martes, 8 de septiembre de 2015

“¿Quieres jugar conmigo?” Sexo lésbico no convencional

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Sexo de dos, sexo de tres, sexo de cuatro. Sexo con dolor. Sexo sometida, sexo sometiendo. Sexo sin amor, sexo con ternura. Sexo para complementarse, sexo para ser libre, sexo para no pensar. Lesbianas que juegan con prácticas no convencionales nos permiten que las espiemos.

“¿Quieres jugar conmigo?”
Es lo primero que te pregunta alguien cuando se te acerca. Si no te apetece jugar, el interlocutor se va, no insiste. Y si quieres jugar, debes comenzar por decir tus gustos y tus límites. ¿Hasta dónde quieres llegar?, ¿qué es lo que te da miedo?, ¿qué te gusta hacer y cómo te gusta hacerlo?

En lugares como este las palabras se transforman y pueden perder su significado real. Decir “No”, “Para”, “Ya basta”, puede querer decir: “Sigue”,“Me gusta”, “No pares”, por lo que una vez establecidos los límites el siguiente paso es buscar una palabra clave cualquiera, como “rayo”, “tren”, que se reconozca entre ambos “jugadores” como la señal para dejar de jugar.

Estos lugares son locales en Madrid donde se llevan a cabo fiestas a las que los invitados suelen ir vestidos de negro, y las chicas normalmente llevan tacón y maquillaje. No puede entrar cualquiera, debes tener una invitación o reservar un cupo por las páginas de internet de los locales.


Se trata de las fiestas BDSM (B: Bondage, D: Disciplina y Dominación, S: Sumisión y Sadismo, M: Masoquismo) que tienen como principio, entre los entendidos, la sigla denominada SSC, prácticas Seguras, Sanas y Consensuadas.

Adina tiene una voz y unos gestos tan encantadores y una cara tan dulce que recuerda a una profesora de guardería. Por eso resulta difícil imaginarla metiendo la cabeza de alguien en el váter y tirando de la cisterna, o pensar en ella dando y recibiendo fustazos, o atada, amordazada y colgada frente a un grupo de gente en una de estas fiestas.

Adina (32) es sexualmente activa con hombres y mujeres, pero para establecer una relación las prefiere a ellas. Conoció el mundo del BDSM a través de una ex novia, que a fuerza de mordiscos fue despertándole el gusto y la curiosidad de mezclar el placer con el dolor. “No me gusta que me hagan daño, pero hay cierto dolor que te lleva a sentir placer. Cuando se terminó la relación empecé a buscar en internet y empecé a ir a las fiestas. Me fui metiendo cada vez más. Yo en el BDSM soy switch, lo que quiere decir que puedo dominar y ser dominada, cumplo los dos roles, pero sólo me puede dominar una mujer, no me gusta que un hombre lo haga, me resulta humillante”, relata Adina, que ya lleva siete meses en esto.

Adina cuenta que en el BDSM se juega mucho con los temores y que, al menos a ella, sus miedos la alientan. Desde un día que se cortó un dedo picando verdura le teme a los cuchillos, por lo que los cuchillos, la sangre, y las marcas físicas forman parte de su lista de límites. “Cuando se juega con fuego más que jugar con el cuerpo se juega con la mente, se juega con el miedo, se domina la mente; prefiero jugar con el miedo a las cosas antes que hacerlo. Si me amenazan con cuchillo, me excita sentir miedo. O si alguien me dice que le dan miedo las agujas, yo llevo a nuestra sesión en su casa una aguja, no voy a tocarla, pero la haré creer que lo haré, la haré tocarla, mirarla. Los límites se respetan escrupulosamente porque es el “no” de otra persona. Pero también es cierto que los límites se van superando. Hasta hace poco en mi lista estaban las grapas quirúrgicas. Desde el comienzo le dije a la chica que me domina que no me las iba a poner. Ella dijo ‘No te preocupes, ya me lo pedirás’. Y así fue”.

