Hay quien no tiene suerte y prefiere engañarte,
sabiendo lo fácil que resulta ganarte.
Hay quien apuesta fuerte y decide quererte,
sabiendo lo fácil que resulta perderte.
(Hombres, Fangoria/álbum Naturaleza Muerta)
sabiendo lo fácil que resulta ganarte.
Hay quien apuesta fuerte y decide quererte,
sabiendo lo fácil que resulta perderte.
(Hombres, Fangoria/álbum Naturaleza Muerta)

Como pocos, Pedro Almodóvar sabe montárselo bien: desde el momento en el que abraza un proyecto, dosifica la información que va saliendo en los medios. Publica fotos y textos en su web, además de sus ya usuales auto-entrevistas. Comparece ante los medios para anunciar en qué guión trabaja, su reparto, el inicio del rodaje, su finalización. Poco a poco libera material promocional, fotofija, imágenes de bastidores, posibles carteles... Eventualmente cuenta alguna que otra anécdota: de cómo surgió la idea para rodar la película, del tiempo que lleva conviviendo con los personajes. Luego, al lanzarla, diversifica sus acciones: participa en reportajes, preestrenos, colectivas, ruedas de prensa, entrevistas en radio y televisión, chats con internautas, reuniones con blogueros. Con semejante esquema promocional, un estreno suyo fácilmente se convierte en un trending topic, en el evento del mes.
Después de exhibirla en Cannes por primera vez, como ya se ha convertido en un hábito (desde Todo sobre mi madre, Almodóvar utiliza el festival como plataforma de lanzamiento), el director presentó La piel que habito en Londres con Elena Anaya. A la actriz, que se ve por todas partes en la prensa española (es portada de Marie Claire, Vogue, QG), el equipo de prensa de El Deseo la está explotando más en el extranjero (allí parecen más interesados en sus incursiones cinematográficas y no le hacen tantas preguntas sobre sus vacaciones en Menorca o su vida personal). Ya a Antonio Banderas, que no pudo viajar a Inglaterra, al traerlo de vuelta a España, Almodóvar no le dejó hueco en su agenda. Acudió con él a una entrevista en la radio (Cadena Ser) y al programa de televisión Versión Española, que muy oportunamente rindió un homenaje a ¡Átame! (además de tener al mismo actor como protagonista, ambas películas guardan un parecido argumental). Por separado y juntos, estuvieron en distintos eventos promocionales. El bombardeo mediático parecía superar al de cualquier otro estreno nacional. Hasta que finalmente llegó el momento de que el público español la pudiera ver. Después de años estrenando sus películas en Madrid, siempre el mes de marzo, a causa de una nueva estrategia de cara a los principales premios internacionales, Almodóvar nos hizo esperar hasta el 2 de septiembre, fecha en la que finalmente La piel que habito llegó a las salas de cine de todo el país. Antes de esto, la película solo fue exhibida en sesiones cerradas a periodistas y blogueros. De hecho, no hubo preestreno ni gala en la Gran Vía, como de costumbre. Solo dos pases en los cine Ideal Yelmo. Acompañado de Elena Anaya y Antonio Banderas, fue a saludar a los espectadores. “Con la crisis, no cabía hacer un preestreno de lujo. Hemos venido a saludar a quienes querían ser los primeros en ver la película”, dijo el director, para luego hablar de la experiencia del rodaje y pasar la palabra a sus actores. Se despidió pidiendo que el público, después de verla, la dejara reposar un poco.

Como ya era de esperar, mucha expectativa ha rodeado el estreno del último largometraje de Pedro Almodóvar. Se especuló acerca de su género y argumento. Algunos decían que se trataba de una película de horror con toques melodramáticos; otros, que mezclaba drama y ciencia ficción. Del argumento no se sabía mucho: habría que mantener el secreto. Un mes después de su estreno, me atrevo a publicar esta crítica (quedan avisados aquellos que aún no la han visto).
Deliciosamente imperfecta, La piel que habito es una película impar y referencial. Éstos fueron los primeros adjetivos que balbuceé cuando preguntaron mi opinión sobre el largometraje número 18 de Pedro Almodóvar.
No es nuevo que su cine está poblado de referencias (Eva al desnudo incluso ocupa algunos fotogramas de Todo sobre mi madre; Volver es un homenaje al cine italiano; ¡Átame! está inspirada en The collector). En este caso, sin embargo, predominan las autorreferencias (¡Átame!, Kika, Hable con ella), además del guiño a Hitchcock (Vértigo, De entre los muertos) y al cine negro (género en el que hizo una incursión al rodar Carne trémula, La mala educación y Los abrazos rotos, y, en los 80, Matador y La ley del deseo). No obstante, más que rendir un homenaje al maestro del suspense, como lo hizo Brian De Palma en diversas ocasiones (Vestida para matar podría ser considerada una libre adaptación de Psicosis), Almodóvar apenas parte de una premisa argumental semejante a la de Vértigo: el Dr. Robert Ledgard, así como el detective John Scottie Ferguson, que no se resigna tras haber perdido a la mujer que amaba, trata de reconstruirla. Obsesionados, ambos actúan como el Dr. Frankenstein, lo que podría ser entendido también como una metáfora de la labor del director de cine, que juega a ser Dios al crear todo el universo de significados que alberga una película.

