miércoles, 4 de diciembre de 2013

La homosexualidad en el Hollywood dorado

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Si hablamos del aspecto mítico del cine, ninguna época puede equipararse al Hollywood de los años dorados. Sólo de un tiempo a esta parte se ha comenzado a valorar, a favorecer e incluso a premiar el hiperrealismo en la gran pantalla, como si los dioses encumbrados al Olimpo durante los felices años treinta hubieran emprendido un descenso paulatino, hasta volver a estrechar la mano de los mortales y otra vez confundirse con ellos. Al fin y al cabo en esta vida todo es cíclico, aunque en los inicios del Hollywood estelar (todavía más exclusivista que el que hoy conocemos) nada importaba menos que la vida de la gente de a pie: el cine pretendía establecer un límite, diferenciarse, trascender lo corriente. Era el surgimiento de los grandes estudios, del sonido, de la superproducción. Una gigantesca fábrica de sueños, pero, ¿desde cuándo la gente vulgar sueña con su propia vida? No, la gente vulgar soñaba en blanco y negro. Las mujeres querían tener bucles en el pelo, fumar de medio lado y escuchar los acordes de Max Steiner cuando alguien las besase. Los hombres aspiraban a la dureza y al misterio, a encender ese brillo candoroso en las pupilas de su amada. A ojos de los mortales, los rostros que aparecían en la gran pantalla perdían cualquier atisbo de humanidad: fuera de ella se verían irreconocibles, mutados. ¿Qué era de Marlene Dietrich cuando se apagaba el foco que iluminaba sus pómulos, cuando se desprendía del abrigo de visón y se quitaba la nostalgia de los ojos? ¿Qué era de los dioses cuando dejábamos de verlos tras el filtro de los 35 milímetros?
Vamos a hablar de talento, de muchísimo talento, pero también de hipocresía. Porque los dioses resultaron ser tan humanos como cualquiera cuando terminaron los títulos de crédito y se encendió la luz. Sólo eran actrices, actores, en su mayoría disociados de sí mismos, consumidos por el espectro de la fama: casi nadie se casaba menos de tres veces, por no hablar del alcohol o de las drogas, de no pocas enfermedades psíquicas. Pero, ¿qué demonios  les sucedía? ¿No tenían suficiente con el dinero, con la veneración del público?

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Los grandes estudios de Hollywood (Metro, Fox, Paramount) estaban todavía menos interesados que el público en ver el lado humano de sus actores: parecían estar obligados a conservar sus personajes incluso fuera del plató. Podría decirse que los arquetipos de lo femenino y lo masculino, que todavía hoy imperan sobre nuestras cabezas, fueron un invento del Hollywood de la primera mitad del siglo XX. A estas alturas resulta terriblemente anacrónico, teniendo en cuenta que desde un punto de vista social aquella fue una época puritana, homófoba y racista, pero si todavía hoy pueden adivinarse vestigios, su influencia entonces tuvo que ser devastadora. Tanto era así que los contratos cinematográficos incluían una cláusula donde la actriz o el actor de turno debía comprometerse drásticamente (a riesgo de ser despedido o incluso denunciado judicialmente) a no dejarse ver en público con actitudes inequívocamente homosexuales. Tal cual. A ver, hay que entenderlo porque, ¿dónde habría quedado la credibilidad de las femmes fatales si alguien hubiera descubierto a una de ellas besando a otra mujer? ¿Y el crédito de los machos alfa si hubieran cogido de la mano o acariciado la mejilla de otro hombre? Entonces, ¿no existían las relaciones homosexuales en Hollywood?

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Por supuesto que existían, pero eran invisibles. Había códigos soterrados, insinuaciones, citas en la sombra. Hoy se sabe que, en el caso de las actrices, existía un círculo secreto conocido como “el círculo de costura” (esto me hace mucha gracia, porque todavía hay quien piensa que dos mujeres en la cama sólo pueden hacer punto de cruz), integrado por actrices lesbianas o bisexuales que organizaban reuniones en distintos clubes (por supuesto, con pretextos anónimos) y al que paradójicamente pertenecían varios iconos de la feminidad universal como Greta Garbo o la propia Marlene
 Dietrich
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Ya que era un círculo cerrado (acordaos de que nadie podía enterarse), entraba gente nueva muy de cuando en cuando, por lo que todas acababan liándose de un modo u otro con todas. Felizmente os anuncio que desde MíraLes nos hemos propuesto desentrañar estas relaciones, visibilizarlas y contarlas con todo lujo de detalles a quien pueda interesar. Así inauguramos una serie de artículos dedicados exclusivamente a estas divas y a sus amores prohibidos: Joan Crawford y Marilyn Monroe, Greta Garbo y Marlene Dietrich (si estuvieran vivas me matarían por ponerlas juntas en la misma frase), esta última y Edith Piaf… Y algunas más que ya os iremos revelando.
Fuente: MiraLes

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