Para Adina el BDSM le ayuda a sentir más intensamente. “Si te ponen una máscara en la cara y apenas puedes respirar, cuando te la quitan sientes todo el aire en tu piel, algo que no sientes normalmente. Cuando te atan y no te puedes mover, te tapan los ojos y sólo puedes oler, esa sensación es mucho más fuerte”.
A Adina le gusta que la dominen porque es muy controladora con su tiempo y sus amigos, es su manera de descansar, de no pensar, de no tener responsabilidades. “También me gusta dominar porque alguien te regala su vulnerabilidad para que yo haga lo que quiera, y eso se hace con el máximo respeto para hacer lo que yo quiera dentro de lo que esa persona ha definido previamente”.

Actualmente Adina tiene dos relaciones de BDSM. Es dominante con un chico y una chica la domina. Este tipo de relaciones no entra en su mundo familiar, de amigos ni laboral, pero pueden llegar a exigirle tanto como una relación más convencional. “Si llegase a tener una novia, estas relaciones se terminarían. Me gustaría que participara también del BDSM pero si no, no pasa nada. Pues muchas veces se hacen cosas que para la otra persona no tienen ese significado, por ejemplo, puedo salir de fiesta y llevarme una chica a casa, aprisionarla contra la pared o atarla, a ella le parecerá que es sexo más salvaje, para mí tiene otro significado”.

Para Adina, una relación BDSM es mucho más segura que una relación de pareja convencional. “Antes de empezar ya tienes pactados tus límites y pactado que no te pueden hacer daño. En cambio, en las otras relaciones nunca sabes si la otra persona puede o no hacerte daño, no hay una seguridad”.

Orgía antes del examen

Ana se despertó a las 12 de la mañana y con un capuccino se preparó para todo lo que le esperaba ese día de puente: estudiar para su examen del máster. Mientras comía una tostada con mermelada, la llamó su amiga Alicia. “¿Es que todavía no has dormido?”, le preguntó Ana al notar que Alicia y dos amigas más, Carmen y Marcela, seguían de fiesta, fiesta que para Ana había acabado a las 6 de la mañana, cuando después de una cena, un bar de copas y una discoteca se fue a casa a dormir.

“Tía, lo hemos pasado genial, después de la discoteca subieron a mi casa, seguimos bebiendo y hemos hecho un trío”, le contó Alicia.

“Yo le digo a Alicia: ‘Pero tía, estas cosas me las tienes que decir; tú me llamas cuando salgan estas cosas y yo voy’. Y ella me dice: ‘Bueno, entonces si quieres vamos’, a lo que yo le digo: ‘Pero tía, ¿qué dices?’ Y ella ‘Que sí, que sí, que tenemos todavía un montón de cerveza y tenemos una botella de champán, que de verdad que vamos, lo hacemos de a cuatro’. Ya después cortamos, pensé que sólo estaba bromeando”, cuenta Ana.
Pero antes de
 que terminara su última tostada, sonó el timbre. “Tía, abre, que estamos aquí, traemos champán”, gritaban desde afuera.

“Yo no me lo podía creer. Nos sentamos todas en mi casa, que es muy pequeña y les dije que me contaran lo que habían hecho, del trío, y me dijeron que no, que aquí no venían a contar nada, venían a vivirlo, estaban de pedo total y yo con mi capuccino. Me lo quitaron y me dieron cerveza y champán. Alicia empezó a cerrar todas las ventanas de la casa, quedó por completo oscura. Pusimos todo lleno de velas, y quedó muy bonito”.

Alicia se había duchado antes de ir a casa de Ana, pero Marcela y Carmen seguían con la misma ropa de la noche anterior, oliendo a tabaco de discoteca. “Yo no hago nada con estas dos si no se duchan antes”, dijo Ana. Marcela y Carmen no tuvieron ningún problema, se quitaron la ropa frente a Ana y se metieron juntas a la ducha. “Yo estaba flipando. No lo podía creer. A estas dos no las conocía mucho, las había visto un par de veces. Y se quitaron la ropa frente a mi, yo que ni siquiera me quito la ropa en el gimnasio porque me da palo que me vean. Y por otro lado estaba Alicia, que, siempre me había parecido muy mona y me sentía atraída por ella. Eran muchas las sensaciones”.

