viernes, 20 de marzo de 2015

Mi primer trío

trio lesbianas 


Es la crónica de un trío anunciado. No lo quería, no lo pedí, no lo esperé. Pero supongo que era el único puerto donde la fuerza del viento y la fuerza de las olas me podían llevar: Ana quería una relación abierta, quería experimentar cosas diferentes. Yo temía/odiaba que ella hiciera algo sin mí.
Empezó como un sábado cualquiera. Continuó como un sábado desagradable y odioso cuando, entre copa y copa en un bar lleno de amigas y desconocidas, veía cómo Ana prestaba excesiva atención a Alba, perteneciente al bando de las desconocidas. De las atractivas desconocidas.

La odié. Las odié. El odio es curioso. A Ana la odiaba por sentirse atraída por alguien que no era yo. A Alba la odié por ser esa persona que en ese momento yo no era. Por existir, por respirar, por su falda asentadora. Por esa forma de sonreír que hacía que yo también la mirara fijamente. A Ana la odiaba con la dureza del acero. A Alba la odiaba en fragmentos, tantos fragmentos que podían dar vida a un gran puzle con la cara de mi demonio. Con la cara de mi odiosa inseguridad.

“Invité a Alba a tu casa, para que tomemos la última. Es muy maja”, me dijo Ana antes de irnos, como si no advirtiese mi irritación. No protesté. Me cuesta enfrentarme de forma directa y recta a su malicia tan sinuosa y circular.

Fue natural. Como si no fuera yo en mi cuerpo ni fuera mi voz en mi cabeza. Sentadas en mi sofá, Ana me besó de una forma infantil, pero a la vez muy húmeda. Apasionada. No sé en qué momento percibió Alba la invitación. No estaba claro, pero comenzó conmigo. Su mano, del bando de las manos desconocidas, exploró mi piel; mi piel que, en ese momento, tampoco se parecía a mí.

Me hizo daño en los ojos ver a Ana y Alba entregadas en un beso que parecía muy deseado. Pero sólo en los ojos. Al resto de mi cuerpo pareció gustarle la imagen, pareció estremecerle la imagen. Mis ojos y mi cuerpo, por primera vez, enemigos enfrentados.

No me corrí, pero lo disfruté bastante. No dije mucho, pero me reí a carcajadas.

Ellas no lo advirtieron. Vestido de gemidos, vestido de palabras y vestido de risas, mi odio tampoco se parecía a mí. Ellas no lo advirtieron. Se quedaron dormidas sin que las sobresaltara el odio que me quemaba por dentro.
Fuente:Revista MiraLes,com

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