sábado, 24 de enero de 2015

Ligar o no ligar…

ligar con lesbianas



¿Es fácil ligar? Depende. Yo creo que está casi sometido a una ley similar a la de Murphy, pero un poco más cruel, donde pareciera que cuantas más ganas tienes de ligar, menos ligas. Y cuando mejor estás y pasas de todo (te sobran las chicas o tienes novia), te conviertes en un imán de las miradas y del interés lesbiano del ambiente.

Mi amigo Daniel dice que es porque cuando irradias alegría y desenfado te vuelves más atractiva. Podría tener sentido, pero mi amiga Marta, que ha escogido a Shane como modelo de virtud e inspiración de todas sus decisiones estilísticas y que recorre los bares de ambiente con una actitud críptica y un aire de poeta maldita, tiene un éxito arrollador entre las chicas, normalmente las más jovencitas.

Llevo dos fines de semana tratando de ligar en los bares, pero irónicamente no porque me apetezca, sino más bien como último recurso para dejar de pensar de manera obsesiva y desquiciada en Ana, la atractiva novia de una de mis mejores amigas.

El primer fin de semana mi alegría de vivir era sólo superada por Heidi corriendo descalza y con las mejillas encendidas por la pradera. El resultado de este cambio de actitud fue un importante número de intercambios de miradas y alguna que otra conversación con algunas chicas que me parecieron o profundamente poco atractivas, o profundamente poco apetecibles.

Como buena empirista que soy, el segundo fin de semana fue un uso y abuso del lápiz de ojo negro, un look más andrógino, una actitud menos comunicativa y la mirada perdida entre sorbo y sorbo de mi ron con coca cola. ¿El resultado? Una adolescente deseosa de encontrar a una lesbiana que fuera por la vida en plan “dura” y una mujer heterosexual que quería tener su minuto de fama lésbico.

Vamos, que ni Heidi ni Baudelaire. No me pega más que la caricatura de una bollera treintañera que desea con urgencia una lobotomía justo en la parte del cerebro donde Ana actúa como referencia y punto de comparación con cualquier otra chica que se me acerque.

No, no es difícil ligar. Y cuando llevas más alcohol que pudor encima, el camino de las posibilidades se bifurca en senderos infinitos, las exigencias descienden a niveles ridículos y (al menos a mí me ha pasado en algunas ocasiones) puedes llegar a despertarte una mañana sin tener ni la más remota idea de a quién pertenecen los brazos que duermen sobre tu cuerpo, ni cómo llegaste ahí.

Sin exigencias ligar es fácil. El problema es cuando ya metida en el asunto una voz interior te dice que ya no te apetece hacerlo. En un bar puedes encontrar, sin mucho problema, sexo. Lo difícil es conseguir lo que todas, lo reconozcamos o no, queremos: la conexión, la química, la complicidad lograda a través de las miradas, de los roces, la risa y el humor compartido. La posterior afinidad de la piel, del deseo y de los cuerpos que se entienden, que encajan. Pero vamos, que más difícil que hallar esto es encontrarlo para luego perderlo o, como en mi caso con Ana, encontrarlo para que me pase frente a los ojos y me deje la agria inquietud de saber que no puedo tenerlo.
Fuente: MiraLes.com

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