lunes, 10 de marzo de 2014

A donde el cruising no llega.

 


Hacer cruising es una práctica habitual entre hombres gais que, recientemente, se está popularizando también entre heterosexuales. El sexo homosexual casual y esporádico tiene unas raíces históricas represoras fácilmente identificables, así como una función aproximativa y relajante que explica la extensión del fenómeno. En este artículo, además de explicar lo anterior, intento ofrecer una visión un poco más amplia de los mecanismos psicológicos y emocionales que subyacen tras este hecho… para que tengáis tema de conversación cuando coincidáis tras un arbusto.  (Artículo aparecido en la revista "Gay Barcelona" de mayo 2013) 

Durante demasiados años, hacer cruising en los urinarios públicos fue la única alternativa que muchos hombres gais tuvieron para poder conocer a otros hombres. A veces, al mirar atrás en nuestra historia, uno entorna los ojos como queriendo no ver mientras piensa: “qué pena, qué sórdido… qué oscuro algo que debería haber sido tan luminoso, ¿cómo no iban a quedar secuelas?”. Era horrible que las circunstancias sociales obligasen a que los homosexuales descubriésemos nuestro afecto, allí, envueltos en la sordidez de unas instalaciones que apestaban a meados viejos, expuestos a ser detenidos por aquellos policías que iban disfrazados de paisano… e inconscientemente convencidos de estar haciendo algo tan feo y execrable que sólo en la oscuridad podía semimostrarse. En serio, ¿cómo no iban a quedar secuelas?
Concepto y dimensiones del cruising.
      Muchos heterosexuales miran algunas de nuestras costumbres como entre medio admirados por cómo hemos conquistado nuestra sexualidad y medio sorprendidos de lo superficial que ésta puede llegar a ser. Ni lo uno ni lo otro al final: ni tan promiscuos ni tan libres. El cruising, como otras tantas de las costumbres gais, no puede ser analizado desde un único punto de vista y se hace necesaria una perspectiva multimodal para, al menos un poco, aproximarse a un hecho como éste. No soy sociólogo ni antropólogo (ni ingeniero, aunque eso no tiene nada que ver) pero la psicología es una ciencia que se encuentra en el punto donde intersectan otras muchas ciencias y se hace necesario mirar en esas otras disciplinas para poder comprender integralmente la conducta de un individuo.
Por tanto, no podemos sustraernos a la existencia de una dimensión sociohistórica cuando hablamos del cruising. Durante décadas, el cruising en los espacios exclusivamente masculinos (urinarios, vestuarios) o en determinados lugares al aire libre, era el único modo en que dos hombres gais podían conocerse. Era imposible cortejar a un hombre en un bar ¡ya no digamos en el trabajo! así que sólo nos quedaban estos espacios donde, los que iban, eran tan gais como nosotros. El cruising, en este sentido, era un “espacio seguro” al que, al ser frecuentado solamente por otros homosexuales, podías recurrir para conocer a alguien como tú cuando –ni siquiera- existían bares de ambiente. Es lo mismo que ocurre aún hoy en algunos pueblos o ciudades pequeñas donde no existe ningún tipo de circuito de locales de ocio. En estos momentos, internet es una buena alternativa (y las apps) pero, hasta ahora, el cruising era uno de los pocos espacios donde conocer a otros gais. A menudo las relaciones consistían en llegar, enseñarse las pollas, meterse en el cubículo, echar un polvete y regresar de vuelta al armario con tu mujer y tus hijos. A veces, no tan frecuentemente, los encuentros iban más lejos y se convertían en una relación sentimental. Pero, siempre, eran relaciones que debían esconderse cosa que, como ya expliqué en “Por favor, cortéjame (I y II)”, ha hecho que los gais no tengamos apenas entrenadas nuestras habilidades de cortejo y que esta ausencia de demostraciones de afecto perjudique el modo en que entretejemos nuestros vínculos con otro hombre cuando queremos construir una relación con él.
