martes, 8 de octubre de 2013

El des-pecho

Si algo es igualable a estar babosamente enamorada es estar horrible y tristemente despechada. A casi todas nos habrá pasado que un día miramos con perspectiva hacia el pasado y vemos actitudes de gusana arrastrada que si pudiésemos rebobinar no volveríamos a cometer JAMÁS (hasta que volvamos a estar despechadas, claro). A veces rayando la vergüenza y el: “¿Cómo pude ser tan patética?”.

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Sin querer jugar a ser psicóloga, el ingrediente fundamental del despecho es el orgullo. Cuando alguien nos abandona está diciéndonos: “No me gustas lo suficiente como para estar contigo.”, “No podemos estar juntas.”, “He encontrado algo mejor. ” Así de claro. Cualquier otra historieta edulcorante tipo “Te amo con locura pero tengo que conocerme a mí misma porque eres tan buena persona que no te mereces que te haga sufrir” es bullshit (creo que ninguna palabra en castellano iguala a esta de películas de instituto americano. Tal vez “mierda en lata”). Por muy fuerte y estable que esté nuestra autoestima, cuando alguien nos deja es una lanza en el talón de Aquiles que hace que se tambalee todo lo que creemos sobre nosotras mismas.
Algunas veces podemos pensar que cuando alguien te dice “Ciao”, por lo menos no te da la oportunidad de rayaduras tipo “Habré hecho lo correcto”, pero llorar a lo Bridget Jones porque alguien nos deja es bastante peor, asumámoslo. Menos mal que son cosas de las que solemos reírnos cuando pasa el tiempo, que todo lo cura (salvo la gilipollez, que suele venir de serie).

Algunas actitudes de Gusanus Arrastradus Totalus podrían ser:

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- Llamadas terroristas a altas horas de la madrugada, generalmente aderezadas por unas cuantas copas. Para sentirnos más tranquilas, Google ha inventado un sistema para que la gente borracha no pueda mandar mensajes patéticos cuando va pedo, y te hace hacer una serie de ecuaciones matemáticas para comprobar que eres consciente de lo que vas a hacer. Amo a los señores de Google, ojalá lo hagan pronto para los móviles y de paso solicitamos desde aquí que sus Google glasses incorporen el reclamado ¡¡lesbianómetro!! (puestas a pedir…)
- Maldices a tu ex por arruinarte la vida, das la brasa a todas tus amigas con lo malísima persona que es, pero detrás de todo ese blablablá, les das la sorpresa a tus amigas con el típico: “Bueno, ayer quedamos y al final… Nos enrollamos”. Porque si hay algo que nos une a todas es la tendencia a las historias inacabadas: no nos damos por vencidas y estrujamos la relación hasta el máximo, porque generalmente somos reincidentes. Maldices pero… la carne es débil.
Además, dado que también tenemos tendencia a los enredos lésbicos supremos, generalmente sueles coincidir con tu ex, porque o es la nueva novia de tu amiga, o la novia de tu ex o se muda a tu lado. La cuestión es no romper ese círculo maldito que te ata a tus ex de por vida.

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Empiezas a ver lo que tienes en tu casa de tu ex: aquí hay dos actitudes patéticas por igual. En la primera, te deshaces de todo lo que te recuerda a ella, haciendo escáner mental de cómo llegó ese objeto a tu vida. La piedrecita de la primera playa que visteis juntas (“Será z@#¡!, ¡¡si me decía que se veía paseando conmigo de abuelita!!”), la primera entrada al cine (que desde que han subido tanto el precio del cine probablemente esté en una urna de cristal), etcétera.
La otra actitud es ir mirando cada cosa y llorar como un cocodrilo recordando cada momento. Eso es hacerse el harakiri en toda regla. Admitámoslo, un insulto de vez en cuando es bastante terapéutico, y siempre me sorprendo de la gente súper cabal y de enorme madurez que mantiene las reglas de civismo y buena educación.
- Jugar a ser psicópatas: “Cuando me dijo que se iba a casa de Pepita, tuvo el móvil desconectado, seguro que ese día algo pasó…”; “Ha subido una foto con Josefita, y antes no la conocía, seguro que tiene novia…”. El autoflagelamiento en las fases de des-pecho no tiene límites.
Fuente: MiraLes

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