martes, 10 de junio de 2014

La homosexualidad en el Hollywood dorado: Eva le Gallienne y Mercedes de Acosta

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 Desde que coincidieron fugazmente en la mansión de Alla Nazimova (como vimos en el capítulo anterior), Mercedes de Acosta no había conseguido sacarse de la cabeza a aquella rubicunda jovencita llamada Eva. El éxito les sonreía a ambas (Mercedes había logrado publicar sus poemarios mientras Eva recorría todo el país con una aplaudidísima interpretación en el Liliom de Ferenc Molnar), y espoleadas por esa inyección de confianza decidieron volver a verse en Nueva York. Como ya había quedado claro después de su decepcionante relación con Nazimova, Eva prefería la pasión intelectual a la meramente física, y decidió invitar a Mercedes a ver la obra para comprobar hasta qué punto poseía una sensibilidad capaz de apreciar todos los matices de su actuación. El experimento salió como había planeado: al finalizar el último acto (después de haber pasado toda la obra sobrecogida por la belleza y el talento de Eva), Mercedes se presentó en su camerino, donde ambas mujeres se miraron sin decir nada durante algunos minutos que parecieron eternos (si dedicáramos un artículo entero a los “Episodios en camerinos” protagonizados por las fogosas actrices de los años veinte, más de una terminaría apuntándose a clases de teatro). Después se fueron al apartamento de Eva y el plano intelectual quedó temporalmente relegado, al menos hasta la mañana siguiente.


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En contra de lo que cabría esperar (ya son muchos los affaires hollywoodienses de 24 horas que hemos repasado), la aventura no terminó ahí, sino que se convirtió en un romance de casi cinco años que fue decisivo en la vida de ambas. Compartían afinidades artísticas y políticas, y se sentían estandartes de aquella libertad intensa pero soterrada de los años veinte, tan bien resumida en la estampa de locales donde se servía alcohol clandestino y donde las mujeres se travestían mientras otras mujeres cantaban para ellas. Tanto la carrera profesional de Mercedes como la de Eva les permitían ser independientes a nivel económico, así que viajaban cada vez que tenían ocasión a los lugares de moda (París, Venecia, Berlín) donde no perdían ocasión de explotar esa vida nocturna y artística en la que procuraban inspirarse.

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El único inconveniente era que Mercedes estaba casada (con Abram Poole, pintor gay con el que consumó uno de los matrimonios “lila” de la época) y que ninguna de las dos podía permitirse abandonar su trabajo. Las giras teatrales de Eva las obligaban a pasar cada vez más tiempo separadas, cuando el motivo no eran los celos del marido de Mercedes (aunque era homosexual, parece que estaba enamorado de ella). La distancia mantenía su pasión intacta, pero también podía llegar a ser insoportable. “Me pregunto si alguna vez me deseas tanto que te sientes dolorida”, le escribía Eva a Mercedes. No en vano estaba tan convencida de que su amor era para siempre que llegó a fantasear con la posibilidad de casarse con ella: “Creo sencillamente que vas a tener que casarte conmigo… ¡para que siga viva!”. Pero estos sueños estaban muy lejos de cumplirse. En cambio, Mercedes le regaló un anillo con el que sellaron su compromiso de fidelidad mutua y por el que ambas prometieron no tocar a ninguna otra mujer (los hombres quedaron excluidos de este pacto, los consideraban demasiado inofensivos como para no tener alguna aventura que casi siempre era por conveniencia profesional). Todo continuó siendo maravilloso durante un tiempo, aunque hasta el final estuvieron de por medio los largos periodos sin verse y la insistencia casi enfermiza de Abram, escollos que al cabo terminaron por desgastar la relación. Mercedes confesó a Eva que le había sido infiel con una admiradora, y aunque ésta quiso perdonarle aquello parecía augurar un final cada vez más cercano.

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Cuando Juana de Arco (la obra que Mercedes había escrito para lucimiento de Eva poco después de iniciar su romance) se estrenó en París, el éxito no fue ni la mitad de lo que habían esperado. Su relación ahora era mucho más abierta, ambas tenían multitud de amantes aunque seguían viviendo juntas por temporadas, pero aquel estreno coincidió con la última vez que viajarían como pareja a París. Al regresar a Nueva York Eva rompió definitivamente con Mercedes, y estaba claro que de aquellos años de pasión tumultuosa no iba a poder rescatarse ni un pequeño resquicio de amistad. Poco antes de conocer a Eva, Mercedes había escrito:
El amor
No es amor cuando por él uno no está dispuesto
A cometer un crimen. Pero también estoy cansada de amar
Y
De ser amada —parece que hace siglos que
Te hablo de amor— estoy cansada de mentiras y verdad,
Más cansada de la verdad, ya que sólo despierta esperanzas y
Al final fracasa.
Qué fútiles son todas estas cosas, qué engañosas
Y trágicamente frágiles.
Fuente: Ragap

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