Otra dimensión que no deberíamos soslayar jamás es la del sexo lúdico. Si algo hemos hecho bien los gais es aprender que se puede (y debe) tener sexo lúdico en esta vida. Creo que nuestro mejor y más próximo referente son las bacanales romanas, así como los rituales orgiásticos de las culturas precristianas de Centroeuropa. Llegó el cristianismo primerizo con su pacatería adoptada del platonismo y sentenció que todo aquello que no fuese más que estímulo del cuerpo, no hacía sino fortificar la cárcel del alma… y seguimos viviendo con semejante estupidez pesando sobre el modo en que nuestra cultura vive su sexualidad. Se nos olvida (o desconocemos) que los seres humanos somos una de esas especies superiores, como otros primates y muchos cetáceos, que podemos disfrutar del sexo lúdico con la finalidad de reducir tensiones, estimular la producción de endorfinas y promover la construcción de lazos sociales. Por si no lo sabes los delfines, además de en pareja, también tienen sexo en grupo, hacen tríos… y mira qué caritas de bienfollados que llevan todos y qué simpáticos que son. No creo que exista nada de malo en que un adulto en compañía de otro/s adulto/s, tengan sexo para disfrutar de un momento de placer. Los romanos sabían que era algo muy sano, los ¿primitivos? germanos también… y los indios que escribieron el Kamasutra. El problema, según lo veo, no es tener sexo lúdico con otros hombres. El problema, como veremos más adelante, se produce cuando el cruising es todo lo que te atreves a acercarte a otro hombre homosexual por miedo a tu propia homosexualidad o por miedo a tus sentimientos.
La dimensión aproximativa… no, espera: evitativa.
      A menudo, el cruising es todo lo cerca que un hombre gay, que aún no se ha aceptado a sí mismo, se permite estar de otro hombre gay. Si recuerdas los artículos “La odisea del gay (I y II)”, sabrás que una de las labores importantes que un hombre gay tiene que desarrollar al inicio de su trayecto personal es la de dejar de sentirse incómodo por ser visto en compañía de otros gais y que, ese paso, conlleva diferentes niveles que van desde no sentirse incómodo por ser visto en compañía de gente “a la que no se le nota que es gay” hasta llegar a poder hacerse fotos abrazado a una drag encaramados a una carroza del orgullo. Es una especie de secuenciación de las evidencias de que él también podría ser gay.
      Hasta cierto punto, es natural que así sea si tenemos en cuenta el hecho de que, en muchos contextos familiares y sociales, ser homosexual es algo de lo que “tampoco hace falta alardear” (ver mi artículo “Familia y trastos viejos: pocos y bien lejos”) por lo que el chico gay ha recibido entrenamiento para pasar desapercibido, para que nadie sepa que es gay. Ha sido “entrenado” para ocultarse y sentirse muy incómodo ante la idea de que se denote públicamente su homosexualidad. Aquí sí que tenemos un problema porque (a) no es bueno para la autoestima de nadie sentir que uno debe esconder algo tan nuclear suyo como lo son sus afectos. Por otra parte, (b) ello te impide entrenar tus habilidades de cortejo y, sin ellas, es complicado sentirse seguro para conducir adecuadamente esa relación sentimental duradera que te encantaría iniciar. Pero lo peor, sin duda, es (c) la sensación de indefensión que se le queda a la persona que no se siente con la capacidad necesaria para romper los límites de esa invisibilidad forzada de forma que, al final, algo muy profundo en su interior, se convencerá de que él seguirá viviendo a escondidas para siempre. Y eso frustra. Mucho.
      Así, si bien el cruising tiene un componente evolutivo en el sentido de que “…el hombre gay comienza a conocer a otros hombres gais –en un primer momento- mediante relaciones esporádicas que ejecutan guarecidos tras los matorrales…” (vuelve a leerlo pero con la voz de Félix Rodríguez de la Fuente, verás que risas) uno debería tener muy claro que no podrá evolucionar como ser humano maduro sino se atreve a romper aquellas barreras psicológicas (casi todas emocionales: miedos) que le impiden relacionarse con otros gais en otros contextos. Además, si uno no se da cuenta de que en el cruising se va a encontrar solamente con (a) gente con ganas de divertirse pero no de comprometerse o (b) gente en proceso de superar su miedo a que se les identifique como gay, cae en el riesgo de elaborarse una idea distorsionada sobre lo que significa ser gay porque no se da cuenta de que el cruising (en vivo o por chat) no es “ser gay” ni “el mundo gay” ni nada que se le parezca. El cruising no es más que una actividad que algunos hacen por alguna razón personal suya. Y esto es importante que lo tengas en cuenta.
