sábado, 25 de enero de 2014

La homosexualidad en el Hollywood dorado: Joan Crawford y Marilyn Monroe

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Uno de los rostros más volcánicos del siglo XX cinematográfico es sin duda el de Joan Crawford: tenemos la mirada inmensa de Bette Davis, la belleza gélida de Greta Garbo, la candidez de Norma Shearer. Pero en el rostro de Crawford, pese a su indudable atractivo, hay una determinación casi agresiva que no poseen las demás y que probablemente fuera un reflejo de su personalidad más íntima, esa que trascendía (muy a su pesar) la mera pose como actriz.
Su verdadero nombre era Lucille Fay Le Soeur, pero este nombre desaparece pronto de su historia, así como la infancia a la que estaba ligado: en cuanto Joan Crawford se convirtió en actriz, todo lo anterior fue suprimido y negado hasta las últimas consecuencias, fulminando la parte de sí misma que no casaba con la idiosincrasia de una superestrella. ¿Cuántas actrices hemos visto que terminan convirtiéndose en un producto de sí mismas? Tampoco podemos culparlas sin piedad, ya que desgraciadamente la mayoría de biografías incluyen episodios de abandono, de abusos o de miseria. Pero en el afán de reinventarse, Joan Crawford adquirió una personalidad bastante despótica que tendía a enemistarla con su entorno tanto personal como profesional.

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Es bien conocida su larga lista de amantes de ambos sexos (Bette Davis decía de ella que se había acostado “con todos los actores de la Metro excepto con la perra Lassie”), tal vez muchos de ellos gracias a su intolerancia a la frustración: no aceptaba un “no” por respuesta, y si finalmente lo obtenía, se dedicaba a destripar públicamente a su víctima. Esto fue lo que terminó sucediéndole con Marilyn, pero no adelantemos acontecimientos. Parece ser que en la base de su atracción por las mujeres jugaba un papel importante, a nivel psicológico, la competitividad. Así como con los hombres se posicionaba en un rol decididamente dominante, con las mujeres competía en todos los estratos: por los mejores papeles protagonistas, por el mejor atractivo, y, en última instancia, por el placer en la cama. Se dice que sus relaciones lésbicas eran encuentros interminables (a veces con dos o tres mujeres a la vez) donde el culto al tribadismo ejercía un papel principal. De hecho, son legendarias sus enemistades con varias actrices de su generación, aunque no consta que a todas intentara llevárselas a su dormitorio.
El caso más amable tal vez sea el de Greta Garbo, con la que coincidió durante el rodaje de Gran Hotel (1932). Puede que sea la única actriz a la que Crawford respetó y admiró con total sinceridad, y tal vez la primera por la que se sintió atraída, aunque la actitud esquiva de Garbo impidiese que sucediera nada más. Por lo visto, en uno de los descansos del rodaje, ambas estaban conversando sobre una escena cuando Greta le tomó el rostro entre las manos y le dijo que era uno de los más hermosos que había visto en su vida. Algún tiempo después, Crawford confesó que “en ese instanté sentí que estaba preparada para convertirme en lesbiana”, aunque está claro que no llegaron más allá.
Aparte de esta, que no es una rivalidad en sí misma, existen otras dos que sí lo fueron, y además muy cruentas. Con Norma Shearer, que le arrebató el papel protagonista de Alma libre (1931) pese a que inicialmente el director había pensado en Crawford, se dedicaba toda clase de improperios públicos. Más tarde tuvo la oportunidad de vengarse de ella en Mujeres (1939), cinta que ambas coprotagonizan y en la que Joan le roba el marido a Norma. Pero sin duda su rivalidad más sonada fue la que mantuvo desde el principio de su carrera con Bette Davis: una relación de fascinación/odio que supera los límites cinematográficos. Dicen que Crawford envidiaba y admiraba el talento de Davis, y que Davis hacía lo propio con el atractivo de Crawford. Además, es posible que Joan estuviera infinitamente resentida porque en varias ocasiones había tanteado las opciones de conquistarla, topándose con una rotunda negativa. Concretamente, en la fiesta de algún preestreno que ya estaba llegando a su fin, Crawford se encontraba disfrutando de la compañía de un grupo de admiradores cuando vio aparecer a la Davis. Parece ser que la invitó de una manera muy poco sutil a que se uniera a ellos, y Davis le espetó algo como que dejara de dar tanta pena. ¿Os sorprende que no se llevaran bien?

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Su relación con Marilyn Monroe tuvo lugar algún tiempo después, pero más que una relación fue un affaire que se confirmó tras la muerte de esta, al hacerse públicas algunas notas de su psiquiatra. Hay que tener en cuenta que cuando se conocieron, en otra de las multitudinarias fiestas de Hollywood, Crawford tenía veinte años más que Monroe. Por lo visto, poco después de que las presentaran, Joan bromeó con Marilyn diciéndole que el cine no se le daba nada mal, pero que no tenía ni idea de ropa. Aprovechando la coyuntura, la invitó a que pasara algún día por su casa para prestarle algún vestido y Marilyn le tomó la palabra. Poco después se presentó en su mansión con la excusa de echar un vistazo al guardarropa de Crawford, pero cuál sería la sorpresa de esta cuando vio que se desnudaba delante de ella sin ningún pudor (y sin llevar ropa interior). Lo que pasó después sólo lo saben ellas, pero sí está claro es que en su siguiente encuentro Crawford intentó seguir con la aventura y Monroe le dio las calabazas más grandes de la historia del cine. Después de aquello, y a propósito de lo mal que llevaba el despecho, Joan declaró en una entrevista que ella nunca había necesitado llevar los escotes que llevaba Monroe para que la considerasen buena actriz, y se quedó más ancha que larga.
Ya hemos destacado que su carácter no era precisamente fácil: se casó cuatro veces y tuvo varios hijos adoptivos, con algunos de los cuales acabaría teniendo problemas a causa de unos supuestos malos tratos. Y es que, como bien decía su archienemiga Bette Davis (con la que terminó coincidiendo en la magnífica película ¿Qué fue de Baby Jane? (1962)): “Ella era la personificación de la estrella de cine: su mejor interpretación fue Crawford haciendo de Crawford”.
Inma Miralles
Fuente: Mirales.com

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