lunes, 20 de octubre de 2014

El sintiendo de la vida

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 Quizá sea la pregunta fundamental de cuantas haya, la madre del cordero de la metafísica, el enigma propuesto por la más cruel de las esfinges que ningún Edipo jamás solucionará: ¿Qué sentido tiene la vida? Resuena el eco de este interrogante desde la noche de los tiempos. ¿Se llegará a alguna conclusión alguna vez? Probablemente nunca. 
 
Un sentido es la consecuencia de una búsqueda racional, cuadriculada y necesariamente condenada al fracaso de antemano. La razón es un perro que busca moderse la cola, pensando a la vez qué es esa cosa que se mueve, sin reparar que es él mismo tratando de alcanzar su trasero. La mente llegó como invitada y luego convertida en tirana eones después del cuerpo, pero desde entonces se erigió en reina de la casa.

La vida es algo grande que nos tiene, intentar tenerla nosotros a ella a base de propuestas intelectuales es un gran despropósito. Porque la vida , que es acción, movimiento y transición contínua, no tiene sentido, tiene sintiendo. Es un flujo que nos arroya y nos acoge, es un estar dando recibiendo que no cesa, y no se detendrá jamás esta fiesta a pesar del ritmo tonto y desafinado de nuestras preguntas. A la vida le da igual, es una anfitriona tan generosa que incluso deja que sus invitados se aburran.

Estar preguntándose qué sentido tiene todo este circo es dejar de lado sentimientos, deseos y necesidades: habitando en el ático nos olvidamos del resto del edificio, que llega hasta los cimientos mejor asentados. Es impensable e imposible llegar a un conclusión fundamental: todo cambia, todo pasa, y en medio de esta vorágine y fiesta sin fin, nos preguntamos por el material con el que está tejido el telón que cerrará la función. Nos perdemos el resto de la obra en la que somos protagonista, director y decorado.

Nos aterra tanto la vida que nos preguntamos qué sentido tiene. Quizá ninguno. Quizá ni el que tú le quieras dar porque tiene otros planes reservados para ti mientras tratas de etiquetar el viento. Jamás lo que pienses que la vida es lo será, sólo en el reducido y polvoriento espacio de tu cabeza será coherente lo que tú quieras que sea, para acercarle un rabo postizo al perro que muerde una y otra vez una cola que no es la suya.

Dado que obviamos que la vida tenga sentido alguno, pensaremos que sí tienes infinitos sintiendos, que cada cual busque los suyos, solamente los tuyos serán los que te sirvan. Estos son principalmente los míos:
La vida es la sensación pura de estar completo y terror de percibirse como tal. Si asumiéramos esto, necesariamente tendríamos que dejar de lado doctores, gurús, maestros, padres y guías. Solo quedaría reconocernos como responsables de nosotros mismos, y esto es demoledor. Nos gusta depender de otros para quitarnos la responsabilidad de vivir nuestra vida. Si otros deciden por nosotros, los que se equivocarán serán ellos.

Una mano no puede agarrase a sí misma. 
La vida es algo imposible de definir con palabras, que se escapa al reducto racional y que trasciende lo material. Mira el tamaño de nuestro cerebro con la inmensidad del espacio que lo rodea. Algo tan pequeño no puede pretender nunca abarcar a la totalidad que lo contiene. Una mano no puede agarrase a sí misma. Y sin embargo investimos a ese minúscula parte, también de nuestro cuerpo, con la categoría de dueña y señora, que explica cuanto sucede.

Sin materia quizá no hay vida, pero hay siempre Vida más allá de lo material.

La vida es lo que nos sucede por dentro y que se verá reflejado fuera. Es una parada necesaria para habitanos a nosotros mismos, volviendo a nuestro cuerpo, y sentir la casa sosegada. Nuestro cuerpo es el cáliz que se ofrece a algo tan grande e inconmensurable que se escapa a toda definición. La vida no sólo es movimiento. Al contenerlo todo, también incluye la no-acción.

No se detiene, siempre sigue y no se arredra ante nada. Incluso en el terreno más yermo crece alguna mata de hierba. Es existencia. Nosotros nos iremos y ella seguirá, serena e implacable, respondiendo a un orden que solo ella conoce. No nos queda más que celebrar que estamos de paso en el mejor de los hoteles, es bastante poco el trabajo que nosotros podemos hacer, más bien ninguno. Empecinarse es querer ser responsable de todo y de todos es una labor titánica que nos destrozará el hígado, dado que continuamente nos será arrebatado lo que pertinazmente pensábamos que era nuestro.

La vida, por abarcarlo todo, incluye también el placer. La relación con los otros, que se plantean lo mismo que tú y que yo, y que juegan en el mismo equipo, es fundamental. No existen así los enemigos porque todos somos íntimos aliados, en absolutamente todos los casos. La tierra que pisamos es la misma, y cuando levantamos el cuello abriendo la boca ante la noche estrellada, el silencioso pasmo es idéntico.

Si éste es el mejor de los regalos posibles, quizá el único que merezca de verdad la alegría, que no la pena, nuestra actitud ha de ser siempre generosa. Todo lo que tenemos es de prestado, y ni tan siquiera somos responsable del último y más encrespado de nuestros cabellos. Todo nos fue dado, todo habremos de devolver. Procuremos dejar el jardín en mejores condiciones de como lo encontramos. Otros seguirán el baile cuando ya no estemos.

El momento en el que ahora nos encontramos es el mejor de todos los posibles. 
La vida es confianza. En el cuerpo, en nuestros propósitos, en la propia vida. Si no podemos entonces alcanzar ni acotar con la palabras lo que nos tiene, mucho menos aún podremos entender los planes que nos tiene reservados. El momento en el que ahora nos encontramos es el mejor de todos los posibles. Si te quejas, es tu problema, por falta de entendederas. Es así de duro y así de fácil.

La vida abarca todos los opuestos, incluso la muerte, que es el reverso de esta preciada moneda. Nada se le escapa, aun quien tiene deseos suicidas participa desde las entrañas mismas de la vida que lo acoge. Y pretendiendo salir de ella, solo puede ser nuevamente recibido en sus brazos.

Ama y haz lo que quieras, dice San Agustín. No hay posibilidad alguna de no hacer lo que uno quiere. Incluso cuando obedeces a tu jefe, es porque quieres someterte a su yugo. O callas por el falso miedo económico que ya desde hace tiempo vive en tu médula. Hagas lo que hagas, lo haces porque quieres. No está de más colaborar con la vida, para hacer de lo que nos sucede un viento que sopla a nuestro favor.
Pero ante todo y sobre todo, la vida es saberse centro de ella. Lo que sucede y nos sucede pasar por nosotros mismos. Pero no nos equivoquemos, no somos tan importantes. Nada importa nada. Pero sin este testigo que presencia todo cuanto ocurre, no habría nadie que entonces le correspondiera con tan absoluta entrega.

El único deseo válido es pedir que nuestra fe por la vida nos desborde, ya que jamás la comprenderemos. No hay mayor declaración de arrojo, valentía y amor que decir: quiero profundamente lo que la Vida quiere para mí.
Luis Miguel Andrés es profesor de filosofía y consultor personal
Fuente: cascaraamarga.com


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