viernes, 24 de julio de 2015

Si fuésemos iguales

Iguales 


Tras poder casarnos con alguien de nuestro mismo sexo, aparentemente se han legitimado nuestras familias, nuestras relaciones, nuestras hijas e hijos. Parece que nadie sufre discriminación salvo unos ataques aislados que la sociedad condena.

Conozco a muchas personas que son lesbianas, gays, transexuales o bisexuales que defienden que son iguales, pero luego relatan que no han salido del armario de su trabajo o con sus padres, o cuentan que sufrieron violencia en sus colegios. Nos adaptamos al medio: aceptamos nuestras discriminaciones como si existiera un precio que pagar por no ser heterosexual o cisexual. Cuando nadie debería pagar un precio de dolor por ser quien es o sentir como siente.

Tratamos de evitar la consciencia de nuestra desigualdad, porque es incómoda. Porque nos recuerda que no existen todas las leyes que necesitamos, porque nos recuerda que nuestra situación dista mucho de la igualdad real.

Nos creemos iguales hasta que comenzamos a soñar con un mundo en el que podríamos ser realmente iguales:
Si fuésemos iguales, las mujeres lesbianas, bisexuales y/o solteras podríamos acceder a la reproducción asistida pública en las mismas condiciones que las mujeres con pareja varón. Lo mismo sucedería con los hombres transexuales y sus parejas.

Si fuésemos iguales, salir del armario en el trabajo no constituiría un problema ni sentiríamos miedo de perder el empleo cuando mostramos abiertamente nuestra orientación sexual o identidad de género.

Si fuésemos iguales, no sería noticia que se colgasen banderas de los ayuntamientos, que se iluminasen fuentes con los colores del arcoíris, porque estos colores representarían nuestra cotidianeidad, no la excepción.

Si fuésemos iguales, contar a la familia nuestra orientación sexual o la identidad de género no sería ni necesario. Ni habría que medir las posibilidades de ser rechazada por ello, ni las consecuencias.

Si fuésemos iguales, las y los deportistas LGTB serían referentes públicos. La palabra “maricón” se extinguiría de los estadios de fútbol. Las y los jóvenes deportistas no tendrían que ocultar su orientación sexual o identidad de género para no ser expulsadas por ella.

Si fuésemos iguales, no se produciría un éxodo silencioso de personas LGTBI a las grandes ciudades. No creeríamos que existen lugares demasiado pequeños para aceptar la diversidad. Porque el tamaño de una ciudad no determina su respeto a los derechos humanos.

Si fuésemos iguales, nadie pondría en duda a las personas bisexuales. Cualquier expresión de género sería aceptada. Existirían leyes para que las y los menores trans pudieran vivir conforme a su sexo sentido. Las personas transexuales no pasarían por un infierno de dos años para poder obtener la documentación legal que les acredita el género que realmente sienten. Ningún médico manifestaría en ningún momento de ese proceso que las personas transexuales están enfermas. Porque no lo están.

Si fuésemos iguales, el Estado no observaría impasible cómo un 11% de las y los jóvenes LGTBI fuera del armario sufre violencia física en los centros escolares. El profesorado recibiría formación para evitar la lgtbfobia; las y los jóvenes estudiarían derechos humanos como parte de su educación; incluso existirían orientadores escolares que pudieran ayudar a ese alumnado. Jamás se suicidaría ninguna persona por su orientación sexual o identidad de género.

Yo no me conformo con sólo soñar que existe una opción de ser iguales. No.

Me niego a aceptar la desigualdad en la que vivimos como una aparente igualdad legal, existiendo todas estas enormes contradicciones y dolor encima de la mesa, debajo de la alfombra. Un dolor totalmente presente en la vida de lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales.
Fuente: MiraLes.com

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