jueves, 27 de marzo de 2014

La homosexualidad en el Hollywood dorado: Mercedes de Acosta y Greta Garbo

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 El primer contacto que estableció Mercedes de Acosta con el amor lésbico fue tan literario y desgarrador que afectó profundamente a su percepción romántica del mundo. Por aquel entonces no era más que una niña, una alumna más del colegio tutelado por las Hermanas de la Caridad: allí, amparada por su inocencia, se convirtió en una suerte de Hermes olímpico, transfiriendo secretas notas de amor entre dos de las novicias más jóvenes. Se llamaban Isabel y Clara, contaban algunos años más que ella y pese a conocerlas sólo por leer a hurtadillas las encendidas notas que se escribían, jamás podría olvidarlas: la relación terminó de la peor manera posible. Una sospecha progresiva se cernió cada vez más nítida sobre las dos jóvenes, tan fatalmente que acabó saldándose con el traslado de una de ellas y la súbita locura de la otra. Esta experiencia tan temprana no sólo conmovió e indignó a Mercedes, sino que le hizo comprender los riesgos de lo que en un mundo tan represor como reprimido se consideraba vivir peligrosamente.
Lejos de lo que algunos pudieran esperar, nada de lo ocurrido la achantó en lo más mínimo. Nacida en Nueva York en 1893, por sus venas corría sangre cubana y española, fácilmente reconocibles en su carácter apasionado. Escribió notables guiones cinematográficos, obras de teatro e incluso poesía, pero uno de los detalles más fascinantes de su biografía es la larga lista de divas que encontraron un cómodo hueco entre sus amantes: se relacionó con Alla Nazimova, con Eva Le Gallienne, con Marlene Dietrich y con Tallulah Bankhead entre otras, aunque ninguno de sus escarceos llegó a ser tan determinante y especial como el que mantuvo con Greta Garbo.

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Dicha colección estelar podría hallar un por qué en el alto concepto que tenía Mercedes respecto de su propia capacidad de seducción, aunque los romances casi siempre se desenvolvían de un modo parecido: primero se encaprichaba de una mujer hasta el límite de la obsesión (la mayoría de las veces sin siquiera conocerla, por detalles ligeramente ficcionados de lo que otros le contaban), las idealizaba, las asumía como algo prácticamente inalcanzable y después optaba por el excitante reto de atreverse a seducirlas. Sus frecuentes éxitos no lograron más que reafirmarla en el papel de cazadora, hasta el punto de proclamar que ningún hombre podía competir con ella por el afecto de una mujer.
La relación con Greta Garbo comenzó como solía ser habitual: tanto Mercedes como su inseparable amiga Tallulah no cesaban de escuchar rumores acerca de una joven y atractiva sueca que estaba haciendo sus primeros pinitos en Hollywood. La novelesca idea que se formaron ambas acerca de la Garbo (sin duda entusiasmadas y retroalimentándose mutuamente) era tan irresistible que casi hacían apuestas sobre cuál de las dos conseguiría hacerse con sus favores primero. Está claro quién ganó al final, y no en vano, Greta Garbo figura como una de las más perseguidas y lamentadas frustraciones en la lista de amoríos de Tallulah Bankhead.

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Cuando finalmente Mercedes conoció a Greta, estaba ya tan encaprichada que una vehemente subjetividad dominaba sus emociones. No tardó en confesar a sus amigos que nada más verla se había establecido entre ellas ese vínculo prácticamente metafísico por el que tanto suspiraba, aunque por suerte o por desgracia no tardaría en poner de nuevo los pies en la tierra. Era cierto que la Garbo se había sentido atraída, aunque no iba a ser tan ligera a la hora de incluir a de Acosta entre sus afectos: como ya vimos en el primer artículo de esta serie, la Garbo era una persona muy reservada y sólo se aventuraba a conocer gente nueva si se acompañaba de una cautela extrema. Mercedes topó primero con la parte luminosa de la diva, diseminada por su propia fantasía, y poco a poco fue entreviendo al ser humano. Greta jamás dejó de ser una persona solitaria que se jactaba de su autosuficiencia, pero también aparecía como un ser vulnerable y algo frívolo cuando insinuaba a Mercedes que suspendiera alguna de sus citas (ociosas o profesionales) para acudir rápidamente donde ella se encontraba, llegando incluso a rechazar su compañía después de haber logrado el objetivo de tenerla a su disposición. Pero poco a poco Mercedes logró desencriptarla, y puede que sea una de las personas que mejor llegó a conocer al mito. Tuvieron una relación intensa que poco después se convirtió en esporádica, para acabar cristalizando en una amistad que se extendió durante décadas.

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Todo terminó cuando, con sesenta y dos años, Mercedes de Acosta publicó sus memorias. La amistad con Garbo estaba ya bastante desgastada por la distancia (tanto literal como emocional, otro sello característico de Greta) que había entre ellas, y los secretos que Mercedes desveló supusieron el definitivo golpe de gracia: la diva sueca casi negó haberla conocido alguna vez. Los motivos que impulsaron la “traición” de Mercedes fueron más que necesarios: estaba gravemente enferma, arruinada y necesitaba el dinero. Muchas de sus antiguas amantes y amigas le retiraron la palabra por este mismo motivo, pero a la postre casi ninguna decepción del presente logra descompensar las satisfacciones del pasado: nadie pudo ni podrá arrebatarle nunca la fortuna de haber visto de cerca el alma (con imperfecciones incluidas) de la mayor constelación de estrellas jamás reunida.
Fuente: Mirales.com

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