lunes, 27 de abril de 2015

La asfixiante vida en el armario

Pareja 


Estoy en ese punto donde mi felicidad se ve empañada por un poco de tristeza, como una mancha oscura en una tela limpia y clara. Estoy ahogada por dos emociones contradictorias sobre un mismo tema. Estoy profunda y perdidamente enamorada de otra mujer, la cual también me corresponde con todo su corazón, pero por diversos motivos nuestras familias no pueden saberlo.

Cuando nos ocurre algo malo en nuestras vidas, recurrimos a nuestros amigos y familiares, si es algo bueno, lo hacemos con mayor razón; queremos compartir la dicha y que sean felices por y con nosotros. Es difícil separar estos sentimientos que luego de más de dos años de relación, parece que se han unido en uno solo. La felicidad de encontrar el amor y el dolor junto con la frustración de no poder compartirlo con quienes amamos.

Somos mujeres jóvenes, ella tiene 23 y yo 21 años, nos conocimos hace años atrás y la vida volvió a juntarnos el 2012, ella ha sido mi primera novia, yo también lo fui para ella. Es gracioso recordar cómo nos hicimos amigas: pertenecíamos a un grupo de gente que disfrutaba del manga y anime, yo tenía 15 años y jamás pensé que algún día ella y yo seriamos pareja. Bueno, nunca pensé que yo me enamoraría de una chica en primer lugar. Durante toda la secundaria salí con un chico de mi clase y cuando llegamos a la universidad, terminamos; en ese período volvimos a reencontrarnos ella y yo; al poco tiempo caí rendida a sus pies, completamente abrumada por todos estos sentimientos que nunca había experimentado. Todo gracias a un mensaje de Facebook.

Por mucho tiempo creí que no le gustaba, intentaba acercarme a ella pero en esos instantes ella se alejaba más de mi. Justo en ese tiempo mi antiguo ex volvió para pedir otra oportunidad y me quedé sin saber qué hacer. Sabia por experiencia que la relación con él seguiría siendo mala y enfermiza como siempre lo fue, pero ella me mostraba su interés y luego desaparecía cuando le correspondía. Luego de unas semanas ella se me declaró pero no pude corresponderle. No fue porque no quisiera, sino que aún me sentía confundida al respecto y no sería capaz de utilizarla como “un clavo saca otro clavo”. Sólo cuando saqué a mi ex de mi sistema le dije que sí, y las cosas han sido maravillosas desde entonces.

En ese tiempo entendí algunas de sus acciones. Yo antes estaba pasando por un mal momento y tenía unas actitudes que el día de hoy ya desaparecieron, como esconderme detrás de mi largo cabello, pues ella, cual ángel, quitaba los mechones de mi rostro y me miraba con una dulzura que yo no podía identificar en ese momento. Como aún tenía curiosidad de por qué ella escapaba del amor que antes le daba, me confesó que ella creía que yo volvería a mi antigua relación, me explicó que yo ya le gustaba y si regresaba con él, ella quería evitarse sufrir más de lo necesario y por eso guardaba distancia.

Ella es lo mejor de mi vida, es el amor, la mejor amiga, la familia, la terapeuta, la que besa mis manos cuando me lastimo sin querer. Quisiera gritar al mundo lo mucho que la amo y que todos supieran que esta alegría es capaz de curar mi alma de cualquier dolor, pero la realidad me abofetea cuando me veo obligada a esconder nuestras fotografías dentro de mi bolso, el único lugar seguro de mi casa.

Después de todo este tiempo mentir se ha vuelto algo natural, necesario e incluso normal. En un inicio me sentía terriblemente culpable, pero ahora es el único modo que tenemos para sobrevivir. Empezaron como cosas pequeñas, “Me quedaré un rato más en la universidad”, “Hoy iré a ver ropa”, y cuando descubrimos que aun así levantábamos sospechas tuvimos que sustituir nuestros nombres e inventar unos nuevos, “Hoy saldré con Ximera/Javiera/Consuelo” para que mi familia viera que tenía más “amigas” aparte de ella. El día de hoy hasta nuestros horarios de universidad son falsos, añadimos o quitamos horas para poder vernos sin que nos pregunten qué hacemos hasta tan tarde algunos días, si alguien pregunta por mi situación sentimental la frase ya está ensayada: “Estoy estudiando, el amor llegará después”.

