jueves, 4 de diciembre de 2014

Ser lesbiana en este pueblo y no morir en el intento. Capítulo VI

Luzilux – Ser lesbiana en este pueblo 

Las voces al final de lo que parecía un túnel se fueron intensificando, pude descifrar a dos personas distintas: un hombre y una mujer. La luz estaba más cerca y yo más cansada. La humedad de mis pies había ido ganando terreno, el agua ya me llegaba hasta la rodilla y empapaba los camales de los vaqueros.
Quise gritar para avisar de mi llegada, pero mi voz no salió y sólo pude seguir arrastrando mis pasos. La luz se hizo visible y la bombilla se balanceó sobre las cabezas de aquellas personas; una melena rizada se volvió y alcancé a decir su nombre antes de que mi cuerpo se desplomara:
—Bárbara…
Cuando abrí los ojos sólo veía el blanco techo repleto de tubos de luz azulada. Un fuerte olor etílico invadía aquella sala. Intenté incorporarme, pero todos los dolores recientes volvieron a poseer cada rincón de mi cuerpo.
—No te muevas, tienes algunas contusiones y un gotero en el brazo. Todo ha pasado, trata de descansar un poco más.
Aunque la veía borrosa, no me cabía duda. Era Bárbara, mi jefa. La misma mujer que me había enviado a investigar el faro. La misma también que estaba en aquel sitio cuando caí al suelo en el último paso. ¿Por qué estaba ella allí, reunida con aquel hombre?, ¿era el farero? A pesar del mar de dudas, seguí sus consejos y cerré los ojos, traté de descansar. Un agotamiento más grande que la curiosidad me impedía conectar las ideas que bailaban sin orden en mi cabeza.
No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando volví a abrir los ojos, Bárbara seguía al lado de la cama. Mi vista se había tornado nítida y pude contemplar lo que parecía una habitación de hospital. ¿Había hospital en aquel pueblo?
—¿Dónde estoy? —alcancé a preguntar.
—Tranquila, estás en el hospital —primera duda aclarada.
—¿Qué ha pasado? —dije.
—Te has desmayado…
—…en el faro…—no le dejé terminar la frase.
—No. ¿Por qué dices eso? —me preguntó Bárbara sorprendida.
—Porque es allí donde estaba, ¿por qué si no?
Fotografía puebloTras una pausa de un par de segundos, Bárbara clavó su mirada en mis ojos, se tornó más profunda de lo habitual. A continuación me dijo:
—Susana, estabas en la bodega de don Arturo. Allí ha sido donde te hemos encontrado.
Quise incorporarme con la intención de comprender mejor aquel sinsentido. Estaba claro que yo venía del faro. Había recorrido algunos cientos de metros. En ese momento, como una cascada de agua fría, sentí todas las dudas inundarme de pies a cabeza. La sensación de vértigo provocó un mareo que me hizo perder el equilibrio y, pese a estar ya sentada sobre la cama, casi caigo al suelo. Si estuve en el faro desde el principio, ¿cómo había encontrado el camino que me condujo hasta la bodega de la que me hablaba Bárbara?, ¿era un pasadizo secreto?, ¿sería algo habitual en aquel pueblo? Pero lo más importante de todo: ¿por qué seguía sin recordar lo que pasó cuando abrí la puerta del faro?
—¿Te encuentras bien, Susana? Estás muy pálida, voy a llamar a la enfermera.
—No, para. Estoy bien, no llames a nadie. Aquí hay algo raro y necesito aclararlo. Quiero que me den el alta.
—¿Estás loca? ¡Tienes traumatismos por todo el cuerpo, hasta en la cabeza!
—¿No me han hecho placas o resonancias o lo que sea que tienen que hacer en estos casos?
—Sí, pero es muy pronto para saber el alcance de las lesiones, y más teniendo en cuenta que sigues sin recordar lo que ha pasado.
—¿Cómo sabes que no recuerdo lo que ha pasado? —mi alarma interna se activó con quien menos quería que lo hiciera: con ella.
—Bueno, acabas de decir que venías del faro, pero eso no tiene sentido. Hay casi dos kilómetros de distancia desde la bodega hasta el faro. Por ello deduzco que perdiste el conocimiento en algún momento, o no recuerdas qué pasó entre un escenario y el otro.
La que guardó silencio esta vez fui yo. Analicé cada parpadeo, cada poro de su piel, cada vibración de sus labios. Su atractivo era lo único claro en aquel rompecabezas. No sé por qué pero la creí, quise confiar en ella y le pedí que me acompañara no sólo en la solicitud del alta voluntaria sino también a mi casa.
Más tarde fui consciente de mi error. Al día siguiente, cuando me desperté desorientada en mi nueva casa, sobre mi nueva cama y con el sabor de mi nueva jefa todavía en la boca.
Fuente: MiraLes.com
 


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