domingo, 22 de mayo de 2016

¿“Contra natura”?

79 países y entidades políticas han criminalizado la homosexualidad o fomentan y toleran una violencia brutal contra ella.

La semana pasada, el gobierno de Estados Unidos determinó que las escuelas deben permitir que los estudiantes transgénero usen los baños según su propia identidad de género, iniciativa que ha causado polémica en cuanto choca con prejuicios arraigados. En Italia se aprobaron las uniones civiles del mismo sexo, iniciativa tardía en el contexto europeo, pero avance notable dado
el peso del Vaticano en ese país. En México, se ha avanzado hacia
el pleno reconocimiento de los derechos de la diversidad sexual pero, como en esos y otros países, persisten resistencias ante el cambio social, como lo evidenció la oposición de una diputada a la aprobación del matrimonio igualitario en Campeche, por conside-
rarlo “contrario a la naturaleza”.

A este tipo de prejuicios responde el comunicado de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, relativo al Día Internacional contra la Homofobia, que se celebra hoy, en que invita a los Estados a “acabar con la patologización de adultos, niños y adolescentes” por su orientación afectivo-sexual o su identidad de género.

La estigmatización de la homosexualidad como “enfermedad mental” remplazó, o complementó, su condena como “pecado” o conducta “contra natura” desde fines del siglo XIX, cuando también se patologizaron como “histeria” o “locura” conductas femeninas disonantes. La apropiación de los cuerpos y mentes de “otros” por la medicina, la psicología o la criminología corresponde a un proceso de dominación que, en base a clasificaciones arbitrarias, impone una norma, “lo normal”, y justifica la exclusión, como lo explicara Foucault.

Clasificar a partir de una visión sesgada de la realidad es uno de los procedimientos del poder que
han pautado, y deformado, nuestra comprensión del ser humano. Los usos que se han dado al concepto de “naturaleza” han servido, según los intereses en juego, para expulsar de la humanidad a “monstruos”, “pervertidos” y “raros”, etiquetas que se han impuesto tanto a genocidas y asesinos seriales como a mujeres emancipadas o a personas no heterosexuales.

El poder que se juega en el nombrar y normar se hace evidente cuando la represión y exclusión en función de las fobias se vuelven sistemáticas o se intensifican y cuando surgen resistencias contra la estigmatización inscrita en códigos y normas sociales.

En cuanto a la homosexualidad, si bien desde los años 50 los estudios sobre la sexualidad , y luego los estudios de género, demostraron que la diversidad sexual forma parte de la “naturaleza” y del ser humano, la Asociación Psiquiátrica Americana la mantuvo en su Manual diagnóstico de enfermedades mentales hasta 1973 y la OMS sólo la desestigmatizó en 1992, en gran medida gracias a los movimientos por los derechos LGBTTI. No obstante, hay todavía quienes, carentes de ética, llevan a cabo “terapias de conversión”, inútiles pero traumáticas y hasta letales; hay familias que recurren a éstas y otras prácticas violentas contra sus hijos e hijas, y 79 países y entidades políticas han criminalizado la homosexualidad o fomentan y toleran una violencia brutal contra ella. No se trata sólo de ignorancia, prejuicios o miedos: el pensamiento binario predominante tiene utilidad política para un orden social excluyente que impone grandes sufrimientos, y hasta la muerte, con tal de preservar la “norma” y preservarse.

El exterminio de homosexuales por los nazis, las condenas a muerte en Irán, las violaciones punitivas en la India, son ejemplos fehacientes del grado de barbarie que se puede alcanzar en nombre de la “naturaleza” o del “bien social”. La homofobia, sin embargo, no tiene que ser tan flagrante para herir y mutilar: ¿cuántos niños, niñas y adolescentes han sido acallados, rechazados o maltratados por reconocer lo que son y
decirlo? ¿Cuántos padres, madres, docentes, estudiantes, empleadores se han atribuido el derecho de discriminar a otros y otras porque no se apegan a sus expectativas de heteronormatividad?

Acabar con la homofobia requiere de una valoración social de la diversidad y de un respeto real por la persona, que no depende sólo de leyes sino exige una autocrítica de la sociedad y de cada cual ante sus propios miedos y prejuicios.
Fuente: El Economista.com

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