Uno de sus regalos está bajo la cama, otro dentro del escritorio, arriba de la repisa, detrás de un mueble… Es un mundo dentro de otro mundo, me duele el corazón, porque nuestro amor vive censurado.
Las cartas que le escribo parecen anónimas, hasta mi nombre desaparece para darnos un poco de tranquilidad. Me asfixia el no poder liberar estas palabras, el no poder proclamarla como la razón de mis sonrisas, mis sueños más hermosos y mi esperanza en el futuro. Nuestro futuro.

Tengo un pie dentro del armario y otro afuera. Compartimos una gran cantidad de amigas que saben de nuestra relación, varias de ellas también están como nosotras, no estamos solas en este camino. Aún no sé si es un consuelo, quiero vernos a todas libres y dichosas de amar y ser amadas, seguras, sin miedo a represalias, a burlas, estigmas.

Mi madre lo sabe, al poco tiempo se lo dije pensando que ella creería que yo bromeaba, pero me dejó sin palabras cuando me respondió “No me sorprende”, a mi hermano también se lo conté, creí que se desmayaría por la cara que puso, pero fue muy comprensivo y se preocupa por nosotras. Una de las personas más importantes de mi vida no puede saberlo, al menos no aún. Es mi abuela. Ella me crió, es una ancianita ya muy mayor, su visión del tema es cerrado, como el de casi toda la gente de su generación. Tengo miedo de decepcionarla, enojarla, entristecerla o hacerle sentir culpable de algo. Sé que ella culparía a mi madre por esto, y no sé si podría con la culpa que eso me provocaría. La única vez que me arrepentí de haberlo mencionado fue estando de visita donde un tío. El tema salió a flote, no recuerdo lo que pasó exactamente, he olvidado las cosas que sucedieron, las palabras o las miradas de ese momento, pero me invadió una pena tan inmensa que lloré toda la noche.

Pero soy afortunada porque luego de este tiempo él me acepta, e incluso la conoce y también nos cuida. Como nadie perteneciente a la familia de mi novia lo sabe, yo pensé que ella no resistiría mucho tiempo en esta relación sin el sostén de alguien más, pero me ha demostrado lo fuerte que es, porque no se ha rendido en ninguna ocasión y mi querida madre tomó un rol muy significativo para nosotras, ya que considera a mi pareja como su otra hija, apoyándonos y queriéndonos por cómo somos.

Vivo angustiada por ella, su familia tiene una visión severa sobre la homosexualidad, si llegaran a descubrirnos, temo por su seguridad. A pesar de los riesgos, insistimos en andar de la mano por la calle o demostrarnos cariño en público. No sé qué pensará ella de esto, pero yo siento que es necesario, que la visibilidad me reafirma, que no sólo somos las “mejores amigas” que todo el mundo cree, sino que somos como la pareja que comparte el helado en una cafetería o la pareja que pasea abrazada. Porque no me importa que la gente en la calle me mire y me juzgue, quizás alguna chica que nos vea se atreva a demostrar su amor también.

Por nuestra situación debemos seguir mintiendo, posiblemente por unos años cuatro años más, que es cuando yo estaría terminando mi carrera universitaria y podremos ser independientes. Es un camino largo, de vez en cuando la culpa regresa a mí por mentir tanto, los secretos pesan. ¿Pero qué puedo hacer? Si este es el único camino estoy dispuesta a continuar hasta el final, porque ella vale la pena cualquier sacrificio.
Espero que pronto pueda colgar estas fotografías donde yo quiera, decorar mi espacio con sus regalos, llevarla a una cena familiar de la mano y presentarla como la mujer que revolucionó mi vida y que llegó para quedarse, porque estoy orgullosa de ella y de mí, cada paso que damos nos acerca más a ese futuro que anhelamos, en donde no tendremos que escondernos nunca más.
Fuente: MiraLes.com

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