miércoles, 5 de marzo de 2014

Eleanor Roosevelt, ¿Primera dama y lesbiana?

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 El pasado mes de diciembre se cumplieron 65 años de la aprobación de la Carta Magna de la Organización de las Naciones Unidas y desde Mírales queremos recordar a la artífice de su configuración, que ha sido, para la historia contemporánea, una de las mujeres más influyentes del siglo XX. Primera dama de Estados Unidos, Eleanor Roosevelt (1884-1962) es quizá una de las pocas figuras femeninas que ha pasado a la historia más por méritos propios que por la historia que podría haber escrito a la sombra de su marido, Franklin Delano Roosevelt, emblemático presidente de EE.UU. entre los años 1932 y 1945, lo cual significa un hecho relevante para la historiografía feminista.

Primera dama de la Casa Blanca, delegada de la Asamblea General y presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, presidenta de la Comisión Presidencial del Estado de la mujer, diplomática, profesora, escritora y una comprometida activista en defensa de los derechos humanos y civiles, numerosos son los méritos que realizó para poder reclamarla como una mujer insigne. En su país de origen, muchas la describen como “una de las mujeres más influyentes de la historia de los Estados Unidos” y es una importante fuente de inspiración para muchas de ellas. Símbolo de la lucha por el reconocimiento de los derechos humanos, desarrolló una labor encomiable con su contribución a las bases de los movimientos sociales del siglo XX, apoyando de forma incansable a la minoría negra, a las mujeres y la población pobre. Su papel fue clave en la aprobación, en 1948, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, documento de cuya configuración es responsable y que constituye la obra cumbre de su carrera, obra que ella misma presentaría en la Asamblea de la ONU el 10 de diciembre de ese mismo año.

Neoyorquina de nacimiento, contrajo matrimonio con Franklin Delano Roosevelt en 1903 tras meses de relación secreta y a pesar de que la familia se oponía rotundamente al enlace. Su matrimonio, sin embargo, no fue especialmente afortunado. De la unión nacieron seis hijos, pero la pareja entraría en horas bajas no muchos años después de comenzar su andadura matrimonial tras conocerse que Franklin Roosevelt le era infiel. Aunque la historiografía ignora los detalles, la unión nunca fue idílica y el matrimonio estaba roto antes de cumplir siquiera las dos décadas.

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Tras la decepción, y una vez asumido el fracaso de su matrimonio, comenzó a trabajar y a volcarse en su carrera de forma intensa y muy dedicada. Desde los 19 años había realizado trabajos sociales y era una mujer muy involucrada en temas de índole social, lo que le llevó a frecuentar por aquella época círculos intelectuales comprometidos con la defensa de los derechos humanos, especialmente aquellos relacionados con el activismo feminista. En dicho ambiente, a finales de la década de los años 20, tomaría contacto con muchas mujeres lesbianas, y con muchas de ellas forjaría una amistad profunda. Especialmente significativa fue la que entabló con Lorena Hickok, una prestigiosa periodista que era ya conocida por otras relaciones con mujeres. Lorena pasaría a ser una persona clave en la vida de la Primera Dama. No sólo se convertiría en su consejera personal como Primera Dama y en una persona decisiva en la vida de esta, sino que alcanzó una posición fundamental dentro de la Casa Blanca y de la administración Roosevelt y de esta forma, lo que comenzó como una relación profesional, se extendería en forma de amistad íntima y profunda durante años.

Me has hecho crecer como persona, por el solo hecho de ser merecedora de ti: je t’aime, je t’adore”, le escribiría Eleanor en una de las casi 3000 cartas que se conservan y que ambas intercambiaron en sus muchos años de relación. “Recuerdo tus ojos, con una especie de brillo burlón en ellos, y la sensación de esa esquina suave, justo al noreste de tu boca, contra mis labios”, le dice en 1933. Estas palabras dejan sospechar que su relación fue más allá de la amistad. Incluso convivirían a temporadas en la casa que Roosevelt adquirió para sí misma cuando ésta decidió no convivir con el presidente. No obstante, a medida que la Primera Dama va adquiriendo más funciones y más responsabilidades como tal, funciones y responsabilidades que la mantienen lejos de Washington, la relación se irá enfriando y sufrirán un distanciamiento que Roosevelt relata en otra de sus misivas: “Querida, sé que no estoy tan disponible para ti, pero te sigo queriendo”, subrayaría.

Como es habitual en las relaciones entre mujeres en el pasado no existen evidencias tácitas de que Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt fueran amantes y no puede sostenerse con rotundidad que el tipo de relación que mantuvieron contuviera elementos de tipo sexual, a pesar de que la correspondencia personal de la que se dispone deje entrever matices muy elocuentes. Estos quizá no permitan hablar de una relación sexual explícita pero sí que nos dan opción, sin fisuras, a disfrutar de otra singular historia de mujeres extraordinarias que, con su comportamiento extraordinario, subvirtieron el orden patriarcal y heteronormativo. Eleanor Roosevelt ha servido y sirve de inspiración para muchas mujeres en su país de origen por ser una luchadora de la dignidad de las minorías y de las mujeres, y esto, para la reescritura de la historia desde el punto de vista de la historia del lesbianismo, tiene, valga la redundancia, un valor también extraordinario.
Fuente: MiraLes.com

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