lunes, 23 de septiembre de 2013

Y tú, ¿cuándo te diste cuenta de que te gustan las mujeres?

Cuando aún no sabemos qué es la identidad sexual, qué es una vagina ni cuántas patas tiene, cándidas, inocentes y recias cual espiga de trigo, peleándonos por el balón o los coches más bonitos sin más preocupación que hacer correctamente las sumas y las restas, nosotras ya “nos olemos” que tenemos algo diferente, y no es sólo el hecho de que los chicos nos llamen a nosotras para jugar al fútbol (las demás son una nulidad por regla general) ni que juntos las asustemos con los bichos que vamos encontrando.
Nuestros “modelos espirituales” son muy diferentes: ser He-Man resulta mucho más divertido que ser la típica floja de los dibujos japoneses que siempre sufre de mal de amores; vibramos cuando Aladdin fue a buscar a Jasmine en su alfombra voladora (todas quisimos tener una) y jamás nos pusimos en el lugar de la pobre muchacha que vive encerrada en palacio.
Nos daba igual todo, crecimos sin prejuicios, siendo aceptadas sin grandes aspavientos en una edahd en la que no existen las etiquetas ni los nombres; sólo las personitas pequeñas, con sus virtudes y defectos. ¿Qué nos pasa luego? Pues que crecemos y empezamos a ser miradas de manera particular por las madres de nuestras amigas.

A edades tempranas ya depende de tu forma de vestir. En mi caso, yo era de pistolas, coches y pantalones vaqueros combinados con horripilantes sudaderas que mi madre amenazaba con tirar a la basura cada tarde; nunca lo hizo ni me obligó jamás a ponerme un vestidito con encajes. De todas maneras, poco hubieran durado los bordados, porque yo era la típica niña desgreñada de codos y rodillas magullados que siempre tenía cosas interesantes en los bolsillos e iba corriendo a todas partes siguiendo (o persiguiendo) a una caterva de chicos con un balón en la mano.
A esas edades todavía no tiene importancia, aunque ya comienzas a preguntarte por qué los chicos siguen igual (visten del mismo modo, tienen monopatín, coleccionan cromos) y las chicas han cambiado: comienzan a mirar de reojo a un compañero en particular, van con el pelo suelto, colocan muñequitos en el lapicero y coleccionan hojitas de colores con aroma a fresas silvestres. Pero a ti todo eso te da igual, porque la licencia para el equipo de baloncesto está todavía sin rellenar y eso sí que es importante…

Unos años más tarde, todo el mundo te aprecia, pero los chicos juegan al fútbol en un equipo federado y las chicas llevan carpetas forradas con fotos de cantantes. Ellos continúan vistiendo como siempre, las chicas se maquillan y tú te pones lo que encuentras por el armario. Ahora tú estás en medio; todos te hablan, todos te quieren, pero no perteneces a ningún grupo; para empeorar las cosas, descubres con horror que empiezas a buscar la compañía de la chica más cursi de todas, presintiendo lo peor.
Todos comienzan el juego más antiguo del mundo: el flirteo. Tú también, ya estás en la edad adecuada. Las hormonas causan estragos en la adolescencia: todo el mundo comienza a despertar a la vida y tú persiguiendo un imposible. Al menos las amigas de tu madre siempre le recuerdan la suerte que ha tenido: “Qué suerte hija, que no ande por ahí con chicos”. Frase mítica donde las haya, repetidas hasta la saciedad, provoca una reacción inmediata: “Cotillas, qué les importará a ellas”.
Empezamos a ver películas que descubrimos por casualidad y comprendemos que existen variantes a lo “socialmente correcto”, nos emocionamos con los malentendidos de la trama, nos excitamos con los besos y nos sentimos identificadas cuando la protagonista sufre un desengaño. Y comenzamos a pensar que tal vez sea más importante de lo que parece ir diciendo por ahí que prefieres la almeja al mejillón.
Da comienzo la etapa rebelde, ésa que hace que tu madre se pregunte por qué oscura razón decidió tener hijos y no un acuario. Es entonces cuando decidimos hacernos un corte de pelo radical, cambiar todo el fondo de armario y escoger un “modelo a seguir” que marcará nuestro futuro comportamiento: una cantante, una actriz o quien sea que haya manifestado públicamente su condición de lesbiana. Y se actúa en consecuencia, aunque el look adoptado nos quede fatal, los amigos estén agotados de oírnos reivindicar nuestros bollo-derechos y aunque nuestra amiga (de la que estamos secretamente enamoradas) esté dándose cuenta de que  no estaría mal probar algo diferente. Pero nosotras a lo nuestro: a estar contra el mundo, a protestar por todo, a soñar con nuestra amiga y sus labios carnosos y a lamentarnos de nuestra soltería.
mirales.es 
El tiempo pasa. Tenemos nuestra vida, nuestros recuerdos de la infancia, las fotos del pasado que queremos ocultar; algunas obtienen lo que quieren, otras continúan luchando por conseguirlo. Nuestra madre enseña las fotos de la playa en las que salimos desnudas mientras protestamos débilmente por esa sonrisita que esboza nuestra chica y pide a gritos ver más. Los tiempos cambian, la gente pasa y en la conversación surge, inevitable, la pregunta: “Bueno, ¿y tú cuándo te diste cuenta?”. Nunca te lo has planteado, la verdad, y das una contestación muy vaga: que si la adolescencia, que si el primer beso con una chica, que si la profesora sustituta de inglés que estaba tremenda…
Recoges las tazas de café medio vacías, tus amigas acaban de irse. Quedáis sólo vosotras dos y sonríes recordando la preguntita. “¿Y qué más da?”, dices para ti. Otra ojeada a tu chica y una nueva certeza ocupa tus pensamientos: “Yo sí que he triunfado en la vida. Hago lo que quiero, vivo como quiero y soy feliz. Pero, ¿cuándo me di cuenta de que me gustan las mujeres?”.
Bastaba con formular la pregunta a tu madre, que lo ha sabido toda la vida. Y sus amigas, claro.
Y tú, ¿cuándo te diste cuenta por primera vez de que eres feliz?
Fuente: MiraLes

No hay comentarios:

Publicar un comentario