lunes, 1 de diciembre de 2014

Vizcaya bajo la luz del otoño

Urdaibai, declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1984. 

Cualquier época es buena para visitar la costa de Vizcaya pero quizá sea durante el otoño cuando se admira la belleza de su naturaleza en todo su esplendor. Recorremos desde Zierbena hasta Lekeitio la magia de sus contrastes.
Vista desde el mar de S. Juan de Gaztelugatxe.

Si existe un lugar para perderse en el marco de la geografía española, éste podría ser la costa de Vizcaya. Sus doce municipios aúnan un imponente escenario natural que, por suerte, se ha mantenido inalterable al paso del tiempo. En parte porque sus pueblos están hechos a medida del paisaje. No existen alturas urbanísticas desmedidas, sino una perfecta armonía que anima a recorrer cada uno de sus rincones.
Para ello, la mejor opción es adentrarse en su red de carreteras. Estos caminos se cuelan entre los bosques más frondosos para protegerse al abrigo de sus ramas. Un auténtico museo al aire libre donde brillan sus tonos rojizos y amarillentos, propios de esta época del año. Además, la carretera está salpicada de espectaculares miradores desde donde se advierten unas vistas impagables de sus contrastes.

Naturaleza en estado puro

Un remanso de paz aguarda en los parajes de la costa de Vizcaya. El ascenso hasta la cima de San Juan de Gaztelugatxe, en Bermeo, conecta directamente con la calma más sublime. Allí el tiempo se detiene para disfrutar de una sola cosa: la naturaleza. Un imponente islote conectado a tierra firme a través de un puente, que se convierte en un estrecho camino con 241 escalones. El esfuerzo se verá ampliamente recompensado por las mágicas vistas de la zona. Otra forma más sosegada de contemplarla es desde el mar, navegando entre sus acantilados y disfrutando, si el tiempo lo permite, de una de las puestas de sol más bonitas de Vizcaya.
No muy lejos de Bermeo la tierra vuelve a sorprendernos. Esta vez con un espacio protegido que abarca 12 kilómetros de extensos arenales: Urdaibai, declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1984. Basta bordear la costa para descubrir sus marismas partidas por tortuosos canales, la vegetación limitando con vacíos arenales o la playa de Laida variando constantemente con el baile de la marea. En el margen derecho de la Reserva, merece la pena la visita al Bosque Pintado de Oma, de Agustín Ibarrola, donde al atardecer, cuando los últimos resquicios del sol se cuelan entre sus troncos, la belleza es suprema.
Mágico atardecer en el Faro de Santa Catalina.
Pero la puesta de sol por excelencia se contempla desde el Faro de Santa Catalina, en Lekeitio. Sus 46 metros de altura dibujan una silueta en el paisaje que contrasta con los hermosos tonos del cielo y donde la música aparece con el choque de las olas en sus paredes. Desde 1862, el haz que lo alumbra ha servido de pasarela para las embarcaciones que amarraban en los muelles. Ahora también alberga el Centro de Interpretación de la Tecnología de la Navegación donde podrá convertirse en marinero por un día. Un completo viaje en el tiempo donde su destello marca el fin del trayecto.

Aroma pesquero

Puente de Vizcaya, Patrimonio de la Humanidad.
Salpicado de casas coloridas que miran al mar, sus pueblos reflejan un estilo de vida ligado a la tradición marinera. El principal puerto pesquero se encuentra en Bermeo, una de los municipios que ha vivido y se ha desarrollado con el mar como forma de ser. En el extremo occidental de la costa, dos localidades guardan desde hace siglos una singular relación: separadas por el río Nervión pero conectadas entre sí por el famoso puente de Vizcaya, único Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en Euskadi. Son Getxo y Portugalete, pueblos que comparten una amplia historia ligada a la pesca y cuyo puente se eleva como un recuerdo del pasado industrial de la zona.
Por su parte, las calles del casco antiguo de Lekeitio hablan de una historia que se refleja en el abundante patrimonio artístico de la localidad. Su imponente Basílica de la Asunción de Santa María contiene un magnífico retablo gótico bañado en oro, considerado el tercero más grande del país. Sin olvidar Gernika, y su histórico árbol, un roble situado delante de la Casa de Juntas, que simboliza las libertades y tradiciones de los pueblos de Vizcaya. En su día fue lugar de reunión y hoy se ha reconvertido en la auténtica esencia de la cultura vasca y de los propios vizcaínos.
Bakio, la cuna del txakolí.
Esta amplia tradición arraigada al mar se refleja en su gastronomía, un verdadero culto al buen comer. Se distingue por la calidad de sus productos y el buen hacer en sus cocinas, logrando un perfecto equilibrio palpable en cada uno de sus platos. El mar Cantábrico surte las mesas de excelentes pescados y conservas de temporada como las sardinas de Santurtzi, el marisco de Zierbena y las anchoas y bonito de Lekeitio y Bermeo. Y la tierra ofrece productos con Denominación de origen como los pimientos y las alubias de Gernika o el delicioso Txakolí. El clima y la cercanía al mar empapan este joven y afrutado vino, al que han dedicado un museo en Bakio, el Txakolingunea, de visita obligada.
| Más información en www.bizkaiacostavasca.com
Fuente: ocholeguas.com


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