miércoles, 8 de enero de 2014

La homosexualidad en el Hollywood dorado: Greta Garbo y Marlene Dietrich


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 Cuando Greta Lovisa Gustafson nació, muy pocos sospechaban que se acabaría convirtiendo en una de las actrices más importantes de la historia del cine. Dicen que de niña era muy introvertida y observadora, siempre escudriñándolo todo con sus enormes ojos azules. Tal vez esta misma afición se convirtiera, a la postre, en una de las potenciales fuentes de su talento: al fin y al cabo, nada más útil para un actor que descifrar el comportamiento de sus semejantes, y así nutrir la veracidad de su representación. Muy pronto la joven y solitaria Greta empezó a llamar la atención por su extraordinaria belleza, lo que la llevó a destacar en la industria publicitaria y más adelante en lo que sería el inicio de su carrera en el cine.
Una de sus primeras películas (y tal vez la que más terminó condicionándola sentimentalmente) fue Bajo la máscara del placer (1925), una producción alemana del mismísimo Georg Wilhem Pabst. Parece ser que Pabst se había prendado del rostro de la Garbo al ver uno de los pequeños proyectos en los que la joven debutó, y se la llevó a Alemania desde su Suecia natal para ofrecerle nada menos que un papel protagonista en su nueva película. Garbo apenas tenía diecinueve años y estaba a punto de conocer a la que se convertiría en el gran amor y al mismo tiempo la gran decepción de su vida.
Antes de proseguir, es importante señalar el valor que Greta Garbo parecía dar a la confianza: hubo pocas personas en el trascurso su vida que realmente la conocieron, ya que era una mujer reservada y muy selectiva a la hora de escoger a sus amigos. También, y pese a toda apariencia, se sospecha que poseía un romanticismo apasionado (incluso podríamos decir que era romántica “a la vieja usanza”), pues estaba convencida de poder depositar todo su afecto en una sola persona que por descontado debía merecerlo. Sí, algo muy parecido al concepto de “príncipe azul” (o princesa, en este caso) pero llevado a las últimas consecuencias, ya que verdaderamente no creía en el ensayo y error (en cuanto al amor se refiere) y sí en un ideal exaltado.

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Así, y durante el rodaje de aquella película, la joven Garbo conoció a la que debería haber sido el gran amor de su vida: otra actriz, algo mayor que ella, que se llamaba Marlene y que disponía de un pequeño papel de extra en la misma cinta. La historia de su primer encuentro está a la altura del mito que más adelante llegaron a proyectar: al parecer debían rodar en medio de una escena muy concurrida, y el personaje de Greta Garbo tenía que desfallecer, inconsciente, en los brazos de Marlene Dietrich. Durante todos sus años de Hollywood  la Dietrich negó haber participado en esa película, aunque lo cierto es que sí apareció y dicha escena ha quedado para la posteridad, tal vez como el prometedor inicio de una historia finalmente frustrada. Pero no adelantemos acontecimientos, porque durante el rodaje de Bajo la máscara del placer ambas actrices se convirtieron, contra todo pronóstico, en inseparables:

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Marlene se erigió en la anfitriona y confidente de Greta, llevándola por todos los locales berlineses de moda y haciendo alarde de una desinhibición que sin duda debió descolocar a la tímida Garbo. No es ningún misterio la variedad de amantes (de uno y otro sexo) que Marlene Dietrich atesoró durante toda su vida: parece que era bastante desvergonzada y muy visceral, lo que sin duda debió cegarla a la hora de admitir cualquier trascendencia en sus sentimientos hacia Greta. Esta, por el contrario, creyó haber encontrado ese ideal en el que tanta esperanza había depositado: pronto la amistad se trasformó en romance (según las malas lenguas, bastante tórrido) y el romance en un vínculo por el que Greta rompió su habitual mutismo. Confió en Marlene, le contó cosas de su pasado y de sus sueños, cosas que nunca había compartido con nadie. El idilio se truncó cuando el talento de la Garbo empezó a trascender fronteras y Hollywood llamó a su puerta: entonces Marlene se dejó envenenar por la envidia hacia una carrera que parecía ser más meteórica que la suya propia, y ya nada volvió a ser como antes.

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Varios años después, cuando las dos eran ya divas consagradas del Hollywood dorado, negaron hasta la saciedad haberse conocido antes de que Orson Welles las presentara en una de las muchas fiestas que entonces constelaban la meca del cine. Al parecer ambas actrices llegaron al acuerdo, a través de un conocido común, de fingir que nada había sucedido entre ellas a riesgo de que sus carreras se vieran resentidas. Resentida parecía seguir la Dietrich, y tan desvergonzada como siempre, cuando se dedicó a criticar a la Garbo con acusaciones tan pueriles como que “era estrecha de mente, ignorante y provinciana” u otras más vulgares como que “llevaba la ropa interior sucia”. Aquellas declaraciones debieron ahondar en la herida de la Garbo, que sencillamente optó por hacerle el vacío durante el resto de su existencia: jamás se pronunció sobre la Dietrich, y mucho menos se hizo eco de sus provocaciones.

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Al contrario que esta, nunca se casó, no tuvo hijos ni tampoco romances perdurables. Sí cultivó largas relaciones epistolares, tanto con hombres como con mujeres que en varios casos habían sido sus amantes. Se retiró prematuramente del cine, tal vez consumida por la impertinencia de la fama o sobrepasada por la magnitud de su propio mito. En el caso de la Dietrich, dicho mito pareció convertirse en una droga: lo cultivó hasta sus últimos días y parece que a su amparo se ocultaba una personalidad bastante insegura, incluso solitaria. La misma personalidad que le impidió admitir una relación que lo habría cambiado todo; una relación que tal vez habría podido salvar a dos de las más míticas actrices de sus propios fantasmas.
Inma Miralles
Fuente: MiraLes

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