domingo, 26 de abril de 2015

Soy “la otra”

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Las lesbianas estamos genéticamente programadas para meternos en líos raros. Incluso las que no quieren, las que dicen pasar de historias y rollos extraños, acaban con la lesbian agua hasta el cuello. A día de hoy mí lío es el siguiente: soy la otra. La ilegítima, la que es apodada con nombres de animales en formato femenino: zorra, perra…

La que no va a las comidas familiares, la que no sale en las fotografías, ni es etiquetada en Facebook. Pero soy la que tiene sexo apasionado (una de las ventajas de ser “la otra”).

En caso de cuernos, ¿quién es la “mala y pérfida” de la historia? ¿La que engaña a su novia? ¿Yo que me meto en una relación? ¿La pánfila que no se entera de nada? Vale, me he pasado, esta última no tiene culpa pero es que es inevitable, en mi situación, no cogerle manía.

¿Cómo una mujer tan razonable como yo se metió en este berenjenal? Me lo pregunto frecuentemente esta última semana. ¿Mi respuesta? Nunca fui razonable. Siempre he sido una kamikaze con espasmos de racionalidad.

Ella, el objeto de mi deseo, se llama Inés. Y cuando la vi hace un mes y medio en un bar me quedé atontada. 

Había algo en su forma de mirar y sonreír que condicionaba mis propios ojos y boca. Mi amigo Marc, con el que tomaba una cerveza, la miró y me dijo: “Anda, pero si es Inés, de mi gimnasio”.

Se sentó con nosotros y yo no tardé mucho en decir, sin venir a cuento, que soy lesbiana. Desde que estoy soltera es mi estrategia de conquista. Pues si la susodicha que tengo enfrente también lo es, digamos que se lo pongo fácil y no perdemos tiempo en especulaciones. Y si no lo es, también bien, puesto que este año se ha disparado la tasa de mujeres que se definen como heterosexuales pero fantasean con la idea de tener sexo con otra mujer.

Resultó que Inés era bollera y tenía novia desde hace 3 años. Es el tipo de mujer guapa, que busca jugar, provocar, pero en el fondo no sabe jugar. Pierde con facilidad y cae en las trampas de su oponente. Estuvimos un par de semanas intercambiando mensajes, yo sentía que no tenía nada que perder. Ella pensaba que podría controlar. No pudo.

Las primeras tres semanas fueron intensas. Divertidas. El buscarnos y el desentendernos, tenernos la una a la otra en la cabeza, en el cuerpo. Condensar todo lo que teníamos que decirnos con las manos y con la boca, en las pocas horas libres que ella podía justificar ante su novia.

Pero ya sabéis, estamos genéticamente diseñadas para meternos en líos. Y astrológicamente determinadas para complicarnos la vida innecesariamente. Las tres primeras semanas fueron geniales. Al comienzo de la cuarta empecé a molestarme sutilmente por los planes de vacaciones que tiene con su novia. Empiezo a irritarme porque en lugar de cenar conmigo el jueves, irá al cine con ella. Porque tienen una canción, tienen una historia en la que yo me muevo como el personaje invitado en una sitcom de humor absurdo.

Me gusta, le gusto. La quiere. Se quieren. Y llega el punto donde todas son preguntas y nada es respuesta. ¿Quién ganará y quién perderá? ¿Cuál es el límite previo al derramamiento de sangre?
Fuente: Revista MiraLes.com

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