miércoles, 22 de octubre de 2014

El día que la televisión española se llenó de pollas

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En este blog nunca recurrimos a la actualidad. De hecho, nada nos gusta más que perdernos en el pasado. Pero, claro, cuando ocurre un evento de tales proporciones como el que revolucionó anoche el panorama televisivo, hay que ceñirse a los tiempos marcados. Entiendan la necesidad de comentar tan fantástico evento como si me fuera la vida en ello, aunque nadie me lo haga pedido y, seguramente, a nadie le interese. Por fin, España ha hecho historia. Sí, historia de la televisión en un martes cualquiera y a altas horas de la noche. Por fin nos hemos situado a la altura de países que creemos desarrollados, como Holanda o Finlandia, donde el desnudo es tratado de una forma mucho más natural que en nuestra pacata moral católica. Parece que podemos verlo todo por televisión, desde crímenes, hasta ofensas a la cultura, al buen gusto y a la integridad humana, pero nunca un desnudo, y mucho menos masculino. Creamos horarios protegidos para que nuestros menores no puedan ver imágenes que les perturben -pese a que, durante algunas de estas horas, los niños deben estar en el colegio-. No nos importa que vean a los dirigente del país robando, pero una polla, eso nunca. Y menos una en movimiento, en prime time, en un día laborable y delante de millares de espectadores.


Con tan sencillo gesto, Cuatro consiguió anoche una revolución nunca vista. Algo que ni durante las quince ediciones de Gran Hermano se había tolerado. Podemos ver a un grupo de personas encerradas en una casa, comiendo bichos, insultándose, llegando a una cota de violencia verbal absolutamente espeluznante, pero nunca les veremos desnudos en la ducha. Eso sí, los edredonings que no se pierdan, cuando, posiblemente, es mucho más revelador el audio que las propias imágenes. En España, los desnudos deGran Hermano son de contrabando. Pero, entonces, apareció Adán y Eva, un absurdo reality orquestado alrededor de una pretendida búsqueda del amor, cuando lo realmente importante es el nudismo de sus participantes. Nos daba igual la premisa, el argumento, la evidente guionización y hasta la poca credibilidad de los personajes como personas corrientes. Queríamos verles desnudos y lo conseguimos. ¡Y de qué manera! En España estamos acostumbrados a pixelados, a planos cortados convenientemente y a censuras de todo tipo, y lo hemos asumido como normal, como si ver un pene en televisión fuera un pecado superior a la muerte. Entiendan que lo de anoche fue un hito en toda regla. Penes penduleantes en prime time. Algo que pensaba que nunca llegaría a ver.

Otra cosa es que la falta de atractivo de los participantes -al menos, los del primer capítulo-, la depilación ultraintegral de la que hicieron gala y la conversación más propia del principio de una película porno, hiciera que el erotismo decayera a los pocos minutos. Entiendan que donde hay pelo, hay alegría, y ayer no vimos ninguna de las dos cosas. Eso sí, tanto ellas como ellos tenían unos físicos televisivamente aceptables, con pechos firmes, cuerpos delgados y pollas lustrosas, dignas de estar en televisión -me consuela ver que en el previo de la semana que viene apareció un caballero con un pene grower, como el de la mayoría de los mortales-. Pero todo esto no son más que quejas superfluas. Lo importante es que, por fin, España se ha rendido a la evidencia. La televisión se llenó de penes y no pasó nada. No ha habido desmayos, ni manifestaciones del Foro de la familia exigiendo su retirada -las espero-, ni debates en el Congreso de los diputados sobre los límites de la ropa aceptables en televisión -también los espero-. Tenemos más miedo a un hombre desnudo que a un diputado corrupto. El primero no nos hace nada. De hecho, puede alegrarnos mucho. El segundo nos ha llevado a donde estamos. Y aún tenemos que agradecérselo.

Adán y Eva pecó de muchos fallos. Las escenas, aunque cortas, se convirtieron en eternas, como esos minutos previos que pasas a doble velocidad en un vídeo porno. Los diálogos fueron muy forzados, y en el momento culmen, cuando dos de los participantes se disponían a mantener relaciones sexuales, la cámara decidió mirar hacia otro lado. EnGran Hermano les vemos follar y aquí les vemos desnudos. Junten las dos manos y tendrán en reality perfecto. Tan sólo faltó un pequeño detalle. La actriz porno María Lapiedra pedía desde su twitter el puesto de presentadora, para hacerlo todo con las tetas al aire. Y miren, eso hubiese sido la guinda del pastel. Un pastel que terminó a las 12 de la noche y que supuso la victoria del morbo. Un morbo creado por los que nos impiden ver las cosas con naturalidad. Un morbo generado por la prohibición tácita de ver hombres -también mujeres, pero en esto, como en todo, siempre salen mucho más estereotipadas que nosotros- desnudos en televisión.
Un morbo que debería ir desapareciendo. Ahora, a esperar al martes que viene, desnudos y con palomitas.
Fuente: Gaixample.com

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