lunes, 3 de marzo de 2014

La mujer que no amaba a los hombres

A los 10 años intuí vagamente que yo me convertiría en una de esas mujeres que no amaba a los hombres.
El instinto femenino es tan rotundo que también lo presintió mi madre, y eso fue un problema. Aprendí que las mujeres que no amaban a los hombres, en mi pequeña ciudad, eran raras, enfermas, feas, Dios no las quería ni las cuidaba, no podrían nunca ser felices, no se depilaban, deshonraban a sus familias y querían ser justamente lo que no amaban: hombres.
A los 16 me enamoré de una chica que tampoco amaba a los hombres. Pero ni ella ni yo dijimos nada. Salirse de la norma podía costarnos muy caro y no teníamos ni valor ni experiencia para asumirlo.
Ser una chica que no ama a los hombres no implica odiarlos. Implica quererlos mucho, respetarlos, a algunos de ellos admirarlos, a otros parirlos, cuidarlos, escucharlos, confiar en ellos, reír, compartir un vino, compartir media vida, crecer junto a ellos, llorar cogidos a su mano.
Una mujer que no ama a los hombres simplemente no siente por ellos (o al menos en la misma magnitud) lo que le inspira otra mujer. Esas ansias de posteridad sexual y emocional. Esas ganas de compartir una cama, un proyecto, el paso del tiempo encaminadas en una misma dirección.
El ojo inquisitivo de la historia se relaja por momentos. Cuando en 1997 Ellen DeGeneres asumió públicamente ser una de las mujeres que no amaba a los hombres, su carrera televisiva se vino abajo. Estuvo casi tres años sin trabajo.
Una década y siete años después, la actriz Ellen Page entiende que el silencio de las mujeres que no aman a los hombres tiene un costo social demasiado grande. Que al fin y al cabo se trata de una responsabilidad con la otra y con el otro. Que estamos todos demasiado conectados y desconectados a la vez. Conectados porque somos parte de lo mismo. Ninguna estupidez humana nos es ajena, así como tampoco ningún acto de amor y generosidad. Y desconectados porque nos da por ignorar el dolor del otro y de la otra. Nos da por no querer sentirlo en nuestra piel. Nos da por no hacer nada al respecto.
Ellen Page ha sido ovacionada con todo tipo de felicitaciones por asumir públicamente su condición de mujer que no ama a los hombres. Por entender que la omisión aliementa la ignorancia y la ignorancia los sitemas que cobran vidas. En Uganda las mujeres que no aman a los hombres, y los hombres que no aman a las mujeres, están condenados a pasar el resto de sus vidas encerrados en la cárcel, a ser denunciados en periódicos y a sentir que el fuego, fuego provocado por otros seres humanos, les devora la vida en pocos minutos.
La BBC ha diseñado un mapa interactivo para conocer cómo es en el mundo la situación de otras mujeres como yo. Según el grado de libertad. Dónde son perseguidas, dónde hay leyes que, sin apoyarla, castigan las agresiones que recibe. Dónde pueden casarse, dónde pueden morir.
La mujer que no amaba a los hombres ha existido siempre. Es rubia, morena, castaña, pelirroja. Negra, blanca, mestiza. De todas las edades y todas las complexiones. Es tu madre, tu hija, tu hermana, tu sobrina, tu nieta, tu amiga, tu compañera, tu vecina. Eres tú.
Sí, ha existido siempre. Pero hoy, sobre todo hoy, debe gritar, huir de la omisión. Porque reconocerlo la hace libre. Y su libertad salva vidas, la de ella y la de muchas más.
Fuente: MiraLes.com

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