martes, 25 de marzo de 2014

Mi novia, yo, y nuestro huevo vibrador…

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Todo empezó por una tontería. Soy mala para las apuestas, malísima. Siempre pierdo y me toca pagar cafés, vinos, poner lavadoras. Una vez tuve que bajar en bragas a la calle. Sí, la malvada imaginación de mis amigas no tiene límites.

Todo empezó por una tontería. Estábamos viendo una serie y Marina, mi chica, se aventuró a predecir el final. Imposible. Insistí con mi versión. Ganó ella y su enigmático: “Pues mañana te vas a poner lo que yo quiera”. Asentí confiada. Teníamos comida familiar y luego copas con amigas. Pensé que se refería a ponerme un vestido (soy de esas chicas que no se quita el pantalón), o una ridícula indumentaria.

A la mañana siguiente, apenas salí de la ducha me lo entregó. Era un huevo vibrador con control remoto, color rosa, de unos 30 mm de diámetro. “Aquí tienes, perdedora. No te lo puedes quitar hasta que yo diga, y prepárate porque será dentro de muchas horas”, me dijo.

Protesté, me negué. Pero al final  salí de la casa con el huevo dentro de mi vagina. Era suave, cómodo y estimulante. Llegamos a casa de mis padres, y en cuanto me senté en el sofá con mi cerveza, “aquello” comenzó a vibrar. Me ruboricé. Busqué a Marina con la mirada, pero ella estaba charlando con mi hermano como si nada sucediera. En su mano izquierda, con disimulo, jugaba con el mando a distancia, nadie se enteraba. Parece un llavero. La vibración era suave. Yo miraba a todo el mundo, nerviosa, como si alguien se fuera a enterar. Pero lo cierto es que el motor era bastante silencioso, bajo los 50 decibeles.
“¿Estás bien? Tienes una cara muy rara, Irene”, me dijo mi madre. Me ruboricé aún más. Marina, como si nada.

A medida que pasaba el día Marina iba aumentando la velocidad de vibración. El mando funcionaba hasta a 20 metros de distancia. El huevo tenía 8 diferentes posibilidades. Jugaba con mi excitación y mi deseo. No me enteraba de ninguna conversación, ni siquiera podía disfrutar la comida. Mi único pensamiento: correrme.

Después de la comida y antes de las copas con las amigas, hicimos una sensual parada por nuestra casa. El sexo de aquel día fue salvaje, profundamente deseado y esperado. Empezó en la ducha (sí, el huevo es sumergible) y acabó en el sofá. Adoré la perversión de mi novia y su magnífica idea de comprar ese juguete.

Por la noche, a las copas con las amigas, lo llevó puesto ella. Mi venganza, deliciosa. Gran satisfacción de tener el control de su excitación sin que nadie lo percibiera. Complicidad, miradas. Y ya tendría que contaros Marina qué tal se lo pasó. Sólo puedo adelantar que desde aquel día, son muy pocos los que salimos sin nuestro adorado huevo del amor. Estamos pensando aumentar la familia del placer y darle un hermano a nuestro huevito. Las fantásticas bolas vibradoras… Pero eso ya es para otro artículo.
Fuente: Mirales.com

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