Mientras Marcela y Carmen estaban en la ducha, Alicia comenzó a sacar de su mochila un arnés, un dildo, esposas, lubricante con sabor a fresa. Carmen y Marcela fueron las primeras en liarse. Ana y Alicia se fumaban un cigarro, miraban. Ana aún no estaba borracha y no sabía muy bien qué hacer. Marcela y Carmen no la atraían mucho, pero la situación le daba morbo, curiosidad. “Cada vez me empecé a sentir más encantada, tienes a tres chicas desnudas haciendo cosas en tu cama, un juego de manos que te toca, que te quita la ropa, que te besa. Era increíble”, relata Ana.

Para calentar el ambiente empezaron los juegos. Una de las cuatro se acostaba en la cama con los ojos vendados y las manos atadas al respaldo de la cama, y las otras tres alternaban los besos y las caricias en la boca, los pechos y el clítoris. Cuando por fin la que estaba atada adivinaba quién propiciaba cada beso y cada caricia, rotaban y ya le tocaba a otra recibir.

“Era espectacular. Era inútil pensar qué mano era, no te podías enterar, no sabías quién te besaba, quién te lamía, porque además tampoco las conoces en ese ámbito”. Después de ese juego siguió el que se hizo con el arnés y los juguetes sexuales. La orgía terminó con “una combinación perfecta, un círculo de cuerpos, donde una daba y recibía. Y la visión de estos cuerpos unidos y compenetrados era increíble, y el movimiento de la situación, dar y recibir”.

Seis horas se prolongó el juego sexual entre las cuatro. A veces Alicia y Ana paraban para fumar un cigarro. Carmen y Marcela no se detenían. “Me encantó la experiencia, lo haría otra vez, pero esta vez con otras chicas, que no fueran amigas y también que me gustaran. Carmen lo hacía genial, donde la pusieras, Marcela no tenía casi experiencia lésbica, y por eso mismo era muy apasionada, y Alicia a mí me había gustado cuando la conocí, pero nos hicimos amigas así que todo quedó ahí, por lo que me daba mucha curiosidad probar algo con ella. Estuvo genial”.

A las siete de la tarde Alicia se fue, esa noche tomaba el tren para ir a pasar el puente a casa de su familia, en el pueblo. Carmen y Marcela habían quedado con otros amigos. Ya sola en casa, Ana llamó a su mejor amiga para contarle. Luego apagó las velas, abrió las ventanas y comenzó a estudiar para su examen.

Tú y yo. Y ella.
Lucía (23) se levanta a las 8 de la mañana cada día, se viste sin ducharse y se va a correr por el parque. A la vuelta estudia para su oposición y por las tardes da clases de inglés a un grupo de niños de entre 5 y 9 años. Raquel (31) pasa el día encerrada en la oficina en la que trabaja de administrativa. Está siempre conectada al Facebook y al Messenger. Odia hacer deporte y el McDonalds que está debajo de su oficina es el mayor escollo a la hora de cumplir la dieta que lleva 6 años tratando de seguir.


Marta (28) se levanta cada día luchando con sus tres hermanas para usar el baño. Camina a su trabajo de becaria en una consultora pensando que ya está harta de vivir con su familia, harta de que no la tomen muy en serio en su trabajo, harta de que su sueldo de 650 euros no le permita irse de casa.

Entre 9 y 10 de la noche, Lucía y Marta llegan a la casa de Raquel, que las saluda con un largo beso en la boca a cada una y las espera siempre con cerveza. Se acomodan en la cama, conversan, se olvidan del trabajo, la dieta, el baño compartido, se besan, se ríen, follan. Lucía, Raquel y Marta son pareja hace más de cuatro meses. Pareja de tres. “Si ya es difícil llegar a tu casa y decir a tu madre: ‘Esta es mi novia’, imagina lo que es llegar y decir: ‘Mamá, estas son mis novias'”, cuenta Lucía. “Por eso no lo contamos a nuestra familia, sólo lo saben algunos amigos, a ellos les parece bien, y al que le parece raro, se acostumbra cuando nos ve juntas”.

“No es algo que se planea, es algo que se da”, asegura Marta, que conoció a Lucía por internet. “Raquel y yo éramos amigas y a veces nos liábamos. Conocí a Lu, nos liamos también, y un día salimos con Raquel y pasó. Cada vez que salíamos las tres terminábamos follando. Además hacíamos cosas juntas, salíamos a tomar algo, a cenar, a un concierto, las típicas cosas que hacen las parejas, y se dieron las cosas, las tres conectamos muy bien, nos complementamos y nos queremos”.

