sábado, 17 de mayo de 2014

¿Por qué nos saboteamos en el amor?

Detrás de la idea de que a los hombres homosexuales y en general a las personas LGBTI no les va bien en el amor, hay una educación machista, atravesada por prejuicios y masculinidades tradicionales.
 
Relaciones homosexuales.

“¿Será cierto que de verdad somos así de malos para amar?”
¿Quién no se ha preguntado por qué algunas personas LGBTI no tenemos mucha suerte en el amor? ¿Quién no ha escuchado el típico: “los LGBTI son muy promiscuos” o “sus relaciones son efímeras”?
Estas preguntas me han estado rondando la cabeza últimamente. Me he estado cuestionando cómo siendo gay, estoy enmarcado o condenado a estas frases que oigo dentro y fuera de los sectores LGBTI. Y la duda de fondo es: ¿será que de verdad somos así de malos para amar?

La pregunta me parece importante por las implicaciones que tiene en Derechos Humanos y en la vida de muchas personas. Es una idea que debe ser cuestionada y revaluada.

Un concepto preliminar que se convierte en fundamental para algunos hombres gais, es creer que, al ser dos hombres con la misma carga sexual, no pueden llevar una vida amorosa estable por la dificultad de trascender el plano sexual o porque siempre estamos de “cacería”.

Esto es una muestra más de cómo el machismo atraviesa a las personas LGBTI, construyendo imaginarios perversos y limitantes. Acá aparece el primer asunto de Derechos Humanos:  la educación recibida no nos ayuda a cuestionar nuestra masculinidad, ni a revisar cómo ha sido afectada por prejuicios y estereotipos. Mucho menos se aporta a la defensa y al respeto de masculinidades diversas.

Esa falta de educación y de acceso a información de calidad, termina por arrojarnos a buscar nuestros referentes en los medios de comunicación y en espacios de socialización.

Acá aparece un segundo aspecto: en una sociedad clasista como la colombiana, en la que una persona vale por lo que muestra y aparenta y donde el narcotráfico contribuyó a crear en el imaginario colectivo que la ropa de marca y el lujo es lo que permite ser respetado, termina por llevarnos a vivir una ilusión sobre cómo nos vemos y debemos ser.

Este clasismo, además, viene acompañado de racismo. Entonces, si la persona es pobre y negra, está jodida. Y debe convencer a las demás de que es lo “suficientemente valiosa” para ser aceptada.
Para algunas personas afrocolombianas, raizales o palenqueras, el asunto se limita al tamaño de su órgano genital, a qué tan sabrosa está o a cómo baila de bien.

¿Y qué tienen que ver todo esto con los Derechos Humanos? La Declaración Universal de los Derechos Humanos prometió un mundo en el que todos y todas nacemos libres e iguales. Con base en la dignidad que es inherente a nuestra condición humana, debemos tener garantizados nuestros derechos. Está prohibida la discriminación por raza, condición económica, sexo, situación laboral o ideología, entre otros motivos.

La cultura del respeto

¿Y cómo estamos ahí las personas LGBTI? En parte, el Estado colombiano no ha dado las garantías necesarias, ni ha promovido una cultura de respeto por las personas y ha omitido su obligación de cerrar ciclos de discriminación. Por ese silencio o malas actuaciones, ha terminado por encerrarnos en esta situación.

La población LGBTI a veces no cuestiona ese comportamiento, sino que lucha por ser incluida en la “buena sociedad”. ¿Y cuál es esa “buena sociedad”? Una en la que se tiene, se exhibe y la persona se acomoda de manera silenciosa a las perversas normas que nos han definido como país.

En ocasiones, esperamos ser como “ellos” y “ellas”. Esto incluye no ser morenito, ni pobre, ni “peleón”, quedarse callado ante los horrores que se cometen y ser buena onda con esas “personas de bien”.

Grave. Porque definimos roles y funciones. Al “negrito” lo vemos como un objeto sexual. No nos relacionamos con las personas que viven en el sur de la ciudad o que no han estudiado, porque queremos compartir con gente como nosotros o nosotras, sin perder el “estatus” alcanzado.

Por otro lado, buscamos personas que nos ayuden a “superarnos”: más inteligentes, con una mejor casa, trabajo o nivel educativo. Cuando alcanzamos esa comodidad, o si hemos crecido con ella, ¿qué nos importan los demás, si hay algunos que sufren o si hay problemáticas a nivel de Estado?

Estas actitudes terminan por restringir las probabilidades de amar libremente. Nos confinamos en espacios oscuros, no aceptamos la amplitud de la humanidad, no contamos con la suficiente información -o no la buscamos- y, lo más grave, no queremos luchar por un mundo mejor.

Como siempre, esta generalización busca llamar la atención. No es una definición de cómo somos todas las personas LGBTI, sólo cuestiona una tendencia que necesita exponerse y debatirse.
Los espacios múltiples y diversos de lo LGBTI necesitan visibilizarse, así como las apuestas por construir un mundo más incluyente, libre de prejuicios y estereotipos.

Es necesario dialogar de manera más amplia para vernos como seres humanos en todo el sentido de la palabra y así llegar a pensar si podemos amar libre y profundamente, con el derecho a casarnos y a crear una familia.

La lucha por nuestros derechos debe ser la lucha por los de todas las personas, por incorporar en la cotidianidad los valores que guían el discurso de los Derechos Humanos: no limitarnos a crear una forma de acomodarnos en la vida social sino de cuestionar esas estructuras que dan lugar a creencias erradas que nos metemos en la cabeza.

Por esto, debemos apostar por reformas profundas a la escuela y a las formas de educarnos y de educar. Se trata de “reventar” el sistema desde sus más profundos cimientos para permitir que la pregunta de por qué nos saboteamos en el amor, recaiga sobre nosotros y nosotras y, de paso, en los responsables de hacernos creer que es así.
Fuente: Sentido

No hay comentarios:

Publicar un comentario