martes, 26 de noviembre de 2013

Un lío de perros: custodia compartida de mascotas

Ella decía que lo tenía todo pensado y requete pensado. Era la fórmula ideal para poder cerrar lo nuestro y vernos en un futuro, más o menos cercano, como amigas de esas que lo comparten todo. Todo, todo… menos la cama. ¿O también? Bueno, dejémoslo en amigas sin derecho a roce. En el fondo lo hacíamos por el bien de nuestra perra, nuestro bebé, como siempre la hemos llamado. Queríamos lo mejor para ella.
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La verdad es que no sé qué nos pasa a las bolleras que en cuanto nos emparejamos nos da por formar familia y adoptamos perras (casi siempre hembras, ¿por qué será?) y las tenemos en custodia compartida. Muy bonita estampa mientras la relación funciona. Después, hay versiones para todos los gustos.
Nosotras como hemos llegado ya a ese punto de convertirnos en súper amigas, o ex súper bienavenidas, como prefiráis…(insisto, sin sexo, ¡mal pensadas!) voy a llamar a mi ex con otro nombre, por ejemplo, Laura, que no quiero que se sienta señalada irónicamente en este artículo. Aunque, Laurita, verás como cuando lo leas todo te suena a sorna… Suya fue la idea y yo la acepté, por supuesto. De hecho, hasta me pareció lógica a la par que triste… ¡Muy fuerte!
―Necesito borrarte de mi face, voy a quitar también a todos tus amigos y los borraré también de mi móvil. Lo siento, espero que me entiendas, ahora mismo no puedo saber nada de ti, ni ver fotos tuyas por ahí colgadas ―me dijo Laura nada más romper. ―No me escribas whatsapp ni me llames, por favor. Tengo que desconectar durante un tiempo de todo lo que tenga que ver contigo. Quiero que seamos amigas pero hay que hacer las cosas bien.
La verdad es que me dio un pinchacito al corazón, ¡¡sonaba tan triste!! Pero parecía lo más acertado, ¿no? Si quieres olvidarte de alguien y pasar página, lo mejor es un tiempo, más o menos largo, de cuarentena. Y la de Laura era de las férreas, sin duda… Habían sido cuatro años de relación. Aquello se me antojaba como una cuesta dura de subir. De vivir juntas a no saber absolutamente nada la una de la otra. Pero Laurita, se te escapó un pequeño detalle: ¡nuestro bebé!
Y sí, me quitaste de tu face, borraste a mis amigos y hasta mi teléfono de tu agenda, chapó por ti pero claro, tuviste que pedírselo a tu madre de nuevo para llamarme y quedar; el bebé tenía que estar con sus dos mamás. Y así una vez a la semana, durante meses, seguíamos con nuestra particular burla de cuarentena en redes sociales, no veíamos fotos nuestras pero nos veíamos directamente en persona para intercambiarnos a la perra. ¿Quién lo entiende? Pues… ¿sabéis lo mejor de todo? ¡Que funcionó! Eso sí, sigo sin estar en su Facebook pero somos las mejores amigas y mamás del mundo.
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Sin embargo, como decía al principio hay versiones de custodia tan diversas como rupturas y así, se lleva mejor o peor el intercambio del hijo en función de cómo se haya terminado la relación. De hecho, tengo una conocida (llamémosla Ana) que se quedó tan traumatizada después de que su ex la dejase por un chico que entró en líos de abogados para quitarle la custodia de su perro. Custodia que, por cierto, perdió Ana, pues no tenía un hogar estable que ofrecer a su mascota. Así que no sólo tuvo que comerse a su ex con un tío, sino que encima el perro que ella misma compró en su día, se cría con ellos. Ana tiene que poner su mejor sonrisa para que su ex le deje ver a su perro de vez en cuando.
A Martina, sin embargo, le dio por ampliar la familia casi al final de su relación. “Alba y yo estuvimos juntas tres años, más o menos. A mí se me ocurrió adoptar un perro cuando entre las dos las cosas estaban bastante mal. Ella no quería, me decía que no la llevara a su casa porque no le gustaban. Pero me acompañó a recoger a Blue y esa fue la perdición de Alba. Blue era una cachorrita de mes y medio, preciosa… Fue tal el flechazo que sintió Alba que me dijo que sería de las dos”.
Todo fue bien hasta que se separaron. ¿Cómo se pondrían de acuerdo? En este caso, Martina y Alba miraron por el bien de su hija. Las dos la querían tanto que sin drama la comparten, así como comparten los gastos médicos. Blue pasa la mayor parte del tiempo con Martina, porque además ella trabaja en casa, pero algunos días sueltos o fines de semana se va a casa de Alba, o cuando Martina se va de vacaciones. Según Martina, Alba es el padre, la tiene cada quince días y la consiente todo el tiempo comprándole filetes de pollo. Blue, muy lista ella, lo sabe y en casa de Alba no se come el pienso, pero en la de Martina sí. Se nota quién es la autoridad, ¿no?
Y por último contaré el caso de Loreto, una preciosa galga, que, si no ha sufrido crisis de identidad por saber quiénes eran sus verdaderas madres, le ha faltado bien poco. Nada más irse a vivir juntas, Carmen y Julia adoptaron entusiasmadas a Loreto. La familia permaneció feliz y la mar de unida durante cuatro años, el tiempo que duró la relación. Acabada la historia, Julia decidió cortar por lo sano y no quiso saber nada no sólo de Carmen sino también de la pobre Loreto. Carmen se echó otra novia, Lara, y aunque sólo estuvieron juntas dos años, fue el tiempo suficiente como para que ella adoptase a la perrita. Así que, aunque, concluida la relación con Lara, ella y Carmen comparten la custodia de Loreto. Lara la tiene una semana al mes y como además viven cerca, a veces se acerca a casa de su ex para llevársela a dar un paseo. Pero para rizar aún más el rizo, Carmen, ha vuelto a emparejarse y a la nueva novia no le gusta ni un pelo estos líos “perrunos” de bolleras y siente unos celos atroces de ver a la ex de su novia cada dos por tres en casa. A todo esto, la pobre Loreto debe tener un lío de miedo pero me consta que vive feliz y muy consentida.
Así que, visto lo visto, aviso a navegantes: si tenéis perros compartidos con vuestras parejas, disfrutar de la idílica estampa familiar mientras dure (ójala sea toda la vida) y cuando la relación se acabe, hacedlo sin tiraros los trastos a la cabeza, contad hasta 100 y pensad que hay un hijo en común que lo único que quiere es estar con sus dos mamás.
Fuente: MiraLes

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