viernes, 31 de julio de 2015

¿A qué edad se acaba el sexo?

lesbianas mayores 


—Buenas tardes doctora, mientras mi marido se cambia, me gustaría hacerle una consulta. Hoy le han dado el alta y se supone que está totalmente recuperado, pero desde su operación su deseo es mucho más bajo, ¿cree que puede deberse a la intervención? ¿Hay algo que podamos hacer?

—Señora y qué quiere, a su edad es lo normal.

Esta conversación ocurrió realmente hace algunos años entre una mujer de algo más de 70 años y una médica del sistema público de salud. ¿Deben las personas mayores renunciar a las relaciones eróticas y al deseo? Y, si es así, ¿a qué edad? Sobre todo para ir preparándonos. Es evidente que el deseo no es el mismo a lo largo de toda la vida, que cambia y evoluciona como el resto de nuestras emociones. Sin embargo, estos cambios no necesariamente van a menos, dependerá de cada persona y de su biografía. Hoy en día vivimos muchos más años que hace apenas 50 o 60 años; además, el concepto de pareja es mucho más abierto y es relativamente habitual que mujeres y hombres de mediana o avanzada edad, empiecen relaciones de pareja después de haber roto otras o haber enviudado. Así, si se dan cambios demográficos y sociales, ¿por qué no van a darse cambios psicológicos y fisiológicos en lo referente a la sexualidad?

La sexualidad es una dimensión de las personas que nos acompaña a lo largo de toda la vida: desde la primera infancia hasta la vejez. Porque la sexualidad no son sólo relaciones eróticas: son sentimientos, creencias, emociones, respuestas fisiológicas y aprendizajes, siempre mediados por la cultura y la sociedad en que nos encontramos. Los y las bebés, ya en la cuna, experimentan deseos, sienten placer cuando se tocan zonas del cuerpo especialmente sensibles (la lengua, los pies, los labios o los genitales). Durante mucho tiempo esa sexualidad se ha negado, por el error de percibirla desde un enfoque adulto, lo que daba lugar a miedos y malestares. De la misma forma, el mandato social actual habla de una sexualidad muy concreta, obviando o sancionando lo que se salga de ahí: juvenil, en pareja monógama, heterosexual y centrada en el coito. ¿Cuántas parejas no encajan en este perfil? Y en otro sentido, ¿cuántas personas se ven obligadas a obedecer este modelo?

Fotógrafo: Julián Navarro

La tercera edad tiene una serie de características que la definen: no hablamos de dificultades y malestares, sino de características. A medida que envejecemos se dan cambios en nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras relaciones; unas negativas, pero otras positivas y otras neutras. 

Es importante cambiar la concepción social de la vejez para poder valorar lo que nos ofrece. Por una parte, es una etapa vital con mayor estabilidad emocional y  social, sin las preocupaciones propias de etapas previas. Esa sensación de relajación, de haber hecho el trabajo duro y tener por delante una etapa de menor actividad es para muchas personas una oportunidad para volver a disfrutar de las relaciones eróticas y de búsqueda de placer y bienestar.

Por otro lado, después de tantos años de convivencia, las personas se conocen a sí mismas mejor que en otras etapas previas: conocen su cuerpo, sus respuestas, su forma de ser y sus gustos. Esta característica juega sin duda a favor en lo que a la sexualidad se refiere.

Y como tercer factor a tener en cuenta, podemos referirnos a los cambios físicos y fisiológicos que ocurren a partir de la mediana edad. Es evidente que a medida que envejecemos perdemos elasticidad, motricidad, agilidad y capacidad de esfuerzo; pero la sexualidad y las relaciones eróticas no están diseñadas para atletas, ni mucho menos. De entre estos cambios, la menopausia es seguramente el que más mitología ha despertado en medios de comunicación, entornos sociosanitarios y revistas femeninas, seguramente. No obstante, sabemos que la menopausia, con todos sus efectos a nivel físico y psicológico, afecta de manera muy diferente a unas mujeres que a otras. Tenemos testimonios de mujeres que dicen notar una disminución del deseo sexual, pero también hay muchas mujeres que lo que experimentan es precisamente un aumento: la despreocupación por embarazos no planificados, la desvinculación de las relaciones eróticas a lo reproductivo; y la posibilidad de dejarse llevar con mucha mayor facilidad que cuando eran más jóvenes, son posiblemente las causas. Lo que es evidente es que mantener una idea de la menopausia vinculada exclusivamente a malestares, pérdidas y renuncias no fomenta una sexualidad saludable y positiva a partir de los 50.

Una vida sexual satisfactoria es tan posible en la vejez como en la juventud, la adolescencia o la adultez. Seguro que recordamos lo placentera que era la sexualidad en la adolescencia, cuando el deseo y la excitación consistían en miradas, algunos besos, caricias y roces. ¿Quién dice que no puede ser igualmente satisfactoria en la vejez con estas u otras prácticas? Desde que nacemos hasta que morimos contamos con un cuerpo, una mente y una capacidad de relacionarnos, absolutamente posibilitadas para el placer, el bienestar y el disfrute. Si restamos todo el malestar derivado de esta concepción de la sexualidad en la vejez nos quitamos, sin duda, una importante mochila de encima: el malestar de muchas mujeres de estas edades y toda la ansiedad anticipada en relación a cuando lleguemos a la tercera edad. La sexualidad es tan plural y variada como sabemos; y, una vez más, las teorías simplistas no nos valen.

Así, mujeres jóvenes, maduras, mayores y adolescentes… ¡disfrutemos de lo que la sexualidad nos ofrece en cada momento! Porque perdernos una sola de las ventajas y de las cosas que nos apetecen es una limitación mayor de la que merecemos.
Fuente: Revista MiraLes.com

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