miércoles, 29 de enero de 2014

Siempre estamos a tiempo para cambiar...

Siempre estamos a tiempo para cambiar... 

A menudo sufrimos por problemas en nuestra relación con los demás, por nuestra manera de reaccionar, por nuestro estado anímico o por síntomas recurrentes, pero llevamos muchos años viéndonos de esta manera y nos parece imposible cambiar. "Yo soy así" suele ser la frase en la que nos atrincheramos, pensando que cualquier esfuerzo orientado a modificar algo en nosotros y a sentirnos mejor, está destinado al fracaso.

También podemos creernos tan condicionados por terceras personas (la madre, la pareja, los jefes...) que ningún movimiento es posible, como si estuviéramos presos, atrapados en unas circunstancias que nos ahogan y no nos dejan salida.

Sin embargo, aún en aquellos casos en que no está en nuestras manos cambiar una situación, siempre podemos modificar nuestra manera de colocarnos ante ella. Si sufrimos, por ejemplo, una enfermedad que nos limita, tenemos varias opciones: podemos deprimirnos y verlo todo negro, podemos negar la enfermedad y, por lo tanto, no cuidarnos y agravar el cuadro, o podemos asumir la enfermedad, cuidarnos, pero también reorganizar nuestra vida para desarrollar muchos aspectos que siguen siendo posibles y gratificantes.

Esto mismo vale ante las frustraciones y fracasos en la vida social y afectiva. No se trata sólo de lo que "nos pasa" sino de qué sentido le damos, cómo vemos afectada nuestra imagen, qué desgraciados nos sentimos, cuán injusta nos parece la situación... Las experiencias de la vida adulta se superponen a otras experiencias que hemos tenido de más jóvenes o de niños y por eso el sentido que cada cual da a lo que vive es algo personal. Muchas veces tendemos, inconscientemente, a la repetición, o sea que condicionamos desde nuestra historia pasada la forma de abordar los hechos presentes.

La psicoterapia psicoanalítica trabaja tomando en cuenta la historia del individuo para entender el presente y estimular el cambio psíquico. El hecho de poner palabras al dolor, la pena, la rabia, el desánimo, ante alguien que puede escuchar, acompañar y ayudar a encontrar un sentido, resulta de gran ayuda para entenderse y comenzar a procesar cambios.

El diálogo psicoanalítico aporta lo que no puede brindar un monólogo con uno mismo, porque, aunque no seamos conscientes de ello, siempre podemos hacernos trampas y no ver aquello que molesta, duele o evidencia la necesidad de cambiar. En un tratamiento psicoanalítico, el terapeuta se deja guiar, sin prejuicios, pero también ayuda al paciente a ser consciente de su deseo, sus límites y sus posibilidades.

Autora: Ana Sanjurjo
Fuente: Ragap


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