Los que van de cruising son unos…
      La de veces que habré oído esta aseveración y la de veces que habré contestado: “…y, los que dicen eso tienen homofobia interiorizada o les falta información…”. ¿Cómo son los gais que hacen cruising? Pues lo mismo que los gais que tenemos relaciones monógamas: cada uno de su padre y de su madre. Cuando uno piensa sobre personas que van a un bosquecillo (o a unas dunas) a cruzarse con otros señores y ver con cuál de ellos puede tener sexo anónimo, se elabora una representación mental de éstos en la que se incluyen fácilmente adjetivos como promiscuos, superficiales, tarados, armarizados, confundidos, divertidos, estresados, infieles, apresurados… y adictos al sexo.
      Si esperas encontrar marido detrás de los matorrales, permíteme decirte que no estás siendo muy realista sobre dónde tiras la caña ni sobre tus expectativas. Puede que ese chico esté allí porque aún no se atreve a asumir que es homosexual pero necesita “probarlo” para ver si es eso lo que le gusta. De aquí a que ese muchacho esté por la labor de presentarte a sus padres quedan, digámoslo así, varias generaciones de iPhone. También te puedes encontrar con un hombre que tenga clarísimo que es gay, que está totalmente fuera del armario pero que ha ido al bosque a echar un polvo sin complicaciones porque no está por la labor de emparejarse. Él ha ido a desestresarse y no a buscar novio. Para eso ya tiene sus propias herramientas como las cenas en casas de sus amigos o los bares de ambiente. Cuando lo llames al número de móvil que te dio al acabar de follar, no te sorprenda si te contesta una señora de Cuenca que afirma no conocer a ningún Arturo. Bueno, y también te puedes encontrar a alguien con pareja. En ese caso, si das con un gay que tiene pareja abierta y ha ido a echar un quiqui, la cosa igual queda hasta divertida. Pero si te has encontrado con un gay que le está poniendo los cuernos a su novio u ¡horror! con un supuesto heterosexual que está engañando a su mujer, prepárate a verle dejar un rastro de nubecitas de humo mientras huye de ti cuando le digas de volver a veros. Te puedes encontrar de todo en una zona de cruising (como un personaje que, al salir del bosque, hacía gárgaras con una garrafa de desinfectante de quirófano que llevaba en el maletero del coche) pero, probablemente, no con gente que quiera tener relaciones más profundas: ése no es el sitio donde buscarlas. Si no te sientes con fuerza para superar tus miedos a ser visto en lugares gais, a relacionarte con otros hombres gais en contextos mucho más abiertos, difícilmente podrás salir de un mundo que no te ofrece lo que necesitas. Busca ayuda, haz un esfuerzo pero, sobre todo y ante todo, se realista y no culpes al “mundo gay” de que tú no seas capaz de superar tu vergüenza (tu homofobia interiorizada) para poder relacionarte en otros lugares.
Maricones adictos al sexo.
