lunes, 15 de septiembre de 2014

“Ser lesbiana en este pueblo y no morir en el intento” I

Luzilux – Ser lesbiana en este pueblo 


CAPÍTULO 1
mirales.es 
Mi nombre es Susana Salvatierra y acabo de llegar al fin del mundo.

Este nuevo trabajo es el primero desde que acabé la carrera, por allá por el pleistoceno, donde por fin tengo que hacer tareas de periodista. Hace tres semanas me llamaron de la modesta cadena de televisión de esta localidad para decirme que habían recibido mi solicitud de empleo a través de una plataforma digital. La chica del teléfono me informaba de que mi candidatura encajaba con las necesidades de la empresa.

—Perfecto —le dije—, ¿necesitáis hacer una entrevista para conocerme en persona?

—No hace falta que te desplaces hasta aquí, podemos planificar una video conferencia.

A priori me asusté, tendría que mudarme, y el Norte no es una zona geográfica que llame especialmente mi atención. Pero el alquiler iba a cargo de la empresa y las dietas me las pagaban aparte.

Superé la entrevista y me pasé una semana ultimando los preparativos de la mudanza. Entre el equipaje contaba con los transportines de Gonzalo y de Viernes (gato y perra respectivamente), dos maletas con ropa (para el frío, para el calor y para la lluvia), un par de bolsas grandes llenas de comida y una nevera de playa con algo de fiambre, hortalizas, fruta y huevos.

Estoy tan acostumbrada a la lluvia como a masticar hormigas, así que la primera impresión que me causó este sitio no fue muy agradable: no sabía cuánto podrían resistir mis articulaciones tan altas dosis de humedad. Por otro lado, y como dato positivo, este sitio tiene prácticamente todos los servicios, incluso cine y teatro. Cuando llegué a mi nuevo hogar me pareció un apartamento corriente. Es una planta baja pequeña, con ventanas exteriores que dan a la acera de la calle, sólo tiene una habitación, una pequeña sala de estar, cocina y baño. Las estufas enganchadas a las paredes de la casa me dieron algo de serenidad, por lo menos habría calefacción en las noches de invierno. Como mujer precavida que soy, llegué un viernes por la noche (hasta el lunes no empezaba en el nuevo trabajo) para familiarizarme con el entorno y la casa: comprobar el agua caliente, la luz, el aislamiento de las ventanas, la seguridad del edificio y el tipo de vecindario. Vamos, lo normal. Guardé el arsenal de comida en su sitio. Las madres tienen esa manía de cargarte con paquetes y botes como si te fueras a la guerra. ¿Se creerán que no hay tiendas allá donde vas? Me di una ducha, me preparé la cena y la disfruté en el sofá, contemplando a Gonzalo y a Viernes, uno a mi derecha y la otra a mi izquierda.

El primer ruido llegó antes del postre. Parecía un golpe seco y venía desde la calle. Con pasos inseguros llegué hasta la cortina. Nunca había visto algo parecido: alguien había hecho una hoguera con cartones y ramas secas frente a mi ventana. Alrededor de la pira habían construido una especie de altar con objetos que no guardaban ninguna relación entre sí: una muñeca desnuda, tres libros, varios collares de cuentas de madera y un par de botes de cristal. Lo sé porque salí a apagarlo (aún no entiendo de dónde saqué el valor, porque estaba muy asustada). Apagué el fuego tras varios viajes cargada con cubos de agua. Antes de recoger el desaguisado y meter todos aquellos cacharros en una bolsa de basura, miré a mi alrededor. No había nadie y el silencio era irreal. Aún no habían sonado las campanas que marcaban la media noche, pero sentí un frío que me hizo pensar que faltaba poco para el amanecer. Me extrañó que nadie se hubiera asomado, porque la hoguera, más alta que yo, había iluminado toda la calle.

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Cuando creí que todo estaba bajo control, volví al interior de la casa y llegó el segundo susto. La puerta se cerró con un golpe fuerte detrás de mí. Estaba segura de que no había sido la corriente. Las luces se apagaron de golpe y Viernes empezó a gemir. A Gonzalo se le erizó el pelo, podía verlo porque estaba sobre la mesa del comedor y la luz de la calle entraba por la ventana. Hablé para tranquilizarlos pero sobre todo para tratar de serenarme: “No pasa nada. Habrá saltado el diferencial”. Conseguí localizar la caja que controla la luz de toda la vivienda y bajé la palanca que normalmente está levantada. Sé que en ese momento lo vi, a pesar de lo que dijo el policía después. Alguien salía de la casa por la ventana. Tuve tiempo de identificar que vestía de negro y llevaba la cabeza cubierta con un pasamontañas. Sobre la encimera de la cocina había un papel con algo escrito a mano:

Nunca deberías haber venido. Te estamos vigilando.

Corrí a buscar la pistola temblando como un trozo de gelatina mientras una idea se instauraba en mi cabeza: “Si son tan primitivos como para hacer esto, no quiero imaginar qué pasará cuando se enteren de que soy lesbiana”.
Eley Grey
Foto de portada: Luzilux
F
oto interior: Daris G.
Fuente: Mirales.com

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