sábado, 31 de enero de 2015

¿Qué coño queremos las lesbianas?

 clitoris lesbianas




Hay que reconocerlo. No somos fáciles. Muchas veces cuando tenemos novia queremos estar solteras y, cuando estamos solteras, no vemos la hora de emparejarnos otra vez. O peor, pensamos que queremos una cosa y, cuando lo conseguimos, nos damos cuenta de que en realidad no era lo buscábamos.

“¿Qué coño quieren las lesbianas?”, me preguntaba el otro día una novata que conocí en un bar. “No soy fea, creo que estoy bastante bien, soy emocionalmente estable, tengo un trabajo serio, soy independiente. Pero nada. Las chicas que me gustan están pilladas por otras que son inestables, difíciles, complicadas, caprichosas. No entiendo, ¿qué coño quieren las lesbianas?”.
La novata motivó mis reflexiones. Pareciera que el amor de verdad no se da sin obstáculos, pienso en mi vida y es como si aquellas pasiones sin desazón, escollos, marrones, lágrimas y luchas (al principio) no se sintieran dentro de mi lo suficientemente intensas. Enmarcadas en la idea de que lo que no cuesta no vale tanto.

Quienes hayáis tenido la paciencia de seguir esta columna todos los meses estaréis enteradas de lo mal que me ha sentado perder el culo por Ana, la chica de una de mis mejores amigas, Ángela. Después de un tiempo sumida en este estado de alma bastante taciturno había decido olvidar esta obsesión y cobijarme en los oportunos brazos de Sandra, una chica con la que me había liado hace varios meses. Nos llevábamos bien mientras estuvimos enrolladas. No era un amor ferviente ni digno de inspirar a ningún escritor de novelas rosas. Pero era cómodo. Más tarde ella se fue a vivir a Londres, pero su proyecto de loca independencia le duró cinco meses.

Hace tres semanas regresó. Nos encontramos de casualidad en un bar y ya todo lo que tenía que pasar pasó. Y tan agusto.

Cuando las atenciones de Sandra suavizaban mi desazón de desear a Ana y no tenerla, Dios decidió divertirse un poco más a mi costa y un martes cualquiera me llamó mi amiga Ángela para soltarme como si nada: “Ana y yo lo hemos dejado. No quiero hablar de esto, de verdad. ¿Puedes ir a su casa a buscar mi portátil y mis cosas? Creo que es mejor que no nos veamos por un tiempo. Sé que han sido pocos meses de relación, pero me ha jodido”.

La alegría, y la culpa de sentirla, reordenaron la circulación de mi sangre, y me impidieron centrarme en tareas tan sencillas como escoger muy minuciosamente cada una de mis prendas de vestir para presentarme en casa de Ana. Un par de horas más tarde, cuando Ana me abrió la puerta parecía triste, abatida. Muchas cervezas después ya estaba ella más animada y sonriente, y yo más embobada de verla tan guapa y tan cerca de mi. Solas, por primera vez.

Por respeto al peso de mi conciencia no entraré en detalles. Sólo reconoceré que, al despedirme de Ana, mi cuerpo ahogó la voz de Pepe grillo, la cogí de la cintura y la besé. La besé como se besa en los sueños a esas personas que en la realidad no podemos besar. Y justo cuando pensaba que, como otras veces, todo era una ilusión producida en la etapa REM, ella me devolvió el beso a quemarropa.
Al cabo de un rato, demasiado corto para mi, nos despegamos y me fui a casa. Qué poco me parecía en ese momento a lo que siempre he sido. Con una risita tonta rompiendo mi habitual inexpresión facial.

Ya acostada en mi cama, cuando aún no me desprendía de las sensaciones, otra vez Ángela al teléfono: “tía, no puedo dormir. Es que no quiero perderla. Es cierto que yo a ella ya no la veo tan entregada, o tan pillada como yo y no sé, quizás vaya a sufrir, pero bueno, ¿me arriesgo, no?, ¿trato de reconquistarla? Es que estoy pilladísima. No sé, lo mismo voy a su casa ahora y la sorprendo. ¿No soy yo la que siempre dice que hay que luchar por el amor?”.

¿Qué coño queremos las lesbianas? ¿Qué quiere Ana mareando con Ángela y conmigo?, ¿qué quiere Ángela luchando por una chica que no siente tanto como ella y que seguramente le va a romper el corazón otra vez?, ¿y yo?, ¿de qué cuento de inestabilidad lésbica me escapé? Justo cuando aparece Sandra a darme algo que necesitaba, cierto nivel de estabilidad, de mimos, de tranquilidad y compromiso, yo tengo la cabeza y la piel en otro lado. ¿Qué coño queremos las lesbianas? Pues a veces sólo complicarnos la vida.
Fuente: MiraLes.com

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