jueves, 30 de enero de 2014

Preguntas incómodas. ¿Por qué me tienen que decir esto a mí?

Hoy, con motivo del Día de la No Violencia, Cristina Ceballos nos ilustra con un artículo que tiene que ver con un tipo de violencia que no siempre se percibe como tal. ¡Que lo disfrutéis!
Dos chicas pasean tranquilamente por su barrio. Ya las conocen en el bar de la esquina, en el súper, en la tienda de recambios de automóvil y también en el quiosco. Llevan viviendo juntas en el barrio el tiempo suficiente para que nadie haga ningún comentario al verlas pasar. Pero no siempre ha sido así…
Al principio, cuando se mudó, todo el mundo la veía como una chica joven, solitaria, que no tiene novio porque, como decían esperando el ascensor: “Tiene pinta de tener un carácter…”. Es más: su madre, que constituía la única visita a la susodicha, aseguró a la vecina del primero que “Es muy formal; nunca anda con chicos, ya me entiendes, ni hace fiestas ni nada de eso” mientras su hija buscaba desesperadamente la correa del perro para alejar de allí cuanto antes a la autora de sus días.
Todo iba viento en popa. El de la tienda de recambios tenía frito a su hijo, al que no paraba de decirle:
—Es la mujer ideal, hijo: igual te prepara la cena que te hace un cambio de aceite.
Las cotorras del cuarto izquierda aseguraban:
—Es de lo más formal que ha habido desde que Antonia empezó a alquilar el piso cuando murió el marido.
Y Antonia proclamaba a los cuatro vientos en su portal, dos calles más abajo, que:
—Recibo el dinero del alquiler religiosamente. Y  ya se sabe que ahora es muy difícil que te paguen bien con la crisis…
Pero un día, una “amiga” se traslada a vivir con ella.
En un primer momento, cada vez que ven a la pobre chica por la calle le aseguran que estará muy a gusto, que tendrá calma para estudiar, que “la niña” cocina muy bien y que tienen “pinta de estar muy bien avenidas”.
Esas manitas...
Esas manitas…
Y cuando no las ven salir a la puerta de la calle en todo el fin de semana se las imaginan de voluntarias tocando la guitarra en un campamento organizado por las monjas en plena sierra de Candelario… hasta que una tarde escuchan unos ruidos en el dormitorio que sólo pueden significar una cosa.
Al día siguiente creen haber escuchado el inconfundible chasquido de un beso en el descansillo. Y por la tarde pasean cogidas de la mano con dulzura.
La vecina del primero no puede más y ha montado guardia al lado de los buzones a la hora a la que suele llegar de trabajar “la niña”.
—Buenos días, bonita. ¿Cómo está tu amiga, la estudiante?
—Buenos días, Pura. No es estudiante, trabaja en un geriátrico —mira el buzón con parsimonia.
—Huy, pues si es muy joven… —viendo que por ahí no saca más información, cambia de tercio —¿No tienes novio, eh?
—Ya, ya… Pero a ti en realidad te gustan los chicos, ¿no? Esta es una amiga tuya, que hoy en día os cogéis de la mano y esas cosas que hacéis los jóvenes.—No, Pura, no —no puede evitar una sonrisita…
—No, es mi novia —bombazo. Observación atenta de la reacción de Pura.
—Ya, claro… todos tenemos etapas… —agarra su antebrazo para evitar que pueda escabullirse —Hasta yo misma, en el colegio, cuando jugábamos a saltar a la comba, recuerdo que tenía una compañera que…
Y una interminable y escabrosa historia, con un final muy triste, en el que se pueden identificar fácilmente los pedazos del corazón roto de la vecina del primero tras el abandono de su “mejor amiga”, llena su tarde de reflexiones sobre la conveniencia de mostrarse públicamente.
Y llega a una conclusión clara: la señora es, cuando menos, bisexual.
Cuando baja a comprar las escobillas de los limpiaparabrisas, el dueño tiene una mirada inquietante. Mira fijamente a los ojos, sin pestañear y se demora mucho más que de costumbre en el almacén; además, aún no ha dicho nada de su hijo.
—Bueno, bueno —por fin se decide a hablar—. Pero, ¿tú no has sido lesbiana siempre, no? Trece con setenta y cinco, guapa.
—Sí, de toda la vida —la duda entre ofenderse o tratar el tema con naturalidad asalta su cerebro: decide no reaccionar violentamente y tomárselo como si hubiera una cámara oculta—. Cóbrame con tarjeta y ponme el recambio del ambientador, anda.
—¿Era “brisa marina”, verdad? Ahí tienes. Pero, ¿no os gustan nada los hombres? ¿Nada de nada?
—Gracias. No, a mí no. He sido siempre lesbiana.
—¿Y no hacéis tríos ni nada de eso?
Mirada glacial mientras marca el número secreto.
—No.
—No te enfades, mujer, es sólo una pregunta. Bueno, pues si cambias de opinión, no dudes en venir a buscar a mi hijo, que para eso ha salido al padre. Gracias, maja, adiós.
—Adiós.
La retirada honrosa no fue lo bastante rápida: una de las vecinas del cuarto ha debido oír el portal (no sabemos muy bien cómo) y se precipita hacia el ascensor para “coincidir” con ella mirando el buzón reluciente y vacío.
—Hola, alhaja…
—Hola, Herminia —contesta por educación; aunque lo que a ella le apetece es destilarle gota a gota el recambio del ambientador en un ojo.
—Bueno, qué sorpresa… Yo no tengo nada en contra, yo creo que todo el mundo tiene que vivir como quiera y dejar vivir a los demás. Por cierto, ¿te puedo hacer una pregunta?
Con cara de paciencia, asiente desesperada.
—¿Y tú lo has… probado con un hombre alguna vez?
—Por Dios, Herminia…
—No, no, si yo lo digo porque no me extraña que estéis las dos juntas, tan tranquilitas, porque hay cada patán…
—Bueno, me voy que tengo prisa.
—No te entretengo más,  dale recuerdos a tu amiguita de mi parte.
mirales.es
Al abrir la puerta de su casa, cree que ya no puede más. Y todavía tiene que sacar al perro, así que cuanto antes lo haga, mejor. Vaya, tiene que pasar por el bar; afortunadamente, el chico del bar es el más joven del barrio y tiene esperanzas de que no vaya a marearla más.
—Hola Javi —dice al entrar—. Cámbiame para tabaco, anda.
—Hola, guapa. Aquí tienes. Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Sí… —largo suspiro.
—Pero ¿tú quieres ser un hombre?
—No —suspiro corto.
—Pero tú eres lesbiana, ¿no?
—Sí… —nuevo suspiro largo.
—Ya… oye, que sepas que a mí todo me parece bien. ¿Otra preguntita?
—A ver, dime.
—¿Cómo crees que va a quedar Alonso?
Ya da lo mismo, todo esto fue al principio. Ahora ya nadie se extraña ni las mira cuando pasean por la calle agarradas de la mano, porque le da un toque cosmopolita al barrio. Por eso, cuando les ofrecieron comprar un chalecito que era una ganga en una de las mejores zonas de la ciudad, se negaron con horror.
¿Y comenzar otra vez? ¡Ni soñarlo! —dijeron a coro entre risas.
Fuente: Mirales

No hay comentarios:

Publicar un comentario