No es una relación libre, aclaran las integrantes. Sólo una relación cerrada de tres. Lo que quiere decir que no pueden liarse con otra ni traer a una cuarta integrante a la cama.

“Entre nosotras no tenemos celos porque tenemos claro el lugar que ocupamos en la vida de la otra. En agosto nos fuimos Raquel y yo a la playa. Estuvimos una semana solas y a la siguiente semana vino Marta, que tiene menos vacaciones en su trabajo. Y aunque lo pasamos muy bien las dos solas, sólo nos sentimos completas como pareja cuando estamos las tres. Los celos sólo aparecen con gente de afuera. Que venga otra chica y le entre a una de mis novias me molesta, pero que mis dos novias se vean si no estoy yo, no me molesta porque sé que nos queremos y lo que somos cuando estamos juntas”.

“Buscamos a alguien que nos pertenezca”
En la relación con su novia, Tamara siempre tomaba las decisiones. Adónde iban de vacaciones, adónde iban a cenar, en qué momentos tenían sexo y en qué postura lo tenían. “Aburre tener siempre el control de todo, quería por un momento dejar de organizar y planear cada cosa. Además estaba cansada de mis prácticas sexuales. Quería probar cosas nuevas, como el sexo anal, pero apenas lo insinuaba a una chica, te miraban como a un bicho raro”

Eso mismo le contó a su amiga Eli un día tomando una caña. Eli estaba inmersa en el mundo del BDSM, le mostró su “kit de viaje”, una maleta llena de esposas, fustas, látigos, collares, entre otras cosas, y le propuso mantener una relación donde Tamara obedeciera todas sus órdenes. Tamara aceptó encantada. A través de Eli, Tamara conoció a una pareja de chico heterosexual y chica bisexual buscaban a una persona que se sometiera a sus deseos.

“Me gustaron porque eran muy educados, no me ofrecían que me sometiera a ellos porque sí, sino porque ofrecían cuidarme, ayudarme a crecer como persona. Decían, ‘Nosotros estaremos incondicionalmente para ti y tú estarás incondicionalmente para nuestros deseos. Si alguna vez te pasa algo y nos necesitas, ahí estaremos’”. Cada día, al despertar, Tamara les enviaba un mensaje al móvil para decirles que ya se había despertado. Ellos la llamaban cada mañana para saber cómo estaba y cada noche para saber si había llegado bien a casa. Los encuentros sexuales entre los tres eran esporádicos, al menos una vez a la semana. 

“Por teléfono y por internet estábamos conectados cada día. Hablando o chateando yo les trataba con educación, les preguntaba que querían y les trataba de usted. Parece tontería contarlo, pero cuando estabas en el foro por internet, por ejemplo, sí que se crea ese ambiente. Y sí que vives esa fantasía”.
Al ser ellos “dueños” de Tamara, podían llamarla en algún momento y decir “Vente a casa ahora”, “Esta noche te vienes a cenar”.

Las visitas a casa de “sus dueños”, se desarrollaban según sus órdenes. Podían estar a mitad de una cena, la mitad de una copa o una conversación, y le daban a Tamara la orden de desnudarse, de masturbarse o de comenzar a follar.

“Yo no llevaba el peso de nada, era siempre otro el que decidía y eso me gustaba mucho; si yo quería empezar algo me decían ‘No, no es cuando tú quieras, es cuando nosotros queramos’. Aunque él me atraía de una forma intelectual, no dejaba que me penetrara, sólo tenía sexo con ella y con él, lo que yo llamo sexo manual. Te cuidan mucho, un día en que me daban con una fusta se dieron cuenta que me hacían más daño de lo normal, tenía las piernas en carne viva y se detuvieron, porque yo no estaba ejerciendo mi autocontrol”. Tamara ha dejado recientemente esta relación, después de un encuentro que sobrepasó su límite de humillación, colgada de la puerta del salón de sus sometedores, recibiendo azotes. Además tiene novia, y ya una relación de dos y otra de tres le resulta incompatible.
Fuente: Revista MiraLes.com

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