sábado, 20 de junio de 2015

La importancia de llamarla novia

 


 Si eres un miembro del colectivo LGBT seguro que te has encontrado alguna vez en una situación paracida a esta. Pongamos un escenario: un hospital. Pongamos dos protagonistas de la escena: tú y tu novia/mujer/pareja.  Pongamos que una de ellas tiene que hacerse una intervención. No es a vida o muerte, no hace falta dramatizar. Solo una operación rutinaria en la que, por supuesto, te acompaña tu familiar más cercano. Hasta aquí, todo en orden. Nada fuera de lo normal. Médicos, enfermerxs, celadorxs, lo típico de un hospital. La complejidad del asunto llega cuando alguien dice a voz en grito: “¡Familiares de… (pongamos Emma Mars)!” y de entre las sombras aparece, claro está, la mujer con la que compartes tu vida.

Este es el punto de inflexión en el que el argumento de esta novela da un giro inesperado. En ese instante tú la miras, ella te mira, os sonreís. No obstante, el personal del hospital acaba de caer en un oscuro pozo de incomprensión que percibes en ligeras caídas de mandíbula y pestañeos automáticos durante los dos/tres segundos que tardan en COMPRENDER que compartís techo (y lecho). Aquí es donde empieza esta trampa de diccionario, pues, curiosamente, que hayan comprendido que sois pareja no implica que sepan cómo dirigirse a tu familiar más cercano ni qué título darle. 

Si has vivido algo parecido, habrás pasado por situaciones en las que los responsables hospitalarios te hacen preguntas que se quedan colgadas en el aire con la esperanza de que tú las autocompletes; preguntas del tipo: “¿Es tu amiga o…?”.

A lo largo de la visita médica darán por sentado que la persona que te acompaña puede ser tu hermana, tu prima, tu compañera de piso o tu amiga, pero nunca tu compañía romántica. Y si por casualidad se les pasa por la cabeza que compartes tu vida con ella, la falta de naturalidad y el pudor a llamar a las cosas por su nombre, provocarán que hagan uso de todo tipo de eufemismos, algunos de ellos incluso ofensivos.

Recuerdo que en una situación muy parecida yo tuve que aguantar que una enfermera se acercara a mí para decirme:

“Tú eres la de la chica que está esperando, ¿no? Está muy nerviosa tu amiguita“.

AMIGUITA. Os juro que no se me ocurre una manera más peyorativa para referirse a tu pareja. Este eufemismo de mujeres muy siglo XX que solo salen de sus casas para visitar el ultramarinos o colgadas, ufanas, del brazo de sus esposos, suele ser empleado por quienes no tienen los arrestos necesarios para decir “amante” o…. simplemente “PUTA”.

Comprendo que la enfermera estaba intentando ser cariñosa  al calificar a mi mujer de mi amiguita, pero yo, simplemente, no podía dar crédito. Tal vez porque no acierto a imaginar la cara que pondría una mujer heterosexual si alguien se refiriera a ella como la “amiguita” de su marido. Bueno, miento, sí me la imagino. Doy por sentado que se sentiría profundamente ofendida. Pensaría, alma de cántaro, que la están llamando prostituta y lógicamente no la culpo por ello.

Este tipo de situaciones hacen que te preguntes qué le ocurre a la sociedad. ¿Qué problema tienen con el vocabulario? En pleno siglo XXI, gays y lesbianas hemos llegado a una especie de acuerdo tácito con los heterosexuales para que nadie nos grite barbaridades a la salida de un Registro Civil o Ayuntamiento. Hemos conseguido que las parejas LGBT se cojan de la mano sin que nadie (generalmente) les escupa a su paso. Nuestros amigos y familiares, superada la sorpresa, te preguntan por tu media naranja con normalidad. Entonces… ¿a qué viene tanta torpeza de vocabulario? ¿Por qué la gente sigue teniendo miedo o pudor a referirse a tu pareja como NOVIA, MUJER O ESPOSA?

Es como si nadie se atreviera a ponerle nombre a lo que somos. 

Mi propia madre, sin ir más lejos, se sigue refiriendo nosotras en segunda persona de masculino plural. Son tantas las veces que dice vosotrOs, en lugar de vosotrAs, que se ha ganado varias reprimendas por mi parte. Pero en su defensa diré que mi madre suma muchas décadas en cada pierna y además forma parte de una generación para la que hasta hace poco era impensable e incluso peligroso apoyar este tipo de relaciones. ¿Pero qué excusa tiene el resto de la población? ¿Qué pueden decir en su defensa jóvenes y adultos que apoyan nuestros derechos pero no se atreven siquiera a ponernos nombre?

En un escenario como este, creo necesario hacerles comprender que no somos “amiguitas” ni “compañeras”, y si me apuras no somos siquiera “pareja”, porque este término está tan a caballo entre la tierra del XX y la del XY que no acaba de ser claro. Así que no. No somos nada de eso. Somos novias, esposas y mujeres, y es importante, fundamental, que empecemos a llamar a las cosas por su nombre. La aceptación y la igualdad pasan también por utilizar los mismos términos que los heterosexuales para referirse a tu pareja y a tu modelo de familia. De lo contrario, pareciera que somos menos, diferentes, un caso extraño, entes de tres cabezas que necesitan medicación especial. Y no lo somos.

Al menos, yo tengo claro que lo mío es un “matrimonio” y no una “unión”; que mi pareja es mi “mujer” o mi “esposa”, no mi “compañera” (ni mucho menos mi “amiguita”). Así que la próxima vez que alguien te pregunte: “¿Es tu compañera?” te invito a que no te conformes a decirle que sí por pudor o pereza. Te animo a que recuerdes la importancia del vocabulario y les respondas con la verdad, si quieres. Diles: “Por supuesto que es mi compañera, pero sobre todo es mi novia”.
Fuente: Una chica de Marte

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