lunes, 21 de abril de 2014

LesbiFacts: Esas cosas que sólo nos pasan a las lesbianas

El mundo está lleno de anécdotas que nos pasan día a día a las lesbianas del planeta. En este artículo hablaré (sentido del humor mode on) sobre algunos de los momentos lesbifácticos que me han ocurrido en los últimos tiempos; estoy segura de que muchas podréis sentiros identificadas con algunos de ellos.
  • Ese momento en que… te das cuenta de que la gente no tiene ni idea de sexo lésbico.  Concretamente, el personal médico de las consultas de ginecología.

Recuerdo una de mis últimas visitas a la ginecóloga de la Seguridad Social, por la típica revisión a los 2 años. La señora va y me pregunta, seria: “¿Tienes relaciones sexuales?” Yo le afirmo rotunda: “Claro.” Ella apunta sus cositas en mi ficha y como no me dice nada más, creo oportuno añadirle: “Con mi mujer, llevo varios años casada.” Ella entonces (aproximadamente 40 y tantos largos), abre los ojos como platos echándose hacia atrás, entre avergonzada y violenta, casi me grita: “¡Yo no quiero saber tu vida íntima! Ni si eres lesbiana; eso a mí no me interesa.” Respetuosamente, le comento que digo yo, que es un dato importante que tu ginecóloga debería saber. Ella, tras unos crípticos instantes pensando consigo misma,  me dice que “Bueno, que quizás, puesto que las lesbianas hacen “juegos” sexuales a veces.” Consideré seriamente explicarle una breve pero gráfica clase básica (101 dirían los americanos) de sexo entre mujeres (“juegos” dice, ¿qué se pensará esta mujer que nos hacemos? ¿cosquillas?), pero creí que aquello iba a dejar a la pobre sin dormir aquella noche.

Más reciente, recuerdo otra visita similar, esta vez a un ginecólogo, por motivos diferentes. La enfermera que me atendía parecía tener los mismos pocos conocimientos que la señora de la que acabo de hablar. Situación: yo preparada para que el ginecólogo pase a realizarme el reconocimiento, ella haciendo sus labores de enfermera, como colocarme bien la sabanita que te tapa, decirme que esté tranquila y rellenar unos datos personales. Me hace la pregunta del millón: “¿Has tenido relaciones sexuales?” “Sí, claro, tengo”, respondo yo, mirando con una risita a mi mujer, apoyada en el quicio de la puerta de la sala, acompañándome. La enfermera, mirándonos, y sin acabar de estar convencida con mi respuesta, especifica más la pregunta: “¿Pero has tenido relaciones sexuales con hombres? Le respondo que no. Ella con cara de preocupación, me comenta que entonces quizás me duela la exploración. Mi mujer y yo, al unísono y medio sarcásticas, le decimos que esté tranquila, que eso no va a ser un problema, que nuestras prácticas sexuales son muy completas (aunque no haya hombres por medio). Salimos de la consulta, al rato, preguntándonos por qué les será tan difícil a algunxs hacer las preguntas correctas.

  • Ese momento en que… te toca repetirle mil veces lo mismo a una dependienta.
¡Bo-lle-ra! 

Podría decir que las veces que me ha pasado se pueden contar con los dedos de las manos, pero no, han sido (y serán) bastantes más. Llegas con tu chica a una tienda de lo que sea, especialmente de ropa, pero podría poner muchos otros ejemplos. Pongamos que es una tienda de ropa. Durante una hora vas caminando por los pasillos, trasteando con la ropa, yendo y viniendo del probador. Al final, cada una decidimos qué nos llevamos y qué no. Vamos a la cola de la caja, esperamos ―con típica actitud parejil― a que nos toque turno. Entonces, al llegar a caja, la dependienta, bajo mirada escrutadora, nos pregunta: “¿Cobro todo junto o por separado?” “No, todo junto.”, le respondemos. Incluso puede ser que en este punto la ignoremos un instante, mientras nos preguntamos mi mujer y yo con qué tarjeta pagar. “¿Es para vuestra madre? ¿Todo junto entonces?”, vuelve a preguntarnos. “Sí, todo junto, exacto, pero para nosotras.”, repetimos. Y, cuando parece que por fin va a ponerse a tickar la ropa, aparece la misma pregunta una vez más: ¿Seguro? ¿Todo en el mismo ticket o en dos separados?” “Que sí, que todo junto, todo en el mismo ticket.”, respondemos pensando “Sí, la próxima vez que vayamos a comprar, nos deberíamos de llevar el libro de familia, la cartilla del banco o algo, para convencer a la pobres dependientas de que de verdad, que sí, que vamos juntas.

  • Ese momento en que… descubres que las mujeres heterosexuales no viven de la misma forma las despedidas de soltera que las lesbianas.
  •  
No sé vosotras a cuántas despedidas de soltera habéis ido; despedidas de soltera heterosexual, con sus regalos de lencería “picante”, sus enormes biberones fálicos y, lo más casposo, sus diademas o brochecitos con mini penes de peluche. Yo he ido a unas cuantas, por cuestiones de la vida. Y he terminado por vivir experiencias extrañas.

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Como cuando aparece en escena el citado biberón fálico, y entre risitas de niña traviesa, resulta que ninguna de ellas quiere tocarlo o beber de él (heterosexuales, llamadme loca pero con un cierto “aprecio” por lo fálico, ¿no?). Entonces, por increíble que parezca, somos las lesbianas del grupo las que, sin darle mayor historia, tomamos el biberón y bebemos. Por supuesto, momento en el que toman mil fotos.

Como cuando a alguna de las amigas de la novia se le ocurre proponer la gran sorpresa, ¡oooooh!… ir disfrazadas. Y se abre una cadena de emails, donde se proponen las diversas ideas, como por ejemplo, vestirse de piratas. Empiezas a leer sobre pantalones y mallas pegaditas, cinturones anchos y de anillas, infinitos tipos de blusas blancas o negras (nunca imaginé que existían tantas), pañuelos, pulseras, pendientes de aros grandes, etcétera. Te las imaginas llegando a la despedida estupendísimas, a lo Keira Knightley en Piratas del Caribe, customizadas 100% y sexys. Vas, pues, al chino de tu calle, y compras todo lo remotamente pirata: pañuelo negro con calavera dibujada, medallón con cadena pirata, pistolón y trabuco (con luces y sonido que es más total), y alfanje o espada curva mediana. Acudes al lugar de la cena, bastante bien puesta y digna, según crees tú; no cabe duda que vas de pirata.

Entonces, las vas viendo llegar. Oh, Dios. Tú vas de catálogo de tienda de disfraces, ellas se han puesto un cinturoncito algo ancho o un foulard atado a la cintura, y una blusita que entre sus colores, lleva algo de blanco o negro. Nada más. Con ropa “casual” como cualquier viernes de oficina, y perfectamente maquilladas. Y, en ese momento, en que forman un corrillo alrededor de ti, diciéndote que “Tú te has currado mucho el disfraz ¿eh?, No esperábamos que al final nadie lo hiciera”, ahí, ves con absoluta claridad la línea que te separa de ellas. Y sabes que será una noche muuuy larga.

Laura Morillas García, visita mi blog Atlanthis
Fuente: Mirales.com

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