lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Por qué se llama a los gays mariposones?

¿Por qué se llama a los gays mariposones? 
Son muchos los términos más o menos peyorativos y más o menos coloquiales que se usan a lo largo del mundo hispanohablante para referirse a los homosexuales. Quizá uno de los más extendidos es mariposón o mariposa a secas. Tanto que aparece incluso en el diccionario de la Academia de la Lengua, que lo incluye como la duodécima acepción del término: ‘Hombre afeminado u homosexual’. Podría pensarse que el hecho de que las mariposas, que también son el símbolo de Ragap, sean un animal de bellos colores, delicado y hermoso, creó esta asociación para referirse a un hombre de gustos o conductas consideradas femeninas. Pero lo cierto es que el origen del término es otro, mucho más terrible. El primero en referirse a los gays como mariposas fue el padre jesuita Pedro de León, en la Sevilla de finales del siglo XVI. Ya nos referimos a él al hablar de la Inquisición.

Este religioso fue confesor en la cárcel de Sevilla durante muchos años y tuvo la oportunidad de conocer de primera mano el ‘pecado’ de muchos hombres homosexuales. Más tarde el jesuita escribiría un ‘Compendio’ con estas confesiones en el que realizaba, sin proponérselo, un retablo de la realidad homosexual en la ciudad hispalense entre 1578 y 1616. Uno de los casos que narraba era el de un alguacil llamado Quesada, que acabó condenado en 1592. Al parecer este personaje tenía una casa de juego en la que acogía a “mocitos de los pintadillos y galancitos”, a los que tocaba y realizaba proposiciones indecentes. Al referirse a este caso, Pedro de León escribió:

Al fin vino a parar en el fuego y como suelo decir (y aquel día que lo mataron lo dije), que los que no se enmiendan y se andan en las ocasiones de pecar son como las mariposillas, que andan revoloteando por junto a la lumbre: que de un encuentro se le quema un alilla, y de otro un pedacillo, y de otro se quedan quemadas; así los que tratan de esta mercaduría una vez quedan tiznados en sus honras y otra vez chamuscados y, al fin, vienen a parar en el fuego.


Por supuesto, lo más terrible del asunto es que el fuego del que hablaba el jesuita era muy real: la hoguera era el destino en muchas ocasiones para los que eran sorprendidos en “pecado nefando” o “contra natura”, como se referían entonces a la homosexualidad. De 175 condenados en Granada y Sevilla en esos años 50 fueron condenados a la hoguera. Para Pedro de León, el tema estaba muy claro: era casi imposible corregir ese comportamiento una vez iniciado y la condena era muy justa. “La experiencia nos ha demostrado cuán pocos son los que se enmiendan de este vicio bestial, y el fuego solamente es el que hace este oficio”, comentaría refiriéndose al caso de un clérigo.
Fuente: Ragap

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