sábado, 27 de septiembre de 2014

Ser lesbiana en este pueblo y no morir en el intento. Capítulo II


Luzilux – Ser lesbiana en este pueblo


Todavía con la pistola en la mano busqué en la agenda el teléfono de Germán (mi enlace), para explicarle todo lo que había pasado.

Y creo que ahora ha llegado el momento de contar algo importante: la crisis económica ha hecho que nos reinventemos. Sí, ya sé que eso lo sabe todo el mundo, pero lo que no sabéis es que tras años infructuosos esperando encontrar trabajo, me metí en algo que en principio no iba conmigo: la ACI o Agencia Central de Inteligencia. Quizá os suene más el nombre en inglés: CIA. Puede parecer irreal o de película, pero soy agente secreto. Cuando rellené la solicitud parecía una opción bastante fácil que prometía asegurarme un sueldo. Lo más importante de todo era que podía seguir trabajando como periodista. Los meses previos a la entrevista con la cadena de televisión los pasé haciendo prácticas de tiro y recibiendo cursos de protocolo de actuación en espionaje. Esta es la primera vez que me desplazo, y como ya os he dicho, sentí miedo cuando pasé la entrevista, pero era una oportunidad excepcional de demostrar que podía hacer las cosas por mí misma. Aunque los méritos para el puesto los conseguí por mis aptitudes y mi formación universitaria, lo cierto es que envié el currículum a la oferta por órdenes de Germán. Cuando me comunicaron que había superado satisfactoriamente la entrevista se puso en marcha el engranaje de mi primera misión oficial: “Operación Faro”.

Encontré el teléfono en la agenda y me senté en el sofá para hablar con mi enlace. Le dije que aunque tenía claras las órdenes, una hoguera frente a mi casa y una amenaza por escrito no entraban en los planes. Su respuesta: debía comportarme como si fuera una periodista corriente, tenía que llamar a la policía y denunciar lo sucedido. Media hora después, una patrulla llegó a casa. Dos agentes bajaron del coche y sonrieron cuando pasaron por delante de las cenizas frente a mi puerta.

Comencé a explicarles el suceso, y cuando les hablé de la hoguera abrí la bolsa de basura con aquellos objetos medio carbonizados en su interior. Mientras uno de los agentes inspeccionaba cada habitación, el otro sacó una libreta.

—Han entrado en mi casa —le dije, dejando caer el sucio contenido de la bolsa sobre el suelo. No entendía por qué seguía sonriendo.

—¿Cómo sabe que han entrado? —se apartó unos centímetros para que no se le mancharan los zapatos de ceniza.

—Dejaron esta nota.

El policía observó la nota y dijo levantando una ceja:
—Esa nota pudo estar aquí todo el tiempo y pasarle a usted desapercibida. ¿Tiene alguna otra prueba a parte de que cree que vio a alguien?

Guardé silencio mientras miraba el suelo, empezando a indignarme.
—Señorita, tranquilícese —me habló en un tono paternalista—. Mire, cuando alguien nuevo llega al pueblo, los vecinos encienden la Hoguera de Bienvenida frente a su casa —entonces señaló los objetos que estaban esparcidos.
—Es una broma, ¿verdad?

—Para nada, es una costumbre muy arraigada.
—Pero, ¿y la nota con la amenaza?

—Bueno, eso tendremos que investigarlo —acto seguido comprobó que todas las ventanas cerraban bien. Su compañero ya había subido al coche y se fumaba un cigarro sacando el brazo por la ventanilla.

Susana SalvatierraCuando se marcharon saqué el arma de debajo del cojín del sofá, no pensaba separarme de ella. Necesitaba volver a leer todos los documentos sobre la operación. Me esperaba una larga noche.
 Fotografía de portada: LuziLux
Fuente: MiraLes.com

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