jueves, 9 de julio de 2015

Identidad, roles y orientación sexual

orientacion sexual 


Lo que somos, cómo lo vivimos y lo que nos gusta

¡Hola un mes más a todas y todos! En este número de MíraLES he decidido que nos pongamos más sexológicas todavía; y espero que esto no te eche para atrás, sino que te despierte aún más el gusanillo de leer el artículo. Después de la reflexión del otro día sobre la orientación del deseo, he recibido algunos comentarios, dudas e ideas que me han hecho plantearme la oportunidad de profundizar más sobre esta cuestión. Porque muchas veces los medios de comunicación, los dichos populares y las habladurías provocan tanta confusión como malestar… y, desgraciadamente, tenemos mucho más acceso a esta información que a la que de verdad nos ayuda a crecer.

Y eso es lo que me gustaría que sacáramos en claro de este artículo: una serie de ideas que nos ayuden a diferenciar todo eso que es independiente y que en el día a día se nos mezcla para dejar de juzgar y ser juzgadas; para desarrollarnos con la máxima libertad. Que digo yo: ¿no serán bastantes las trabas que nos pone la vida de por sí, que tenemos que andar complicando más las cosas y aumentando el sufrimiento? A mí con lo inevitable me basta y mi propuesta es que todo lo demás aprendamos a vivirlo de la forma más positiva y satisfactoria posible, con modelos que nos empoderen y que no nos limiten.

Foto: Julián Navarro
Foto: Julián Navarro

Escuchamos comentarios del tipo “Las personas homosexuales no son verdaderos hombres y verdaderas mujeres”, “Si a un chico le gusta la danza seguro que es gay”, “A las lesbianas lo que les pasa es que quieren ser hombres y por eso son tan masculinas”, etc. He preferido maquillar la violencia y desagrado con los que suelen decirse estas frases, pero creo que todas y todos sabemos de lo que hablamos, me temo. Pero desde estos modelos limitantes, asfixiantes y despectivos, muchas veces no se encuentran respuestas. Así, ¿qué ocurre cuando nos encontramos una mujer lesbiana de lo más femenina?, ¿y ante hombres homosexuales increíblemente interesados por el fútbol o la lucha libre? ¿Acaso alguien no conoce personas heterosexuales con un comportamiento más femenino, siendo hombres, o más masculino, siendo mujeres? Es aquí cuando este modelo se queda sin respuestas, sin etiquetas y sin argumentos. No es un modelo extensible a la variabilidad que vivimos. ¿Existen otros que se ajusten mejor a la realidad de hombres y mujeres, incluyente y respetuoso con todas las sexualidades? Seguro que sí. De momento, yo voy a proponerte uno.

¡Pues vamos a meternos en materia! Este es un modelo planteado desde la sexología, que personalmente me resulta increíblemente útil, sencillo de aplicar y fácil de hacer llegar a cualquier persona, tenga la edad que tenga, con su única e irrepetible sexualidad y sea cual sea su ideología. Como con cualquier teoría científica, especialmente cuando la ciencia en cuestión es joven, pueden sugirr nuevas perspectivas y nuevos paradigmas… y eso es precisamente lo que enriquece el estudio del ser humano.

Para poder responder a todas las preguntas antes planteadas este modelo propone tres conceptos clave: la identidad sexual, los roles sexuales y la orientación del deseo. Estas tres ideas son totalmente independientes entre sí (presta atención a esto porque es una de las claves) y con unas características concretas y diferentes.
La identidad sexual es, como su propio nombre indica, lo que nos identifica como mujeres o como hombres. Todas las personas del mundo tenemos una identidad sexual: nos sentimos hombres o nos sentimos mujeres, estas dos etiquetas son excluyentes entre sí y son estables a lo largo de la vida. Según parece, desde los 3-4 años las personas nos identificamos con uno u otro sexo (seguro que te suena haber oído expresiones infantiles como “el nene quiere comer”, “no quiero jugar a eso porque no es de niñas”, etc.). Desde fuera también “etiquetamos” a la gente con quien interactuamos como hombres o mujeres y, de hecho, cuando nos cruzamos por la calle con alguien de quien no tenemos claro su sexo, solemos quedarnos pensando en ello, intentar descubrirlo, etc. Como seres sexuados estamos “prediseñados” biológicamente para auto-identificarnos e identificar al resto de personas con uno u otro sexo.

