martes, 15 de octubre de 2013

Lesbianas en el mundo rural

La pregunta “¿Qué es lo mejor y lo peor de ser lesbiana viviendo o siendo de un pueblo?” es el interrogante más parecido a la lectura de El Principito que puedo imaginarme ya que en función de la edad a la que te hagan la pregunta (y te leas el libro) la respuesta (y el sentido de las palabras de Antoine de Saint-Exupéry) irá evolucionando y llenándose de matices muy diferentes.

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Siempre he vivido en Miajadas, un pueblo de la provincia de Cáceres de unos 10.000 habitantes,  hasta que llegó la hora de irse a la universidad, que cambié la tranquilidad de “mi pueblito bueno” por la locura de Madrid.
He tenido la suerte de sufrir y disfrutar de las dos realidades y con esa experiencia me atrevería a decir que, como todo en la vida, ni lo bueno es tan bueno ni lo malo es tan malo.
El mundo rural, igual que sucede con el lesbianismo, la homosexualidad, la bisexualidad o la transexualidad, está lleno de prejuicios y estigmas que, como todo, cuesta desmontar ya que se alimenta de mitos y falsedades, de particularidades elevadas a teorías y de la poca valoración y reconocimiento que, como todo lo que sufre estigma, ha tenido lo rural.
La homosexualidad en el mundo rural siempre se ha pensado como una experiencia negativa, difícil, como una realidad que goza de un plus de discriminación y de ahí que muchas lesbianas, todavía hoy, piensan que es incompatible vivir libremente en los pueblos y sólo las bondades de Chueca pueden dar refugio a nuestras inquietudes.
Pero esto no siempre es así. Soy Lesbiana, ahora también madre y siempre defenderé que ser “de pueblo” y ser lesbiana no sólo es compatible, sino que también tiene su encanto.
No me quedé en Madrid porque el terruño tiraba, porque lo que yo concibo como calidad de vida está más cerca de los pueblos que de una ciudad, y hay quien me llamó loca, pero hoy sé que tomé la decisión correcta.
Regresé a Extremadura y afortunadamente puedo disfrutar aquí de mi familia, algo que para muchas personas hubiera sido impensable si retrocediésemos unos pocos años en el tiempo.
El mundo rural tiene su idiosincrasia, tiene sus más y sus menos. No es lo más maravilloso del mundo para pasar desapercibida, para llevar cualquier cosa de forma discreta y no hablemos si quieres acceder a museos, cines, salas de fiesta o bares de ambiente; sin embargo, no todo es tan terrible como puede parecer a primera vista.

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Sentir que la gente mira, habla, cuchichea cuando pasas es casi inevitable, aunque he de reconocer que ni todo el mundo mira, habla y cuchichea, ni las personas que lo hacen es para hacerlo siempre de forma negativa.
En un pueblo es inevitable hablar y preguntar y saber acerca de la vida de casi todas las personas. En un pueblo todas y todos hablamos del vecindario, de las amigas, de quienes no son tan amigas, de la hija del primo del cuñado de mi hermana… En fin, que incluso quienes más critican esa capacidad de opinar acerca de la vida de las personas dan sus veredictos acerca de los amores, eventos o sucesos que les acontezcan a los demás.
El problema no es la opinión, el problema son los juicios sumarísimos o los prejuicios; el problema es la presión cuando por un tiempo te sabes en las conversaciones de los demás, y sí, a veces es complicado.
Pero en un pueblo también sabes que no estarás sola, en un pueblo una conversación que se produce cuando entregas una invitación de boda que lleva dos nombres de chicas, puede cambiar prejuicios y posicionamientos ideológicos “de toda la vida” porque afectan a alguien a quien quieres.
En un pueblo no sólo eres tú, no sólo eres Silvia, eres hija de, hermana de, prima de, amiga de… Y eso ya no agobia, eso arropa, eso protege, eso ayuda.
Sé perfectamente que hay muchas mujeres lesbianas, de distintas edades que viven una realidad complicada en el mundo rural. Sin duda con esto hay que trabajar mucho, pero no habrá resultados nunca hasta que no nos vean agarradas de la mano en nuestros parques. Son las cosas sencillas y cotidianas las que consiguen cambios.
La falta de referentes y la invisibilidad son precisamente y de manera muy perversa los dos pilares más fuertes donde se asienta la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, esta razón debe llevarnos a dar un paso al frente y romper sin miedos la puerta de todos los armarios.

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Y en los pueblos también hay quienes ya disfrutamos de historias felices, que a veces han necesitado tiempo y un extra de explicaciones pero ahí están.
Ayer celebramos el nacimiento de Julia, mi hija, y lo hicimos al igual que cuando nos casamos Noelia y yo el pasado año, rodeadas de nuestras familias y amistades, y para ello no tuvimos que irnos lejos.
En el mundo rural las cosas están cambiando, las cosas las estamos cambiando entre todas y todos. Las cambian quienes sin hacer ruido y desde sus vidas cotidianas que no esconden, hacen avanzar a su alrededor a pasos de gigante. Hay quienes decidimos ser menos silenciosas y alzando la voz, posicionándonos y utilizando las herramientas que tenemos a nuestro alcance nos hemos propuesto la visibilidad como una forma  activismo y transformar nuestra realidad más cercana, para hacer posible además que todas y todos podamos vivir donde queramos amando a quien amamos.
Sumando historias de aquí y de allí conseguiremos que en nuestros pueblos la diversidad no sólo se viva dentro, sino que la disfruten quienes vengan de fuera.
Silvia Tostado Calvo
Fuente: MiraLes

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