miércoles, 27 de agosto de 2014

Tres consejos que debes seguir si pretendes ligar con una mujer que acabas de conocer

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1. Si eres vergonzosa y a la hora de ligar envías señales disimuladas asegúrate de que llegan a la destinataria correcta.

Hace un par de días fui con algunos miembros de mi familia a cenar a un bar de una franquicia bastante conocida en España cuyos precios son igual de bajos que la calidad de sus alimentos. No estaba del todo participativa en la conversación familiar cuando me fijé en una de las camareras. El vínculo que se estableció entre nosotras gracias al contacto visual la delató, rápidamente supe que ella estaba tan interesada en mí como yo en ella. La cena transcurrió entre sonrisas disimuladas y algunos paseos suyos por mi zona mirándome directamente a los ojos, incluso de vez en cuando tuvimos algún roce intencionado que hizo que se me erizaran los pelillos de la nuca con la excusa de limpiar la mesa que estaba justo detrás de mí (que oye, limpia le tuvo que quedar porque al menos pasó a limpiarla unas tres veces). El caso es que allí estaba yo, con mi sonrisa de pardilla sin saber qué hacer, mi mirada perdida llamó la atención de uno de mis familiares que me preguntó qué era lo que miraba con tanto interés, “Creo que conozco a alguien” fueron las únicas palabras que salieron disparadas de mi boca sin ser procesadas por el cerebro, será la costumbre de vivir con un pie fuera y otro dentro del armario, siempre tengo excusas en la recámara para casi cualquier tipo de situación. Cuando mis familiares dejaron de estar interesados en lo que hacía saqué un bolígrafo, cogí una servilleta, esperé a que ella me mirase y escribí mi nombre y número de teléfono, se la enseñé y le guiñé el ojo, me devolvió el guiño, cosa que hizo que se me escapase una risilla estúpida. Acabamos de cenar y tocaba volver a casa, saqué la servilleta con mis datos del bolsillo, la doblé cuidadosamente, la coloqué sobre la mesa y me despedí con una sonrisa. Durante el camino a casa estaba muy emocionada, esperando un mensaje, una llamada, lo que fuera. Pues bien, algo llegó, un mensaje, concretamente un mensaje del chico de la mesa de enfrente quien pensaba que mis sonrisas eran para él y que en cuanto me fui no pudo ni esperar un segundo a coger la servilleta.

2. Cuando por fin consigas una cita con la chica que te gusta asegúrate de que ambas estáis de acuerdo en que es una cita.

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En mis tiempos de instituto conocí a una chica muy simpática con la que coincidía en algunas clases, ella acababa de llegar al instituto así que fui una de sus primeras amistades, pasábamos horas hablando, entre clase y clase, a mitad de las clases, al salir, al entrar, a todas horas, vaya. En dichas conversaciones ella me contaba cosas como que le encantaría poder abrirse completamente y ser sincera conmigo, que yo era una de las mejores personas que había conocido, que le encantaba pasar tiempo conmigo y que gracias a mí los días en el instituto eran más llevaderos. Lo cierto es que la complicidad era evidente y yo empecé a percibir señales que me decían que ella también se estaba empezando a enamorar de mí. Un día me armé de valor y le propuse saltarnos las clases del día siguiente y salir a dar un paseo, tomar algo y tener la oportunidad de hablar sin que ningún profesor nos mandara callar. Ella aceptó. Durante el paseo el espacio que nos separaba se fue haciendo cada vez más estrecho y el contacto físico cada vez iba a más. A mitad de paseo nos encontramos una iglesia que me recordó al colegio de monjas en el que estudié antes de llegar al instituto, empecé a contarle todas las trastadas que hacía cuando era pequeña y la cosa se me fue de las manos, acabé despotricando sobre la Iglesia como institución. Ella paró en seco y me dijo que su familia era del Opus Dei, que tenía 13 hermanos y que estaba pensando en invitarme a ir misa con ellos el domingo, tras ver mi cara atónita continuó hablando, dijo que no me preocupara, que ella misma podría presentarme a los amigos de su novio que eran unos chicos “muy majetes” y que alguno de ellos haría de mí una mujer de verdad y me reconduciría por el buen camino.

3. Existe una larga lista de sentimientos, es importante que sintáis la misma clase de sentimientos la una por la otra.

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Volviendo a mi época de instituto recuerdo que cuando tenía dieciséis años entró una profesora nueva, la profesora de inglés, ¿qué tendrán las profesoras de inglés que a todas enamoran? Exijo que se realice un estudio sobre el aumento de tu atractivo sexual al ser profesora de inglés. La chica era bastante jovencita, tendría como mucho nueve años más que yo y tenía ese algo que me volvía loca. Recuerdo que me apliqué tanto en la asignatura que siempre sacaba sobresalientes y ella siempre decía que estaba muy contenta con mi evolución. La relación académica se convirtió en algo más, nos escribíamos correos, hablábamos de nuestras cosas… Yo estaba encantada de la vida, y el amor me cegó hasta el punto de verme correspondida. Hasta que un día, organizando con ella un viaje al extranjero de fin de curso le dije que no estaba muy segura de si podría ir, ella me miró y me dijo que no me preocupase, que fuese de viaje y lo pasara bien con mis compañeros, que ella cuidaría de mí y que gracias a mí se le había despertado el instinto maternal, sí, maternal. Ella despertaba toda clase de instintos en mí y ella por el contrario me cuidaba como si fuera su hija. Además de mi primer chasco amoroso con una chica también es un claro ejemplo de confusión de sentimientos.
Andrea González Moreno
Fuente: MiraLes.com


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