En la mayoría de los casos esto no supone ninguna dificultad, pero hay casos en los que sí es así. La asignación de sexo que hacemos a otras personas suele basarse en dos cuestiones: los genitales y los roles sexuales, de los que hablaremos más adelante. Así, cuando una persona nace y tiene pene se le cataloga como “niño”, mientras que si tiene vulva se le considera “niña”. Algunas veces, cuando ese niño o esa niña crece se asigna a sí mismo o misma una identidad sexual distinta a la que hasta entonces le daba el resto de la gente. ¿Es esto consecuencia de un capricho? ¿De una excentricidad o llamada de atención? ¿Se le pasará a esta persona con el tiempo si tratamos de educarla con la etiqueta que socialmente se le ha dado? La realidad es que el proceso de sexuación de los seres humanos es mucho más complicado que el simple desarrollo de los genitales externos y que, por tanto, la asignación de sexo basada en esta cuestión anatómica no es suficiente. Estas personas entran, si tienen la suerte de encontrarse en un contexto permisivo y con acceso a la tecnología y profesionalidad necesarias, en un proceso de reasignación de sexo o transexualidad, del que seguro que hemos oído hablar.

Volviendo al tema que nos ocupa, de la identidad sexual, esta es, por tanto, una característica estable en las personas, forjada en la primera infancia y que nos ayuda a definirnos. Vamos entonces con los roles sexuales. Son lo mismo que los roles de género, aquellos comportamientos que son más habituales en mujeres o en hombres; lo que consideramos femenino o masculino. A diferencia de la identidad sexual, no son estables a lo largo de tiempo, ni nos definen como hombre o como mujer: son algo mucho más plástico, flexible y relacionado con cada persona más que universal (cambian según el momento y el lugar). Así, comportamientos que hace años eran típicamente femeninos (como llevar pendiente o colores rosas) en la actualidad han sido asumidos también por muchos hombres; y conductas que en nuestro país son típicamente masculinas (como el arreglo y mantenimiento de la casa) en lugares de África son la tarea asignada a las mujeres. La clave para entender los roles sexuales es que tienen una base en parte biológica y en parte social, que sólo sirve para hacernos crecer y ayudarnos a reconocernos como hombres o mujeres, pero que en ningún caso nos limitan. Nadie es puramente masculino o puramente femenino; todos tenemos formas de hablar, expresiones, gestos, gustos, intereses, hábitos y comportamientos entremezclados. Con esta riqueza, frases como “los hombres no lloran”, “eso es de nenas” o “pareces un marimacho” dejan de tener sentido.

Los hombres y las mujeres tienen la posibilidad de asumir roles sexuales más masculinos o más femeninos, según su contexto social, en parte; y en parte también según sus preferencias, en un continuo parecido al que marcábamos el mes pasado para la orientación del deseo. Es el modelo de intersexualidad. Para terminar vamos a recordar precisamente las nociones básicas sobre este último concepto. Respecto a su estabilidad, sería una cuestión intermedia entre la identidad sexual, que es muy estable, y los roles sexuales, que son todo lo flexibles que culturalmente permitamos que sean. Si bien puede cambiar a lo largo de tiempo, dado que no es una cuestión rígida, sino mucho más relajada; sí suele mantenerse a lo largo de la vida muy habitualmente. Es independiente de los roles sexuales. De forma que los hombres que se sienten atraídos por hombres no tienen por qué ser femeninos, como aquellos que se sienten atraídos por mujeres no tienen que ser masculinos. La orientación del deseo tampoco se relaciona directamente con la identidad sexual; así hombres y mujeres pueden sentirse atraídos por uno u otro sexo (o por ambos) sin que por ello se ponga en duda su identidad sexual (aunque es evidente que estadísticamente es más frecuente que los hombres se sientan atraídos por mujeres y a la inversa). Sólo así podemos entender que haya personas con una reasignación de sexo como mujeres, que igualmente se sienten atraídas por otras mujeres, por ejemplo.

¿Cómo ves todo esto? Puede ser un poco complicado de ver al principio y, si te surgen cuestiones o desacuerdos estaré encantada de que me los hagas llegar a SexuaLES; pero espero que estés de acuerdo conmigo en que este modelo abre muchas más puertas que el que nos han contado hasta ahora, donde las mujeres lesbianas son exclusivamente masculinas (o actrices de cine porno para hombres heterosexuales) y todos los hombres siguen el prototipo metrosexual de Jesús Vázquez o el afeminado de Boris Izaguirre. La sexualidad es mucho más: más rica, más interesante y más libre.
Fuente: Revista MiraLes.com

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