miércoles, 2 de octubre de 2013

El Shunga, o cómo los japoneses no tenían prejuicios hacia el sexo gay

El Shunga, o cómo los japoneses no tenían prejuicios hacia el sexo gay 


Si se habla de amor libre, de tríos, de voyeurs y de relaciones abiertas, seguro que nuestra mente nos traslada a los años sesenta y a la fiebre de los hippies. Pero lo cierto es que mientras que en Europa y el mundo occidental la moral estricta era la norma hasta hace muy poco, este no era el caso en Japón, donde desde la edad media y hasta el siglo XVIII predominaba una mirada mucho más abierta hacia el mundo del sexo. La homosexualidad estaba tan bien vista como cualquier otro tipo de relación, aunque tenía sus propias normas, y hacían furor los libros pornográficos, con representaciones muy explícitas de todo tipo de prácticas sexuales. Es lo que se conoce como Shunga, un tipo de arte que los europeos que viajaban a la zona se afanaron en censurar, pero que hoy día se aprecia como una forma artística de gran interés.





Como ejemplo, la exposición que estos días acoge el Museo Británico en Londres y que recorre este mundo de erotismo y sensualidad que, como bien advierten los expertos, no es que fuera la norma en la vida real, pero formaba las fantasías de los japoneses… del mismo modo que la pornografía actual. Este tipo de imágenes se vendían y coleccionaban abiertamente y las colecciones solían incluir todo tipo de prácticas. Las imágenes que acompañan a este artículo proceden de libros de los artistas Suzuki Harunobu, Utamaro y Miyagawa Isshô, que fueron muy populares en el siglo XVIII en Japón. Es raro que los personajes aparezcan desnudos, ya que los baños eran públicos y comunales y la desnudez no se consideraba morbosa ni erótica. Por el contrario aparecen ataviados ricamente, algo que sí daba morbo en la época. De este modo, además, se podía intuir información sobre el papel de los protagonistas: si eran nobles, guerreros, sirvientes,…




La homosexualidad en Japón se originó, según muchos expertos, en los monasterios budistas y taoístas. En estos ambientes se veía el deseo hacia una mujer como algo prohibido por el celibato, pero no así el deseo por otro hombre, generalmente un chico joven que entraba de aprendiz en el monasterio. Lo normal era que la relación acabara cuando el chico era considerado un adulto preparado para la vida, muy al estilo de las relaciones griegas, pero continuaban en muchos casos. El joven tenía necesariamente que ser pasivo mientras que el hombre mayor era el activo, y tenía que haber consentimiento por ambas partes.

Los samuráis, muchos de ellos educados en estos monasterios, llevaron este mismo código al mundo militar y feudal y las relaciones entre los dos hombres tenían que estar presididas por el honor y la fidelidad, con el hombre mayor enseñando al joven las técnicas militares y el código de honor japonés, al estilo de las relaciones gays de la Edad Media europea. Muchas de las ilustraciones Shunga muestran a amantes vestidos con el estilo samurai. En ninguno de estos casos se consideraba la homosexualidad como una tendencia fija, y se seguía esperando que un hombre se interesara por las mujeres.




Ya en los siglos XVI y XVII esta práctica se extendió a la floreciente burguesía japonesa. El objeto de deseo comenzaron a ser los actores de teatro kabuki más jóvenes, especialmente los que representaban el papel de mujeres en las obras. Las féminas tenían prohibido actuar. En las ilustraciones, de hecho, muchos chicos aparecen ataviados con el típico kimono femenino. En general los actores jóvenes se vendían tanto a hombres como a mujeres. En el Tokio de la época los prostíbulos masculinos eran muy comunes. Seguía sin estar bien visto, sin embargo, que los mayores fueran pasivos. Con el tiempo, sin embargo, esta distinción de edad se fue diluyendo, en parte por la prohibición de que los jóvenes actores fueran provocativos o acentuaran su aspecto femenino y algunos hombres ricos tenían a su servicio a “chicos” que eran de su edad, o mayores que ellos, según indican algunos estudiosos, como Gary Leupp.




Sin embargo, la creciente adopción de valores occidentales y un cambio en la visión de la moral, llevaron a que durante el siglo XIX este tipo de prácticas estuvieran cada vez peor vistas hasta el punto de llegar a estar prohibidas, aunque brevemente, a finales del siglo XIX. De hecho, en la guerra Ruso-Japonesa, a principios del siglo XX, se lanzó un póster propagandístico en el que un soldado japonés penetra a uno ruso, para humillar al enemigo, siguiendo el estilo Shunga. La situación no mejoró en el siglo XX y el primer desfile del Orgullo en Tokio no tuvo lugar hasta 2012.
Fuente: Ragap

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