domingo, 17 de mayo de 2015

Día Internacional contra la Homofobia: ¿Por qué rechazamos a los demás por ser diferentes?

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Un conocido me contaba hace poco que había descubierto que su hija era lesbiana. Estaba indignado porque su hija no había tardado ni una semana, una vez le había confesado su orientación, en presentarle a su novia. “Una chica machorra un poco subidita de carácter”, según él.

Mi amigo, después de una larga conversación conmigo, empezaba a entender que la orientación de su hija no tenía especial relevancia, pero se había quedado fijado en esa chica, la novia de su hija. No podía verla. Le repelía.
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Mi profesión y mi experiencia me hicieron dudar de si realmente la chica sería tan irreverente y desagradable. Saqué a mi amigo a dar un paseo. Por delante de nosotros pasó una mujer, de unos 40, alta, con el pelo corto, perfecta para mi trampa. Entonces le dije a mi amigo, Antonio, “Mira, yo conozco a esa chica, también es lesbiana”.

Mi amigo se indignó en cuanto la vio, como yo esperaba. “¡Por qué tienen que llevar el pelo corto!”. “¡Y mira esos aires tan masculinos!”. “¡Y esa mirada de odio que me ha echado, seguro que es por ser hombre!”. Enseguida confesé a mi amigo que “me había echado un farol”. No la conocía, y es posible que fuera heterosexual. Volvió a mirar a la chica, ya de espaldas, y ya no le pareció masculina en absoluto.

Este ejemplo me sirvió para que Antonio entendiera que a veces filtramos la realidad en función de nuestros miedos y prejuicios. Si mi amigo cree que las lesbianas odian a los hombres, cada vez que le mire una mujer lesbiana, creerá ver en sus ojos soberbia y rechazo.
Lo desconocido produce angustia. Todo lo que no somos capaces de controlar nos asusta. Sólo puntuales personalidades están directamente dirigidas hacia lo nuevo, lo diferente. Atraídas por lo desconocido. La mayoría lo teme. 
 
El cerebro humano es el mejor economista. Su objetivo, si le dejamos, será consumir la menor energía posible. La parte del cerebro que se encarga de integrar las diferencias y enfrentarse a nuevas situaciones (principalmente localizada en el lóbulo frontal), es una finita capa que cubre el resto del cerebro, pero que, cuando se pone en acción, consume muchísima más energía que sus correlatos del cerebro más primitivos y automáticos. Cuando nos enfrentamos a algo nuevo, como cambiar de trabajo, vivir fuera de nuestro país, o conocer a la novia de nuestra hija recién salida del armario, esta área del cerebro se encarga de buscar  estrategias nuevas y creativas para adaptarnos a ello y aceptar. El cambio, la adaptación a lo nuevo, producen angustia. La angustia es el correlato emocional de ese proceso de búsqueda y adaptación que está haciendo nuestra inteligencia. A la angustia la sucederá la excitación y la paz, cuando hayamos por fin conseguido adaptarnos. Nuestra inteligencia se habrá visto recompensada, pues a partir de ahora tendrá más recursos.

Sin embargo, no todos hacen este esfuerzo. En muchas partes del mundo y en todas las épocas, el hombre ha recelado de la mujer, el hombre blanco del hombre negro, el de un pueblo de los del pueblo de al lado. No ha querido explorar sus misterios ni su cultura, le ha tenido miedo, y ha optado por rechazarle. Y si podía, someterle. Desde aquí podríamos pensar: ¿No hubiera sido más fácil adaptarse el uno al otro y vivir en paz y con amor? Lo cierto es que no. El sometimiento y el rechazo era más barato (cerebralmente hablando) que esforzarse por la adaptación.
En sociología se llama disonancia cognitiva. Mi cerebro agota su energía si me gusta algo de A pero a la vez temo algo de A. El cerebro exige que elijamos. O me gusta, o no me gusta.

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Hitler aprovechó este proceso cerebral. Muchos alemanes, en plena guerra, seguramente se planteaban, en aquella época de crisis, que “¡Los judíos son personas y no estamos haciendo nada por evitar su masacre!” pero a la vez también pensaban que “No tenemos dinero y tenemos que compartirlo con los judíos”. Muchos cerebros, los mas económicos, huyendo de la disonancia, concluyeron sus razonamientos con un “Los judíos me quitan lo que es mío, son los culpables de la crisis, por lo tanto son malas personas. Es más, ni siquiera son personas”. Parece absurdo ¿verdad? Pues constantemente nuestro cerebro hace este tipo de saltos lógicos para deshacer la disonancia cognitiva. Si no somos críticos con nuestras percepciones iniciales, nuestro cerebro puede engañarnos dramáticamente.

Volvamos a este ejemplo. He conseguido que mi amigo me confiese que, esperando el ascensor de su piso, estuvo hablando con una chica muy inteligente, atractiva y sonriente. Cuando entró en casa le estaba esperando su hija y ¡resultó que esta chica con quien compartió el ascensor era la pareja de su hija! Entonces fue cuando se empezó a fijar bien en ella, la empezó a ver no tan guapa, algo masculina y extraña. Veía algo oscuro en ella, algo digno de desconfianza ¿Es que ya no era la misma chica? Sí, sí lo era. Pero su cerebro constantemente está filtrando la realidad en la dirección necesaria para que no tenga una disonancia cognitiva: “Esta chica es encantadora” pero “No quiero que esta chica sea la novia de mi hija”.

Compruébalo. Según vayas andando por la calle imagínate que la gente que va pasando es terrorista. O del partido contrario al tuyo. Pasado un rato imagínate que son lo contrario. De tu misma ideología política, trabajan en una ONG, o les encantan tus grupos de música favoritos. Imagínate que son heterosexuales y al momento que son homosexuales. ¿Te ha cambiado la percepción sobre ellos?
Para cualquier grupo social, esforzarse por llegar a una sociedad plural, con familias diversas, supone un esfuerzo grande. Entender al otro, tan diferente, es angustioso y exigente. Es mejor enjuiciarlo. Prejuiciarlo.

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Cuanto más se ve el mundo en blancos y negros, buenos y malos, menos angustia y más economía cerebral logramos. Es más común odiar al partido político contrario a nuestras ideas que ser críticos por igual con los componentes de ambos partidos, aun manteniendo nuestra idea política. A los prorrusos y proucranianos que están empezando a usar la fuerza les es mas fácil esto, por increíble que parezca, que tratar de encontrar un acuerdo.

Esta es la razón: la economía cerebral y el pánico a lo desconocido son los causantes de que en ciertos países se condene algo, como la homosexualidad, que no atañe nada más que a quien lo hace. Convertir lo ajeno, lo diferente, en algo “malo” y “culpable” es el camino mas corto para considerarse a uno mismo “inocente” y “bueno”.

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Fuente: MiraLes.com


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