martes, 9 de febrero de 2016

Machistas sin fronteras

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 Las más de 160 concentraciones machistas convocadas a lo largo y ancho de todo el planeta para el el pasado seis de febrero demuestran la firme determinación del machismo de recuperar el espacio perdido gracias al feminismo, a las mujeres y a la transformación social que han generado en el camino hacia la Igualdad.
 

Todavía hay mucha gente que cree que el machismo no va en serio y que nunca lo ha ido, que machismo es el chiste fuera de tono, el piropo fuera de sitio o el comentario fuera de lugar, como si el machismo estuviera fuera de las personas y sólo algunos hombres lo utilizaran en determinados momentos. Pero la realidad es muy diferente.

El machismo está dentro de cada persona, es el ADN cultural, la deriva a la que cualquier identidad aboca a no ser que se haga algo para evitarlo.

Porque el machismo es la cultura, y la cultura es conocimiento. Matt Ridley la definió como la “capacidad de acumular ideas e inventos durante generaciones, de transmitirlas a los demás, y así unificar los recursos cognitivos del grupo o sociedad”. Y lo que hace el machismo es situar sus ideas y valores como referencia común para toda la sociedad y con carácter universal, es decir, para todos y para todo. De ese modo, crea una identidad para hombres y otra diferente para mujeres, pero ambas bajo la referencia común de sus ideas y valores. Por eso a los hombres les dice que “la violencia contra las mujeres es un recurso útil para restablecer el orden dentro de las relaciones en determinadas circunstancias”, y a las mujeres les dice que “la violencia por parte del hombre puede presentarse en algunas ocasiones”, circunstancia que lleva a que en la sociedad exista una idea de normalidad reflejada en la frase “mi marido me pega lo normal”; no como decisión individual de una mujer ni como respuesta de muchas mujeres, sino como una construcción de la cultura machista.

Y esa construcción, al ser universal, tiene una gran ventaja añadida, puesto que no sólo crea y configura la realidad para que suceda de una determinada manera, sino que, además, tiene el plus de darle significado, es decir, de asignarle una serie de valoraciones y elementos que la hacen trascender de lo inmediato para que adquiera sentido en un contexto más amplio, que lleva, incluso, a aceptar en lo general lo que se cuestiona en lo particular. De ese modo, aunque se critique y se diga que la violencia de género es rechazada por una gran mayoría de la sociedad, tal y como muestran los estudios, al mismo tiempo se acepta que, cuando las mujeres provocano las circunstancias lo aconsejan se puede recurrir a ella, y que cierto grado de violencia de baja intensidad es buena para mantener el orden y corregir aquello que se considera desviado.
Esta construcción no es casual, ni los hombres son machistas por accidente, sino por interés. De ahí sus resistencias a cualquier cambio.

La reacción del machismo no es nueva, comenzó en el momento en que apreciaron que el cambio social hacia la Igualdad no se limitaba a un reparto de los tiempos y los espacios, y de las funciones a desarrollar en cada uno de ellos, sino que llevaba a un cambio en las identidades tradicionales fijadas sobre una idea única e inflexible de lo que era ser hombre y ser mujer, para pasar a entender que había distintas formas de serlo. Del reparto del tiempo y el espacio se pasó al cambio de identidades, algo que imposibilitaba mantener su orden social y el control como se había hecho hasta entonces.

Se produjo así una percepción de pérdida de la que responsabilizaron a las mujeres y al feminismo, de ahí el incremento del odio hacia ellas; pero también hacia los hombres que, como consecuencia de esa transformación, se unían a la lucha por la Igualdad.
El machismo demuestra su debilidad con el uso de la fuerza, mientras la que Igualdad demuestra su fuerza con la paz y la convivencia. No lo olvidemos.
Surge así el posmachismo como un nueva estrategia machista para mantener sus privilegios, pero junto a él se mantiene el machismo tradicional con sus formas de siempre: directo, violento, explícito…, para generar más confusión y permitir sumar a través de las dos iniciativas. Sólo hay que ver cómo se organizan entre ellos y cómo coordinan sus estrategias para entender que son una misma cosa con distintas acciones.
Las manifestaciones machistas o ultra-machistas -como las han llamado- para el día seis de febrero son un ejemplo de este activismo machista en busca de sus privilegios perdidos.

Y aunque sus planteamientos y reivindicaciones exigen una respuesta institucional por la incitación al odio y a la violencia contra las mujeres, también revelan elementos muy interesantes sobre el retroceso del machismo. Veamos algunos:
  • El hecho de que el machismo, que es cultura y ha utilizado la normalidad y el espacio público para desarrollar su modelo de sociedad, tenga que manifestarse públicamente indica una clara pérdida de espacio.
  • La reivindicación explícita de la violencia contra las mujeres muestra su debilidad y la pérdida de la capacidad de influencia que antes tenía. Ahora tiene que limitarse a la fuerza y a la amenaza.
  • Convocar manifestaciones en más de 160 ciudades del plantea revela que el retroceso del machismo y el avance de la Igualdad es global.
  • La convocatoria de los encuentros desvela que la mayoría de los machistas y posmachistas viven completamente ajenos a la realidad y aislados entre ellos, confundiendo sus contactos a través de las redes sociales, donde son muy activos, con la vida en sociedad, donde están ausentes.
  • La reivindicación del pasado desvela que en verdad no tienen futuro, y que su único lugar de encuentro es ese “cualquier tiempo pasado” que para ellos claramente fue mejor.
  • La cancelación de las convocatorias es reflejo de esa toma de conciencia de su soledad y aislamiento social.
Es cierto que la sociedad es machista y la cultura aún vive en la desigualdad, pero el machismo va a menos y la Igualdad a más, y cada día lo hace a una velocidad mayor. Por desgracia, y por falta de implicación gubernamental e institucional, aún pagamos el precio de la violencia de género y de otras injusticias, pero la conducta de los machistas más violentos no debe confundirnos a la hora de valorar todo lo logrado. El machismo demuestra su debilidad con el uso de la fuerza, mientras la que Igualdad demuestra su fuerza con la paz y la convivencia. No lo olvidemos.

La Igualdad es imparable, tanto como la deriva hacia la nada del machismo, pero no debemos dejar que sea el tiempo el que decida el momento de alcanzar la meta final de la Igualdad real, sino la decisión y la determinación de una sociedad que exija a los gobiernos la adopción de medidas y políticas para lograr ese objetivo al margen del tiempo, es decir, ya.

Los machistas no tienen fronteras, como podemos ver, pero sí deben tener límites.
Fuente:  Miguel Lorente en Huffingtonpost.es

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