lunes, 24 de noviembre de 2014

Ser lesbiana en este pueblo y no morir en el intento. Capítulo V

Luzilux – Ser lesbiana en este pueblo 

Segundo día laboral y yo allí tirada: a oscuras y sin poder utilizar el móvil. La torcedura del tobillo no me impedía caminar, así que a pesar del dolor me incorporé hasta que pude tocar lo que parecía ser una barandilla. El martilleo de la cabeza era peor, algo grave tenía que haber sucedido para que me palpitara de aquel modo, aún era pronto para recordar.

Me limpié la cara con las palmas de las manos, había notado el sabor del mar al rozar mis labios con la lengua. Más que el mar, parecía que mi piel se había dedicado a recoger toda la arena de la playa. El pelo tampoco se había querido quedar atrás, entre los nudos y las mechas se habían instalado algunos gramos de sal y partículas de dudosa procedencia cargadas de ácaros. Intenté localizar algún vano en el muro para realizar una estimación horaria por la luz del exterior. En un movimiento reflejo acerqué mi mano al reloj, sólo encontré piel.

Mi torpeza en los movimientos y la ausencia de los reflejos naturales que me caracterizan fueron fundamentales para extraer mis propias conclusiones: tenían que haber pasado varias horas desde que mis pasos se pararon frente a la puerta del faro.

Recuerdo que cuando llegué a las inmediaciones de la edificación guardé en mi mochila el papel que Paula, la ayudante de redacción. Me había facilitado en la oficina el plano del lugar donde se encontraba el faro.
Antes de llamar, di varias vueltas a la pálida construcción. Me cautivó al instante: sus dimensiones conseguían acercar al visitante a otra época. Me pareció increíble que alguien pudiera seguir viviendo allí en la actualidad. Pero así era, Bárbara había insistido mucho en que tenía que hablar con el señor encargado de custodiar el lugar.

En la inspección rutinaria de los alrededores, no encontré nada sospechoso, no me pareció extraña la soledad reinante en aquel paraje. La emoción desconocida que sentía a medida que me iba acercando me asustaba. Cuando consideré mis nervios calmados, me situé frente al portón, lo golpeé con los nudillos primero y con el puño después. Volví a utilizar mi puño hasta dos veces más. No recibí respuesta.
“Extraño”, pensé. Aguardé un par de segundos, cuando me disponía a marcharme un crujido de madera proveniente del interior atrajo todos mis sentidos. Dejé de respirar, como si cerrando el paso al oxígeno aumentara la posibilidad de mejorar mi percepción auditiva. Acerqué mi rostro a la puerta hinchada por el salitre y percibí un rumor ligero, como el llanto de un bebé. La impresión ante el descubrimiento me congeló el pecho y el primer impulso fue llamar a la policía. Con el móvil en la mano recordé a los agentes que habían visitado mi casa durante el fin de semana. El llanto se iba haciendo más real y mis dedos se tropezaron en el intento por encontrar los números correctos que presionar.

—Dime, Susana —la voz de Germán sonaba calmada al otro lado.
Le expliqué lo más rápido que pude la situación.

—Tienes que entrar —me dijo—, si lo que escuchas es realmente un bebé, puede que estemos ante un caso más grave de lo que creíamos.
faro 

Ante la orden de Germán, no tuve más remedio que forzar la puerta como me habían enseñado durante el curso de la Agencia. La oscuridad me golpeó las retinas y en ese momento me abandonaron los recuerdos. Por más que lo intenté, no conseguí encontrar la parte de historia que faltaba.

Tras sacudir el polvo de mi ropa, saqué el móvil de nuevo para comprobar la cobertura. Tal y como me imaginaba: no tenía señal. Me sirvió de linterna en mi recorrido por el húmedo recinto. La barandilla me ayudó a no perder el equilibrio y mis pasos comenzaron a seguir el ritmo de mis sienes. El llanto que había provocado mi entrada en el faro había desaparecido, sólo un constante goteo parecía querer acompasarse al sonido de mis zapatos.

El suelo estaba mojado y mis pies empezaban a estarlo también. Cuando había perdido la noción del tiempo una voz femenina seguida de una risa familiar invadió mis oídos. No me planteé cómo era posible poder recorrer en línea recta lo que en principio era un faro de seis metros de diámetro. Aceleré intentando no sentir la cantidad de dolores que acribillaban mi cuerpo desde todos los frentes. La presencia humana se iba haciendo más real a cada zancada. Mi respiración se aceleró ante la esperanza de encontrar ayuda y respuesta a todas mis dudas, pero lo que encontré aumentó las dudas y mis sospechas de que algo muy extraño estaba pasando allí.
Fuente: MiraLes.com


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