jueves, 5 de marzo de 2015

El gen egoísta del amor

lesbiandrama 


El gen egoísta, el mismo del que se valió Darwin para explicar la base biológica de la conducta de las personas, me sirve a mí para explicar la base biológica de mi conducta en el amor. No me sale del corazón. El amor me sale del gen egoísta.


Todos hablan del amor. Muchos escriben acerca de él. Otros cantan y otros hasta mueren y matan en su nombre. Aunque es un sentimiento tan único y tan redondo, tiene significados muy diversos dependiendo de quién lo sienta y por quién lo sienta.

El amor tiene sucedáneos varios. Se parece a muchas cosas. A veces pensamos que lo sentimos, y después nos damos cuenta de que era comodidad, seguridad o conformismo. Otras veces pensamos que no lo sentimos y, tarde, nos damos cuenta de que sí lo hacíamos, pero estaba camuflado debajo del miedo.
 
Mi madre dice que el amor se acompaña de la proyección, de saber que quieres estar toda la vida junto a una persona. Mi abuela dice que el amor es aquello que sientes cuando la felicidad de esa persona a la que amas es lo que más te importa. La pones por sobre tus intereses personales, aunque quiera o no compartirla contigo.

¿Eso es el amor verdadero?

Las noches que me cuesta dormir, me siento junto a la ventana, me fumo un cigarro y observo la desnudez de Ana esparcida suavemente en mi cama. Dormida entre las sábanas parece tan pequeña que me resulta increíble que sea la responsable de los veranos y los inviernos de mi cuerpo, las alegrías más intensas de mi corazón. Mi pensamiento más recurrente. La miro y, físicamente, siento la calidez en mi mirada. Sé que quiero que sea feliz, pero no quiero que sea feliz con otra chica. Quiero que sea feliz junto a mí. Que lo que ella me hace sentir lo sienta también por mí. Que me necesite en la misma manera en que la necesito yo a ella.

¿La amo menos por eso?, ¿la amo peor?

Quedaría mejor describir mi amor por Ana como un sentimiento que nace desde la libertad, de la madurez de aceptar que su bienestar puede estar junto a mí o junto a otra chica. Quedaría mejor, pero no más sincero. Porque cuando hablo de lo que es Ana para mí, hablo desde mis dedos, que desean ser los únicos en acariciar su cuerpo y perderse en él. Hablo desde mis pupilas, que anhelan ser las únicas en recorrerla cuando despierta con su pelo alborotado, cuando está a punto de correrse, cuando se ríe, cuando se entrega.

Hablo desde las nueve letras que componen la palabra “felicidad”, que se me alborotan dentro cuando la tengo cerca. Hablo desde las otras nueve letras que dan sentido a la palabra “nostalgia”, y que me remueven los días que no la puedo besar.

Pero ella no sabe que a mí, cuando estoy con ella, me habla todo el cuerpo. No se imagina que la amo, y no desde el corazón, sino desde mi gen egoísta. No lo sabe y no lo quiere saber. Por eso no sé si no se dio cuenta, o hizo como que no se enteraba de cómo me dolían los dedos, las pupilas y las letras cuando, acariciándome el pelo como si me quisiera tanto como yo, me soltó: “Prefiero una relación abierta. No me apetece la exclusividad. Estamos juntas, pero cada una puede hacer lo que le apetezca con su tiempo y con su cuerpo, ¿no?”
Fuente: revista MiraLes

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