lunes, 13 de octubre de 2014

“Ser lesbiana en este pueblo y no morir en el intento” Capítulo III

Luzilux – Ser lesbiana en este pueblo 


Primer y Segundo capítulo. El gobierno creó la “Operación Faro” tras recibir varios avisos sobre un posible caso de blanqueo de capital. Llevaban un tiempo tratando de averiguar quién estaba detrás de todo el operativo y cómo se organizaban para movilizar tanto dinero. Desde el principio pensaron que el tráfico de drogas era la principal fuente de ingresos. Sin embargo, no encontraron el principio del hilo del que tirar. Cuando me asignaron la misión confiaban en que un agente infiltrado podría ayudar a destapar las irregularidades.

La Agencia Central de Inteligencia tenía la teoría de que alguien estaba utilizando el antiguo faro como espacio receptor de mercancías ilegales. Las dificultades con las que se habían ido encontrando a lo largo de la investigación les hacía creer que una compleja red de asociaciones y empresas tejía toda la trama. El puesto en la emisora me iba a permitir involucrarme entre la población sin llamar la atención. Mi labor consistía en cubrir las noticias de la cadena al tiempo que realizaba la investigación secreta.

Faro Eley Grey
Faro Eley Grey 
El primer fin de semana pasó más rápido de lo que esperaba. El sábado encontré una empresa que podía colocarme unas rejas en las ventanas y esa misma noche pude dormir mucho más tranquila.
Releí mil veces los documentos. Cuando quise darme cuenta ya era lunes y estaba saliendo para enfrentarme a mi primer día laboral. Me sorprendió encontrarme con una cesta en la puerta de la entrada. La cogí con precaución y volví al interior para analizarla. Una servilleta de tela cubría el contenido de algo que, por su olor, parecía comida. Para mi satisfacción, un pastel de arándanos envuelto con papel de plata reposaba sobre el fondo. Me sorprendió el acierto de mis vecinos, pues es mi pastel favorito. Sin embargo no tenía tiempo de pasearme casa por casa para preguntar quién era la propietaria y agradecer el detalle. Lo metí en la nevera y dejé la cesta sobre la encimera.

Las oficinas de la emisora estaban ubicadas en una de las casas bajas de la plaza principal de la localidad. Por el aspecto del inmueble nunca hubiera pensado que pudiera ser la sede de la cadena. En apariencia era una casa antigua, como todas las demás, pero al entrar pude apreciar que se habían tomado muchas molestias para adaptarse a las necesidades presentes: ordenadores, pantallas de televisión en cada sala, detectores de movimiento, cámaras de vigilancia, máquinas dispensadoras de comida, café y refrescos. La última tecnología brotaba por cada rincón haciendo que te olvidaras del mundo decimonónico reinante de puertas hacia fuera.

No vi a nadie en recepción, así que dejé atrás la cinta sobre la que tendría que haber depositado el bolso y seguí mi camino. Todavía no había dado ni tres pasos cuando alguien me dio el alto. Frené en seco y creo que hasta levanté las manos en señal de rendición. Todo el mundo se giró para ver lo que pasaba, por un segundo me pareció que tenía ante mí una instantánea viviente. Me di la vuelta despacio, tal y como indicaba la potente voz que me hablaba. Antes de que el guardia de seguridad dijera otra palabra, escuché unos gritos emergiendo de lo que parecía ser un despacho:

—¿Se puede saber qué está pasando? Por el amor de Dios, Fernández, haga el favor de soltar el arma. Le ha pegado un susto de muerte a nuestra nueva reportera —era una chica joven muy atractiva.
Fernández guardó el arma y volvió a su silla de trabajo encogiendo los hombros. La mujer se dirigió a mí y me tendió la mano. Clavó su mirada verde sobre mi y mostró su sonrisa dejando que una fila perfecta de dientes me deslumbrara.

—¿Susana Salvatierra? Disculpa este recibimiento. Bienvenida a tu nueva casa —todavía sosteniendo mi mano en un saludo más largo de lo necesario continuó—: Espero que te gusten los arándanos.
Foto de portada: Luzilux
 Fuente: MiraLes.com


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