      A este perfil he querido dedicar una sección en exclusiva, quizá porque son los más frecuentes. De entrada debo aclarar que, a diferencia de lo que afirma la leyenda urbana, eso de la adicción al sexo es bastante menos frecuente de lo que nos pensamos. La mayoría de supuestos adictos al sexo no son más que gais con una gran ansiedad que tratan de calmar por medio del sexo casual o la masturbación. Esta definición va muy en la línea de lo que el DSM considera un trastorno de hipersexualidad. Antes que nada es bueno que advirtamos que nunca se puede considerar que una conducta sea un trastorno a menos que (a) produzca un malestar evidente en la persona o que (b) interfiera con su vida social, laboral o familiar dificultándola. Si no se cumplen ninguno de estos dos criterios, no eres un adicto sino un maricón normal y corriente que dedica gran parte de su tiempo libre a pensar en el sexo (como cualquier otro tío, vaya). Hace tiempo publiqué el artículo “¡Estoy atacao!” donde hablaba sobre la gestión emocional en los gais, las adicciones circulares y donde explicaba que, lo que llamamos adicción al sexo, es un proceso en el que, aquello que usamos para reducir nuestra ansiedad, se termina convirtiendo en la fuente de más ansiedad... y vuelta a comenzar. Lo explicaba con un ejemplo: “…Estoy estresado y, uno de estos días, salgo de la oficina y paso con mi coche cerca de una zona de cruising. Pienso eh, igual si echo un polvete, me relajo... entro, ligo, follo y me vuelvo a casa relajadito, relajadito, relajadito. El sexo es genial para aliviar tensiones y, de hecho, muchos hombres usamos (tú también) la masturbación como método para relajarnos, inducirnos al sueño, etc. Bien, puede que al día siguiente no, ni siquiera la semana venidera pero, algún día que vuelva a estar estresado, pasaré de nuevo por la zona de cruising a echar otro polvete y salir relajado. Y otro día... y otro... y otro... hasta que, pasado un tiempo, cada vez que esté mínimamente nervioso acudiré a una zona de cruising a tener sexo anónimo y salir relajadito de entre la maleza. […] ¿Y dónde está la pega? Bueno, en este caso imagina que te diagnostican una ITS o que empiezas a sentirte mal contigo mismo porque dedicas tanto tiempo al sexo anónimo que nunca lo destinas a conocer, en profundidad, hombres con los que merezca la pena tener una relación. En este caso, empiezan a aparecer los problemas que te hacen estar más nervioso. Imagina que la ansiedad que te llevó a buscar alivio en el sexo anónimo venía originada porque no asumes muy bien tu homosexualidad y todo este ir y venir de desconocidos sin profundidad ninguna te refuerza tu creencia distorsionada de que ésta es la profunda soledad que les esperan a los gais. […] Empiezan los problemas a medio/largo plazo de los que antes hablaba. Ahora empiezas a sentirse ansioso por el hecho de saber que necesitas sexo para afrontar tu ansiedad. Cuanto más tratas de resistirte a tener sexo, más nervioso te pones y más lo necesitas. Llega un punto en que no puedes más y caes, o incluso buscas una excusa (¡es que tuve la bronca del año con mi jefe!) para justificar que has empleado una vía que no querías emplear. Y, una vez hecho, te sientes aún peor porque así haya sido. Y vuelta a empezar. Estás en una adicción de proceso…”
      Tal como ya has sido capaz de entender, el cruising es una de las maneras más fáciles de caer en un proceso circular. Los gais además, tenemos otro ingrediente que, en el terreno de las adicciones de proceso, nos hace más vulnerables: niveles más altos de ansiedad. Esto es así debido a dos factores interrelacionados: en primer lugar las secuelas del padecimiento causado por la homofobia del entorno, especialmente la de aquellas décadas iniciales de nuestras vidas. Hay autores que afirman que el bullying homofóbico padecido por muchos niños y adolescentes homosexuales, deja secuelas muy similares a las del Trastorno de Estrés Post Traumático que sufren las victimas de, por ejemplo, violaciones o catástrofes aéreas. Secuelas entre las que destacan la hiperactivación emocional. Por otro lado, la propia homofobia interiorizada (pues sí, sobre esto también escribí un artículo, ya lo sabes :D) que hace que nuestro autoconcepto esté tan deteriorado que vemos afectada la seguridad en nosotros mismos de modo que esta inseguridad, como era de esperar, nos hace estar más nerviosos de lo normal.
