jueves, 16 de abril de 2015

Doctor, ¿qué le ocurre a la literatura lésbica?

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¿Qué hacemos con la literatura lésbica? Doctor, ¿es grave? ¿Qué le pasa? ¿Hay medicación posible? De un modo hiperbólico, estas y otras preguntas son las que todas nos hacemos estos días, ahora que nos vemos sumergidas en pleno debate sobre el futuro de la literatura LGBT, más concretamente la literatura para mujeres.

Egales, la primera editorial especializada en literatura LGBT en España y Latinoamérica, cumple veinte años en activo. Y a raíz de este aniversario, las interesadas en el tema leemos con interés acerca de los encuentros en los que se aborda el futuro de la literatura lésbica española, nos topamos con interesantes hilos de debate en foros, asentimos ante apreciaciones importantes en las que a lo mejor no habías reparado antes, y participamos en esta radiografía sobre su estado de salud. ¿Le pasa algo a la literatura LGBT? ¿Está enferma? ¿Le ha picado el mosquito de la piratería? ¿Cómo podemos resolverlo? Y, así, a bote pronto, casi podríamos concluir que a la literatura LGBT no le pasa nada que no le ocurriera ya antes. Me refiero a que no es un moribundo a las puertas de la muerte ni un enfermo crónico que se ve obligado a redactar su testamento. Es solo que llevamos más de veinte años un poquito -un poco, reconozcámoslo-, estancadas en el mismo formato. Y ahora toca replegar las velas. Sentarse y debatir. Ha llegado, en definitiva, el momento de renovarse o morir. De buscar nuevos horizontes, nuevxs lectorxs, nuevxs autorxs, nuevos modelos de negocio.

Un problema clásico de la literatura de mujeres y para mujeres (llamémosla lésbica si queréis) es que encuentra pocos canales para moverse. Es casi como un pez nadando en círculos en su pequeña pecera. Su repercusión en las librerías generalistas es mínima, y, claro, así es complicado hacerla visible, normalizarla y que el gran público la consuma, no solo nosotras, sino todos aquellos que están ahí fuera y que no tendrían ningún problema en leer un romance entre dos mujeres o una historia protagonizada por lesbianas (los hay; quizá no los veamos, pero estos lectores existen, de verdad). Así que, ¿qué hacemos? ¿Cómo esquivamos esta primera y eterna piedra con la que tropezamos constantemente? Pues, a decir verdad, nadie tiene la solución. Al igual que ocurre cuando abordamos cuestiones espinosas para el colectivo (como la bisexualidad), en lo referente a la literatura lésbica solo estamos de acuerdo en que nadie se pone de acuerdo. No existen las fórmulas mágicas. No hay un solo camino a recorrer. Nadie tiene la solución, ni tampoco la causa concreta del problema. Porque no hay una sola, sino muchas. A priori se me ocurren: algunas portadas que echan para atrás por su contenido pornográfico, girar siempre sobre la misma trama, el poco interés que conseguimos despertar en los lectores heterosexuales, el bajo nivel de autoexigencia, la escasez de best-sellers, la ausencia de autocrítica, de medios, de autoras, la piratería (eso es asunto aparte), la falta de recursos y apoyo de las instituciones, etc, etc, etc. Demasiados “peros” para ponerles una única solución, solución única que, a la postre, no creo que exista. Porque, si la hubiera, algunos libros de contenido lésbico ya se habrían convertido en best-sellers, pues tienen calidad para ello, y esto no lo han visto mis ojos jamás. Ni siquiera Carol, escrita por un genio de la literatura como Patricia Highsmith, está considerada una de sus mejores novelas. Está ahí, sí, pero nadie la citará como ejemplo de su trabajo (entre otras cosas porque, claro, hay tanto donde elegir en su bibliografía…).

Pero al grano: sabemos que no hay una solución única, al igual que no hay una sola causa del problema. Sabemos también que son tiempos malos para la lírica y que las editoriales (LGBT y generalistas) se las ven y desean para seguir adelante por culpa de la piratería, y somos conscientes, o empezamos a serlo, de que es necesario un cambio, que después de varias décadas ciñiéndonos al mismo modelo de negocio, hay que extender las alas y volar, buscar nuevos horizontes. ¿Y sabéis qué? Yo creo que se está haciendo. Llamadme ilusa, pero así lo considero.

Lo pensé hoy al ver las portadas de las novedades que ofrece Egales. Echadles un vistazo, porque en ellas apreciaréis un notable cambio. ¡Bien! Ni rastro de mujeres desnudas, portadas estupendas que atrapan la idea de lo que va el libro. Que NO tengo nada en contra de las portadas con mujeres desnudas, ¡eh!, a mucha honra las que se han editado hasta ahora. Cumplieron su función y un papel determinante en esto de la visibilización. PERO sí tenemos que admitir que generan una idea dudosa sobre la calidad de un libro. Sobre todo cuando el argumento de ese libro no se ve reflejado en la citada portada. Mi humilde opinión es que con este cambio hemos ganado; quizá me equivoque, pero puede ser una buena manera de empezar a llamar la atención de potenciales lectores que no necesariamente están buscando escenas tórridas en una novela con protagonistas lesbianas.

Lo pensé, también, al seguir de cerca el nacimiento de nuevas editoriales como La Calle, Los Libros del Sábado o Dos Bigotes. Me di cuenta al advertir el éxito que estaba teniendo la serie Santana, de Susana Hernández, una de esas obras transversales que llegan a todos los públicos, a pesar de (o gracias a) estar protagonizada por una lesbiana. Lo creí así al descubrir que los libros de Clara Asunción García despertaron el interés de nuestros vecinos franceses para ser traducidos y publicados allí, y que La Daga Fenicia, de Mila Martínez, tiene componentes de fantasía. ¡Fantasía! Te guste o te desagrade este género, es algo que vemos muy poco, muy muy poquito en los libros lésbicos, que suelen ser un 70% romance, un 30% novela policíaca. Estamos necesitadas de nuevos géneros, todo tipo de géneros, de verdad. Ya son muchas las novelas que abordan siempre el mismo tópico, que tienen los mismos argumentos pero con personajes diferentes, ya son muchos los clichés (en los cuales yo misma he caído también, aquí no se libra nadie de entonar el mea culpa) y es hora de superarlos, ofrecer a nuestro público algo nuevo.

Y, finalmente, lo pienso cuando veo que cada vez hay más autoras dispuestas a autopublicarse. Ahí están, en plataformas como Amazon o Edítalo contigo, esperando ser leídas. Esperando su oportunidad. Y debemos dársela, claro que sí. O al menos, esa es mi opinión.
Fuente: El blog de Emma Mars

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