Hemos abordado en alguna ocasión la carga negativa de ser pasivo en el sexo homosexual, ahora lo enfocaremos desde otro punto de vista: el del sexo oral. Aunque en nuestros días es una práctica que goza de buena fama, incluso los activos menos participativos empiezan a permitirse juegos bucales con los genitales de su compañero, en la Roma clásica, a pesar de las aberraciones que se permitían en otros campos del juego sexual, lo de mamarla no estaba nada bien visto.
Según refleja “Crónica general del sexo oral”, que Miguel Ángel Almodóvar acaba de publicar en Oberón, “dentro de ese desprecio a la pasividad sexual, el sexo oral alcanzaba la máxima expresión y se convertía en tabú. Para el sentir romano no podía haber nada más ridículo y merecedor de vituperio que un ciudadano que practicara la felación y aún mucho menos el cunilingus”. John R. Clarke señala que “existía el concepto de boca pura, porque la boca era símbolo de responsabilidad y deber social. A través de ella se hacía discursos y el arte de la oratoria estaba muy considerado en Roma, con lo que la felación era vista como algo sucio”. Según este mismo autor, estaba peor visto que un varón estimulara con la lengua el clítoris de su pareja que no fuera sodomizado por otro hombre.
Las prostitutas solían cobrar este servicio más caro que otros por el plus de humillación que conllevaba, aunque había excepciones. Hay inscripciones en Pompeya donde se dice: “Lais la chupa por dos ases” (el precio de una jarra de vino) o “Segundo es un chupapollas muy habilidoso”. Entre la leyenda negra de Julio César estaban sus relaciones homosexuales con el lugarteniente Vitrubio Mamurra y lo que más se criticaba no era que fuera pasivo con él, sino que, además, le practicaba felaciones.
Otro ejemplo de esta visión negativa de esta práctica son algunos de los poemas del siempre incisivo Cátulo:
“Aurelio, padre de las hambres,
no sólo de éstas, sino de cuantas fueron,
son o serán en los años venideros,
quieres dar por el culo a mi amado.
Y no a escondidas: estás con él, juegas con él,
Y, pegado a su costado intentas de todo.
Es inútil, pues tú, por tender trampas contra mí,
me la vas a mamar a mí primero.
Si lo cortejaras con el vientre lleno, callaría;
pero me molesta enormemente que el jovencito
aprenda ya mismo a pasar hambre y sed.
Así que, déjalo, mientras puedas hacerlo con honor,
no vayas a tener que terminar, pero mamándomela”.
Marcial, después, se referirá también a ello en sus célebres epigramas:

“Te perdono que goces prolongando la noche con demasiadas copas de vino: tienes, Gauro, el vicio de Catón. Por escribir versos que no tienen nada que ver con la Musas y con Apolo, debes ser alabado: tienes el defecto de Cicerón. Porque vomitas, el de Antonio, porque te entregas a los placeres de la mesa, el de Apicio. Porque la chupas, dime, ¿de quién tienes el vicio?”.
Fuente: Ociogay.com