miércoles, 9 de abril de 2014

La homosexualidad en el Hollywood dorado: Alla Nazimova y Eva Le Galliene

No es ningún secreto lo aislada que ha estado la sexualidad lésbica a lo largo de la Historia, tanto por la ignorancia (o incluso condescendencia) del sistema patriarcal como por el descrédito generalizado con que hasta hace nada se juzgaba este tipo de relaciones. Cualquier vínculo entre mujeres, por estrecho que pudiera resultar, se consideraba esencialmente inofensivo por una razón básica: en la fisiología femenina no parecía existir ningún indicio de que pudiera establecerse una relación sexual propiamente dicha entre dos mujeres, a no ser que una de ellas cometiera la fechoría de travestirse con elementos ajenos a su anatomía natural. La relación sexual estaba tan asociada a la penetración, que de hecho se conocen apenas cinco casos de condenas por homosexualidad femenina a lo largo de la Historia, mientras que los casos por homosexualidad masculina se multiplican exponencialmente. Pero esta presunta inocencia, que a día de hoy no deja de sorprendernos, le vino de perlas a nuestra diva protagonista de hoy: la joven Miriam Leventon, que sería universalmente conocida como Alla Nazimova.

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Nazimova había nacido en Yalta (que entonces era Rusia pero que hasta hace literalmente dos días pertenecía a Ucrania y ahora ya no lo tengo muy claro) en el verano de 1879. Era la menor y menos agraciada de las dos hijas del matrimonio Leventon, arbitrariedad que le proporcionó el desprecio de su padre (más de una vez llegó a agredirla físicamente por su torpeza) y que la acomplejó durante toda su infancia y adolescencia. Como ya vimos en otros casos como el de Marlene Dietrich y Tallulah Bankhead, antes de convertirse en actriz Nazimova se formó como violinista, con tanta brillantez que su talento artístico parecía no conocer límites. Rondando la veintena se cansó de los insultos que menospreciaban su físico y se empeñó en que su aspecto encajase con el de aquellos figurines que se alzaban sobre la escena de los teatros. Ya nadie volvería a reírse de ella.

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Antes de aterrizar en Estados Unidos, Nazimova se había forjado una fama creciente en las tablas europeas: espoleada económicamente por incontables admiradores (directores, actores, miembros de la alta sociedad), para cuando comenzó su aventura americana ya había tenido la oportunidad de comprobar que prefería a las mujeres antes que a los hombres. Por eso cuando Emma Goldman (anarquista intelectual que había mantenido una relación esporádica con Alla) le presentó a la flor y nata de la adinerada comunidad neoyorquina (entre ellas había feministas protestantes, judías y rusas, todas afines a Nazimova) se convirtió en el exquisito centro de atención. Había encontrado las perfectas mecenas para su carrera, ya que utilizarían no sólo su dinero, sino también su influencia para llevarla a la cumbre. Llegadas a este punto, se pone de manifiesto esa impunidad que detallábamos al principio del artículo, pues en varios casos la relación de Nazimova con dichas mujeres adquirió un progresivo cariz sexual: amparadas tras las “amistades románticas” tan de moda en el siglo XIX y principios del XX, tenían lugar verdaderas epopeyas de pasión y desengaño que (más que excluir) parecían involucrar cada vez a más mujeres. Actrices, escritoras, aristócratas (vinculadas o no al mundo del cine) se convirtieron en asiduas de la mansión de Nazimova, donde se organizaban fiestas, espectáculos y danzas protagonizadas exclusivamente por mujeres para otras mujeres. De hecho la mansión, que acabaría conociéndose con el sobrenombre de “El jardín de Alla”,  se erigió como sede ocasional del ya conocido “Círculo de costura”.

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En este voluptuoso contexto, una joven actriz llamada Eva Le Gallienne se enamoró locamente de Nazimova. Eva había nacido en Londres en 1899, pero el temprano divorcio de sus padres la obligó a pasar su adolescencia entre Inglaterra y Francia, encontrando más oportunidades para formarse como futura estrella teatral (su gran pasión siempre fue el teatro). Admiraba con tanta sinceridad a Nazimova que cometió la insensatez de no albergar ninguna esperanza para un amor tan descompensado: Eva apenas estaba empezando y Alla era toda una diva. La humildad es algo que hasta ahora ha brillado por su ausencia en nuestras historias, y eso hemos de reconocérselo a Eva. Pero, como no podía ser de otra manera, se equivocó: bastaron un par de visitas al camerino de Alla y unas cuantas charlas intelectuales sobre Ibsen para que fuera la veterana quien empezara a interesarse por aquella pipiola rubia de descomunales ojos azules.
Imaginaos la escena: Nazimova, mientras se prepara para una fiesta de disfraces de la que es invitada especial, se entera de que Eva también asistirá, pero en esta ocasión acompañada. Una vez allí, Alla se dedica a espiar a todos los invitados con unos sofisticados anteojos, tratando de adivinar bajo qué disfraz se oculta Eva. Casi entra en shock cuando la descubre con un delicioso vestido de princesa y acompañada nada menos que por otra mujer. Lo lógico sería desistir, pero no para Nazimova: la hizo llamar con el pretexto de elogiar su disfraz y después la persuadió de abandonar la fiesta por la puerta de atrás. ¿Quién podría negarse?

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Pero el hedonismo imperante en “El jardín de Alla” no cuajó con el estilo vital de Eva: ella era mucho más seria, más intelectual, y tanto alarde de frivolidad la traía de cabeza. Además, Nazimova siempre estaba rodeada de jóvenes actrices, y Eva no podía evitar sentirse como una más de aquel enjambre donde el compromiso brillaba por su ausencia. En una ocasión, mientras cavilaba una excusa para desaparecer de allí, entabló conversación con una desconocida de impactantes ojos oscuros: resultó ser una joven poetisa de gran talento y con aspiraciones de trabajar en el cine. Se llamaba Mercedes de Acosta y aquel fue el inicio de una relación que duró cerca de cinco años, los más apasionantes en la  vida de ambas. Pero esta ya es otra historia.
Inma Miralles
Fuente: MiraLes

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