lunes, 31 de agosto de 2015

'Agrogays' fuera del armario

 

 Una molinera, un músico que cría caballos, una granjera... 

Viven en el campo, son homosexuales y los impulsores del 'Agrogay', el festival con el que quieren derribar la homofobia en el entorno rural 


Tiene 58 años. Vive en una pequeña aldea gallega. Cuenta con una rica trayectoria en el ámbito de la gestión cultural. Planta su propia huerta. Está poniendo en marcha una cooperativa de cultivo de cereal.

 Es homosexual abiertamente declarado. Son características que es difícil que confluyan en una única persona, pero que en la zona rural de Ulloa, en la provincia de Lugo, tienen un sólo nombre propio: Braulio Vilariño. Es una de esas personas que desprende energía y simpatía en cuanto te saluda. Podría decirse que es un friendly, pero es mucho más, es un agrogay friendly.

El término lo ha acuñado él con varios compañeros, hombres y mujeres homosexuales del mundo rural, quienes este fin de semana han alcanzado su máximo esplendor con la celebración del II Festival Agrogay de Ulloa que ellos mismos organizan.

Braulio, Davide Salvado, Laura Halçague, Marta Álvarez, Adrián Gallero y Gina Gisbert suelen juntarse mucho para compartir trabajos, experiencias y muchas risas, pero en las últimas semanas se están viendo aún más horas de las habituales. Dos días antes de la eclosión del festival se citan en Granxa Maruxa para ultimar detalles y hablan con Crónica sin ataduras de su condición. Son agrogays y no solo están orgullosos, sino que buscan que se expanda el concepto y su filosofía de vida.

Pero, ¿qué es un agrogay? En sentido literal, una persona homosexual que vive en el campo. Tal y como le gusta utilizarlo a este grupo de amigos, un individuo que, además, cultiva la tierra, vive en sintonía con la naturaleza y defiende un rural diverso en lo afectivo y en lo sexual y los principios de sostenibilidad, ecologismo y respeto al patrimonio. Una isla de resistencia contra la ruralfobia y la homofobia. Un agrogay es, por ejemplo, Marta Álvarez. Nació en Vigo, la ciudad más grande de Galicia; estudió empresariales en Lugo y, a los 29 años, cuando tuvo que decidir qué quería hacer realmente con su vida, se decantó por levantar la granja de vacas que sus padres llevaban alquilando largos años en el pequeño municipio de Monterroso. "Las vacas me vinieron a buscar", dice.

Homosexual declarada, acostumbrada a vivir sus relaciones con otras mujeres amparada en el anonimato de una ciudad, aterrizó en una aldea con apenas un puñado de habitantes con el objetivo de labrarse un futuro profesional y disfrutar de su condición sexual con libertad. Llegó como un torbellino, pintó la casa con la bandera arcoiris del movimiento de LGTB y estampado de vaca, puso música a los animales, y aprendió desde arar a sacar la leche a las vacas. "La gente en el pueblo hacía apuestas a ver cuánto aguantaba", dice. Y 15 años después todavía llegan comerciales a su finca preguntando por el jefe, pues la de granjero sigue siendo una profesión eminentemente masculina. Pero lo consiguió. Recién separada tras varios años de vida en pareja, su propiedad, Granja Maruxa, ya se ha labrado la fama de producir las galletas de nata ecológicas más ricas en kilómetros a la redonda y ella es una de las columnas vertebrales del festival agrogay.

Mujer, granjera y lesbiana y, pese a todo, Marta asegura que nunca ha sentido rechazo. "Eres tú quién tiene que normalizar la situación y si eres abierto, no tienes problemas", dice. Su opinión la comparte Braulio, quien durante dos décadas tuvo uno de los locales de más éxito de la vida cultural de Santiago, el Modus Vivendi, hasta que hace unos años decidió fijar su residencia definitivamente en Palas de Rei, de donde es su familia. Él, que nunca ha tenido que vivir en el armario, y que tiene un perfil profesional tan variado que se autodenomina "enlazador de mundos", es consciente de que "siempre ha habido tabúes y sigue habiéndolos", pero cree que si en la Ulloa se han superado pueden derribarse en todo el campo español.

Vivir la homosexualidad en una ciudad puede resultar más sencillo, pero en lo rural se vive con más
naturalidad, lejos de las comunidades cerradas o guetos que llegan a crearse en algunas ciudades como lo fue en su día Chueca. "Aquí importa más la persona, más allá de con quién te acuestes, porque te conocen mejor", asegura Laura Halçague, una argentina de 37 que hace 10 aterrizó en España para trabajar un verano como artesana y ya nunca se fue: "Me enamoré haciendo el Camino". Cayó prendada de Galicia y de una asturiana a pesar de que nunca había tenido una relación seria con otra mujer. Ahora se dedica a recuperar un molino abandonado.

Al igual que ella, Davide Salgado tampoco concibe su vida lejos de la Ulloa. Músico profesional, actúa por toda Europa y América y acaba de presentar su último trabajo en el Calgary Folk Music Festival (Canadá), pero después de cada gira siempre vuelve a su hogar. Tiene una granja de caballos en una aldea, Liulfe, en la que su casa es la única habitada y tanto cuando su pareja está con él como en las largas temporadas en que le deja solo por trabajo siempre se siente arropado. "El problema surge cuando te escondes, si te muestras y estás orgulloso de cómo eres, no hay marginación", dice. Es su experiencia e invita a compartirla.
Fuente: El mundo.com

 

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