Finalizaré esta sección recordando a quienes aseveran que, tras esta hipersexualidad del cruising compulsivo, lo que se esconde es una “reafirmación identitaria” y que, por eso, los gais ejercemos nuestra sexualidad de manera desorbitada, como en una especie de reivindicación homosexual. Ante cosas así, tiro de sentido común y pregunto: “¿y por qué coño necesitaría reafirmarse un hombre seguro de sí mismo?”. Todavía, ninguno de éstos, me ha podido ofrecer una respuesta sólida. Así que sigo pensando como hasta ahora: homofobia interiorizada + ansiedad = sexo compulsivo. Y el último que apague la luz.
Ay… ¡si la llamásemos homoafectividad!
      Porque, además, lo que nos hace gais no es con quien follamos sino de quién nos enamoramos. Lamentablemente hay mucho pseudointelectual con su propia definición sobre la homosexualidad, tantos que yo diría que sobran varios cientos. La homosexualidad, tras el acuerdo entre expertos e investigadores sobre el tema, se ha definido como “la tendencia interna y estable a desear afectiva y sexualmente a personas del mismo sexo, con independencia de su manifestación en prácticas sexuales” (Baile Ayensa, J. I. 2008. Estudiando la homosexualidad: teoría e investigación. Pirámide. Madrid). Evidentemente, si te enamoras de un hombre, querrás tener sexo con él y la primera muestra de que, cuando llegue ese día, te enamorarás de otro hombre, es que te atraigan sexualmente los señores. Pero no es el sexo, sino el afecto, lo que nos hace gais.
      Así, intentar conocer la propia naturaleza esencial por medio del sexo está bien, pero es algo incompleto. El cruising es lo que es: un refugio para algunos, una diversión para otros y un entretenimiento para la mayoría. Pero una herramienta de socialización para nadie. Y esto es así (aunque, a veces, puedes hacer amigos entre los matorrales, qué duda cabe). Haciendo cruising puedes satisfacer una necesidad sexual temporal, aprender sobre tu eros, experimentar o relajarte. Pero no encontrarás mucho más que diversión puntual (que no es poco, claro). La experiencia humana es mucho más amplia que una sola de sus facetas y la homosexualidad, naturalmente, es mucho más que el cruising o el sexo.
      Alejandro, un amigo de Mallorca, me preguntaba por qué era tan fácil engancharse al cruising. La respuesta tiene que ver, por un lado con lo que ya hemos explicado sobre los procesos circulares pero también con otro hecho que puede explicarse usando una analogía: siempre verás a los que no saben nadar mojándose los pies en la orillita pero nunca los encontrarás dentro del mar, ni jugando al waterpolo… ni haciendo pesca submarina. Hay un universo entero de emociones y experiencias que te estarás perdiendo por no aventurarte en el terreno del afecto y las emociones. Mientras el sexo anónimo sea el límite máximo que estas dispuesto a cruzar para relacionarte con otros hombres, mientras no aprendas a interesarte por alguien, darle la oportunidad de conoceros, atreverte a presentarle a tu familia o definirte como homosexual públicamente, te seguirás perdiendo la posibilidad de emocionarte de verdad, de sentir un apoyo sólido en tu vida, de sentirte satisfecho, de dejar de sentir ese vacío permanente. Es fácil engancharse al cruising porque, para algunos, es suficiente con tener algo de sexo para seguir alimentando la ilusión de que, tal vez mañana y mágicamente, encontrarás a alguien que merezca la pena. Es fácil porque, tan cierto como que me llamo Gabriel, el sexo alivia las tensiones y es normal querer más de este sexo inmediato. El cruising te permite vivir tu homosexualidad sin obligarte a superar las limitaciones que tu homofobia interiorizada te impone y eso siempre es cómodo… y fácil. En otras ocasiones, he hablado de las emociones como “mensajeros” que traen noticias desde lo más profundo de tu mente y de cómo –demasiado frecuentemente- tenemos la costumbre pueril de huir de nuestras emociones más dolorosas. Entenderás finalmente mi tesis si reúnes lo que llevo dicho: (1) lo que nos hace gais no es con quién tenemos sexo sino de quién nos enamoramos, (2) el cruising te permite un cierto grado de interacción con otros gais, un grado suficiente de interacción en etapas iniciales pero insuficiente para desarrollar una afectividad plena. Por otro lado, poder desarrollar nuestra afectividad como hombres gais supone (3) superar nuestra propia homofobia interiorizada lo cual es un proceso que suele ser muy costoso y que provoca mucho malestar y ansiedad hasta el punto de que surge -a menudo- la tentación de evitar llevar este proceso a cabo o buscar vías de reducir esa enorme ansiedad que nos provoca su afrontamiento. Finalmente, (4) el sexo es una herramienta eficacísima para, reducir la ansiedad y aquí es donde reside la trampa. Primero porque puedes caer en una adicción circular como antes expliqué y, segundo y más importante, porque sentirte mal es el modo en que lo más profundo de tu ser tiene para enviarte el mensaje de que hay algo que falta en tu vida. Puedes taparlo con trabajo, con fiestas, con amigos… ¡o con cruising! pero, así, sin abordar lo que de verdad te sucede, seguirás con tu malestar, con tu intranquilidad y tu vacío durante ¿meses? ¿años?
