilidad especial, como podría decir Rocío Jurado, a no tener ni el más mínimo remordiendo a la hora de juzgar, y sobre todo, prejuzgar el comportamiento de la gente.

Hemos caído de lleno en las garras de las nuevas tecnologías convirtiéndonos en pseudodioses que nos permiten dar vida o muerte (espero que de forma retórica) con sólo el toque de un dedo. No necesitamos dar explicaciones ni tener paciencia, la inmediatez se ha convertido en nuestro pan de cada día. No somos capaces de esperar algo si tarda más de lo que dura la batería de un móvil; hemos adoptado una obsolescencia programada sentimental que tira para atrás.

Tenemos smartphones que nos llevan a la misma puerta del lugar que buscamos, ordenadores que nos hacen el trabajo más fácil y aplicaciones que alivian nuestras tensiones. Todo lo que nos rodea en nuestra vida cotidiana es tan práctico que lo que requiere un mínimo proceso mental para comprenderlo nos da máxima pereza. Aún no existe aplicación que nos marque el camino cuando te relacionas de una forma íntima con otra persona, así que hay que echar mano del cerebro y de nuestra ¿inteligencia? emocional. ¡Qué pereza! Mejor encajar piezas en el Candy Crush que en nuestra vida. ¡Pobres de nosotros! Queremos olvidar lo que significa la palabra soledad. En un mundo interconectado nadie puede sentirse solo: Whatsapp, Facebook, Instagram, Twitter, Youtube… La falsa ilusión de no estar solos nos hacer olvidar que nunca estamos acompañados.

La soledad nos vuelve egoístas. No hay por qué atender las necesidades de los demás, todo se reduce a un mero intercambio para seguir sobreviviendo en este mundo en el que uno es fuerte hasta que encuentra a alguien que lo hace débil; y no hay nada más desagradable en este individualismo moderno que encontrarte con una persona que te haga sentir vulnerable.

Todos disimulamos muy bien. Si nos damos un paseo por la plaza de Chueca nos encontraremos con un montón de personas ensimismadas que viven esta vida sin necesitar nada, ni a nadie, haciendo su rutina y seguras de sí mismas con la confianza de que aunque pierdan el rumbo siempre habrá una aplicación que les marque el camino hacia la puerta más cercana donde le esperará el amor que durará lo que dura el sentimiento de no estar solo.
Fuente: Cascaraamarga.com

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