martes, 16 de septiembre de 2014

Ríete de tu miedo

El miedo, estado anímico que nos acompaña desde la noche evolutiva, está íntimamente ligado a la supervivencia, a la conservación de lo que somos, a nuestra identidad. Es inevitable sentirlo, pero también bastante absurdo dejarnos llevar por él.

risasEl ser humano es un proceso evolutivo en sí. Estamos en permanente evolución, a pesar de que visto desde la perspectiva personal una vida no sea nada en comparación a las eras geológicas y cambios físicos que sufre la tierra. Somos un eslabón, un puente que cuelga desde la ameba marina hasta la raza humana del futuro. Como nosotros, también nuestro cuerpo muta y lo seguirá haciendo.

Curiosamente, toda evolución implica integración, no nos deshacemos de la identidad antigua, si no que la asimilamos. Es por esto que, en tanto que ser que se precipita hacia lo que inevitablemente será, guardando los vestigios de lo que fue, nuestro cerebro guarda todavía tu parte reptiliana: la zona más profunda y oscura de nuestras profundidades más oscuras, donde se generan los instintos que nos anclan a la mera supervivencia. En el pasado nos fueron útiles, todavía hoy quizá lo sean, pero, ¿qué sucedería si nos dejamos llevar por el lagarto o el primate que hace miles de años fuimos y no actuamos como lo que en realidad somos? Estamos condenados a la desesperación, a la ira o a la depresión más profunda.

El miedo, estado anímico que nos acompaña desde la noche evolutiva, está íntimamente ligado a la supervivencia, a la conservación de lo que soy, a mi identidad. Es inevitable sentirlo, pero también bastante absurdo dejarnos llevar por él, y más hoy en día que estamos más cerca de ser (quizá solo se tarden alguno miles de años más, un suspiro en la vida del Universo) lo que estamos destinados a ser: personas con la conciencia suficiente de saberse miembros de la misma familia, puesto que si admitimos que el Bing Bang se produjo, todos partimos del mismo origen, por lo tanto, somos iguales y vamos hacia lo mismo.

Pero es tan sumamente útil el miedo...sobre todo para dominar. El instinto natural de parálisis que este produce se da de manera instantánea en el cuerpo: nuestro sistema nervioso nos advierte que paremos, algo acecha. Nuestro mamífiero indefenso, que apenas ha dejado de utilizar las lianas para desplazarse entre árboles, teme ser devorado por la fiera. Teme dejar de existir, está aterrado por dejar de ser. ¿Es posible tal cosa hoy en día? ¿Dónde están las fieras que nos atemorizan? Estamos rodeados, pero son disfraces de bestia que, si uno fija su atención, producen más risa que espanto.

El temor somete, pero para ello, hacen falta dos roles: uno que mande y otro que obedezca, y ambos han de aceptar las reglas del juego. Si en tiempos antiguos, el jefe del clan era el que mandaba, por la fuerza, los medios por los cuales se comenzó a ejercer el poder pasaron a ser cada vez más sutiles. Aún así, ese es uno de los motivos por los que la violencia sigue penada por ley: porque funciona. Si no se protegiera al ciudadano de las agresiones o extorsiones del vecino que algo quiere de él, seguiríamos en la caverna. Las cosas han cambiado, pero no tanto: no hay mejor herramienta para someter al prójimo que hacerle pensar que es libre. En el pasado la Iglesia mandaba sobre la moral y la ética de todo hombre y mujer occidental. El mayor temor de todos era el infierno, con las durísimas penas a los que nos veríamos sometidos si caíamos en ese lugar para malditos, y la vara con la que dirigían nuestra conducta se llamaba pecado. Tal era la realidad cotidiana y muchos terminaban viendo al demonio en el granero porque su sistema mental, su matrix, así se lo hacia creer. Y por supuesto que para ese granjero el ser que vio vestido de rojo y con tridente era cierto. Hoy en día demonio e infierno han cambiado de nombre: la inventada y abultada crisis, sinónimo ahora del tártaro, nos amenaza por doquier. Deshaucios, desempleo, impagos...forman parte del averno, y el palo con el que ahora nos azuzan se llama deuda. No ha cambiado tanto el cuento. Unos siguen arriba, otros muchos abajo. Aconsejo a cada cual que pronto se saque el pasaporte de loco, será la opción más sensata para, en este falso mundo que nos venden, hacer lo que cada cual quiera sin ser molestado.

¿Qué es entonces el miedo? Es la garantía para que te comportes como se espera que lo hagas. Es la tranquilidad de saber que hay ciertas barreras que no te conviene pasar, aunque sabes e intuyes que detrás de esa lindes hay otro rostro esperándote, otra máscara que cae, acercándote más a lo que eres. Todo miedo se reduce a uno: temor al cambio. Sea infundado por los poderes fácticos o asimilado por uno mismo, da igual. Es una excusa perfecta para permanecer como se está. Pero querid@ amig@: permanencia es sinónimo de muerte, de neurosis, de fracaso. Si uno no se ofrece al cambio, se queda como oruga triste toda su vida que mira con resentimiento a las mariposas que desde que nacen, vuelan. ¿Qué parte de ti estás dispuesto a sacrificar para ser quien de verdad eres?

Desde hoy mismo puedes decir basta al miedo que heredaste, porque no es tuyo.

Basta a las falsas complacencias y palmaditas en la espalda.

Basta a las mentiras creídas por la mayoría en hora de máxima audiencia.

Basta a la comodidad de tener quien dirija tu vida para evitarte la responsabilidad de ser dueño de la tuya.
Basta para creerte todo lo que te crees, quizá incluso parte de este texto, sin tener el coraje de experimentarlo por ti mismo.

De tan fácil, da pavor pensarlo, pero ya llegó el momento de decir: hasta aquí, ya no más.

Donde está lo que te aterra está también tu trabajo a realizar. El miedo, como agujero negro, ejerce una impresionante atracción, como tabú que se espera profanar. Satisface ese deseo oculto que te propicia el miedo, atraviésalo con los ojos bien abiertos, su oscuridad sólo está hecha de telas de araña. Nada más.
Prueba durante unos días, semanas si te termina gustando, este antiguo ejercicio. Cada mañana, cuando apenas te despiertes, y habites en el interregno de la vigilia y el sueño, ríete o finge que te ríes, eso da igual, durante 5 minutos. Tu cerebro, que estará en plena fase alfa, asimilará rápidamente el mensaje y la naturaleza del día que comienzas cambiará ligeramente.

¿Hasta cuándo vas a estar postergando lo que quieres hacer? ¿Hasta cuándo vas a dejar para mañana ser quien de verdad eres? ¿Hasta cuándo cuando vas seguir dejando que gobiernen tu vida? ¿Hasta cuándo...?
Luis Miguel Andrés es profesor de filosofía y consultor personal
Fuente: cascaraamarga.com

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