      Como cualquier otro ser humano, los gais queremos vincularnos afectivamente, tener relaciones satisfactorias de pareja y queremos vivirlas de manera transparente, constructiva y con todas las demostraciones de afecto que crear un vínculo profundo requiere. Reconozco que tengo una visión mucho más privilegiada sobre la afectividad gay de la que muchos otros tienen: mi consulta ha visto llorar por amor a muchísimos hombres homosexuales. Entiendo que, los que no han presenciado tantos corazones rotos, piensen que “todos los gais van a lo que van”. Pero, créeme, hay muchos hombres gais deseando sentir el amor en sus vidas.

El problema es múltiple porque los gais, como ya expliqué, no tenemos entrenadas las habilidades de cortejo y eso nos dificulta el poder construir relaciones satisfactorias. Esa incapacidad, además de la necesidad insatisfecha de construir una relación con otro ser humano, hace que sintamos una “ausencia” en nuestras vidas. Justamente esa carencia debería impulsarnos a ir más allá de nuestras limitaciones, a superar nuestra vergüenza, a fortificar nuestra resiliencia y nuestra asertividad para decir: “soy gay quiero una relación nutritiva con otro hombre, no me conformo sólo con tener sexo, quiero superar mis miedos”. Sin embargo, tener tanto acceso al sexo lúdico hace que ese malestar se apacigüe, que sintamos que ese sexo esporádico es aparentemente suficiente y que, lamentable pero finalmente, nos quedemos en ese punto sin avanzar más en el trayecto de nuestros sentimientos. Para otros, el miedo no es a ser “descubierto” como homosexual sino a ser herido en un corazón demasiado blando. Dicen no creer en el amor por miedo a no ser correspondidos y no poder soportarlo. En ambos casos es igual ya que, en resumen, el cruising tapa el vacío que te habría impulsado a superar tus límites. Y ahí te quedas. Para siempre. Sin perro que te ladre ni mapa de carreteras que te conduzca al centro de tu corazón. Pensando que “eso” es el mundo gay y creyendo que ya has hecho todo lo que podías hacer. ¿Quién nos lo iba a decir?: ¡el cruising es el opio de los gais! Cariño… hay mucho más. Aunque hoy a ti te parezca que no. Persevera, porque hay muchos tan perdidos como tú que, como tú, anhelan que alguien los encuentre. ¿Dónde están? Donde mismo tú. Quizá os encontraríais con más facilidad si, en lugar de entre los arbustos, os movieseis entre calles abiertas y no os diese vergüenza definiros como gais u os atrevieseis a apostar el corazón en una relación. ¿No crees que es más fácil que te encuentren si tú mismo te muestras? Pues eso, cariño, pues eso: que el peso del urinario que apesta a meados viejos, se lo lleve la historia. Y tú quiérete mucho, maricón.
Para saber más:
·         Adicción al sexo en gais:
o   “Cruise Control”, Robert Weiss
·         Represión de la homosexualidad:
o   Redada de Violetas, Arturo Arnalte
o   De Sodoma a Chueca, Alberto Mira
o   El látigo y la Pluma, Fernando Olmeda
 
Fuente: elblogdegabrieljmartin

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