martes, 24 de febrero de 2015

Cuando la ruptura te super

Catástrofes 


En el momento exacto en el que  mi ex decidió cruzar la puerta para no volver fui completamente consciente de cómo se me partía el corazón en millones de trozos. Quizás nunca supe superar esa ruptura y lo que he ido haciendo desde entonces ha sido amontonar una experiencia tras otra, experiencias que durante momentos concretos han podido llenar los vacíos que dejó aquel martes catastrófico pero que nunca me han hecho volver a sentirme plena. Puede que os preguntéis el motivo por el que Bea sacó toda su ropa del armario dejando la mía tirada por el suelo y pisoteada (ella era experta en pisotear cosas), cogió un par de fotos nuestras pegadas con un imán a la nevera y se marchó. Si soy sincera, tres años después ni yo misma lo recuerdo. No lo recuerdo o tal vez nunca lo supe.

Haciendo memoria todavía recuerdo nuestra primera gran discusión, cuando apenas llevábamos saliendo unos meses y pasábamos horas colgadas al teléfono. En una de nuestras interminables conversaciones dejó el teléfono encima de la mesa para atarse los cordones de las zapatillas y no volvió a cogerlo, olvidó por completo que estaba hablando conmigo y se fue a hacer otra cosa, lo sé porque media hora más tarde vino su compañero de piso a colgar el teléfono mientras le decía que se lo había dejado en la mesa de la cocina. Puede que en ese momento magnificara los hechos y la bronca que le sucedió fue algo desmedida, pero lo cierto es que aquella sensación de abandono sólo era el preludio de otras tantas desilusiones.

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Pensé que vivir juntas nos libraría de alguno de sus “pequeños olvidos” pero en absoluto, al contrario. Cuanto más cerca nos encontrábamos la una de la otra, más complicado era estar cerca de ella emocionalmente. Bea vivía (y supongo que sigue viviendo) en una cápsula metida en una nave espacial cuyo destino era y es desconocido hasta para ella misma. Nuestra relación pasó a basarse solamente en el sexo. Era el único momento en el que se acercaba a mí y yo sentía que había un mínimo de algo inevitable entre las dos. Saber que pese a todo Bea me continuaba deseando hacía que me sintiera poderosa y reconozco que a veces lo utilizaba a mi favor, yo tampoco fui la novia perfecta, lo sé, no me lo tengáis en cuenta.

Por último llegó el éxtasis, no el éxtasis de la relación (que nunca lo tuvimos), éxtasis como droga, concretamente “la droga del amor”. Desde el primer día que llegó drogada a casa y sorprendentemente me trató mejor que cualquier otro día supe lo que se traía entre manos, pero jamás le dije nada. Analizando la situación ahora, desde la distancia, me doy cuenta de que lo nuestro era una relación tóxica, de esas de las que eres consciente que tienes que poner fin pero nunca eres capaz. No entraré en detalles contando las mil cosas por las que me hizo pasar, en primer lugar porque no recuerdo con exactitud cada decepción que hizo que me llevara y en segundo porque si consiguiera recordar aunque sólo fuera un cuarto de ellas apuesto a que todas volverían a dolerme como el primer día.

Después de todo esto es probable que penséis que mi vida sólo puede haber cambiado a mejor cuando escuché a Bea dar su último portazo en nuestra casa. La verdad es que no. Sigo frecuentando los lugares a los que siempre íbamos las dos juntas, sentándome en el banco de nuestra primera cita mascullando que esto del amor no está hecho para mí y aburriendo a otras con su historia.
Fuente: Revista MiraLes

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