Y puede que los métodos empleados por los dos personajes sean diferentes, pero la intención es la misma: devolverle la vida a la persona amada. Luego, lo que podría ser una motivación noble (el amor siempre es una causa noble), se convierte en una trampa ególatra: estos hombres lo han perdido todo. Necesitan agarrarse a esta obsesión porque es lo único que les queda, lo único que les llena la existencia. Pero las similitudes hasta ahí llegan: menos atormentado que el protagonista de la película de Hitchcock, el Dr. Legard parece, por lo menos inicialmente, más motivado por la venganza que por el amor. Desprovisto de escrúpulos, no cuestiona el carácter moral de sus actos. Por ello, Almodóvar le dota, al igual que a Zeca y Marilia, su hermano y madre respectivamente, de nacionalidad brasileña, ya que, según el director “los brasileños no tienen tan arraigada esta tradición judeocristiana”. Lo que es doblemente cuestionable: Brasil fue colonia de Portugal (por lo tanto, sus orígenes son ibéricos) y siempre ha sido un país predominantemente católico. Ya en la época del tratado de Tordesillas, que marcaba sus límites territoriales, los cuales coinciden con lo que era la América portuguesa, llegaron allí los primeros jesuitas. Por mucho que la tradición africana haya aportado un rasgo diferencial que se ve claramente reflejado en la cultura brasileña, la herencia histórica no se ha borrado. Pero, bueno, esto da pie a una discusión larga. Hubiera preferido simplemente pensar que se trataba de un homenaje a Pitanguy, eminente cirujano plástico brasileño.

Es cierto que se trata de una película violenta, aunque las escenas no lo sean tanto (con algunas excepciones, por lo menos en el plano visual). Y eso que hay una larga secuencia de violación (ésta sí, casi explícita), dos suicidios y un intento fallido (éste, desde luego, más impactante a nivel gráfico), además de muchos tiros y dos rehenes, que son el mismo. Sin contar con los crímenes que no se ven en pantalla (los desaparecidos que salen en el periódico, las pacientes que pasaron previamente por El Cigarral). De hecho, apenas se ve sangre. Tiene su mérito que Pedro Almodóvar trate de hacer suspense sin apelar al horror gráfico. Como en Los ojos sin rostro, de Georges Franju, La piel que habito impacta más por la atmósfera que crea que por las cicatrices que enseña, aunque sin lugar a dudas, la obra franco-italiana es más inquietante (y explícita). Lamentablemente, Almodóvar se queda a medio camino: en lugar de crear un clima tenso (y tenía todo para conseguirlo: se trata de una historia claustrofóbica que tiene como eje central a un personaje viviendo una situación límite), se dedica a construir mosaicos de imágenes sin conexión aparente para luego dotarlas de sentido dentro de la narrativa. Sus momentos más sobrecogedores son los menos estilizados. Acierta cuando en lugar de usar (y abusar) de idas y venidas temporales, se centra en cuidar la luz y el raccord para ambientar adecuadamente la acción. Quizá la escena más agobiante de la película (una de las más simples también) es aquella en la que Robert afeita a Vicente. Con perfecto manejo del lenguaje cinematográfico, la construye a base de plano y contraplano, alternando tomas abiertas y cerradas (que evidencian y ocultan las expresiones e intenciones de los actores), usando la fotografía y el audio para componerla. Al igual que Polanski en Repulsión, Almodóvar crea tensión manejando el poder de la sugerencia. Así como asusta ver a Catherine Deneuve mirando fijamente a un alicate de uña, queda instaurado el suspense cuando el Dr. Ledgard lava las manos y prepara la navaja. Ya conociendo al personaje, el espectador sabe de lo que éste sería capaz. Y un buen suspense se construye a base de esto: de jugar con la expectativa de que algo pueda suceder. Esto es hacer suspense: dejarlo en suspenso, crear atmósferas, sea de miedo o de tensión. Cuando es más sencillo y menos pretencioso, Almodóvar lo consigue. Lástima que la mayor parte del tiempo se empeñe en confundir al espectador cambiando el orden de encaje de las piezas del puzzle (y le dedique mucho tiempo a ello por mero capricho narrativo).

Los primeros 20 minutos transcurren sin aclarar de qué va el argumento. Dan pistas pero sin atar cables. Ésta parece ser la intención del director: causar extrañamiento, no darle nada en bandeja al espectador (por lo menos inicialmente). Dosificando lo que es desvelado, poco a poco va soltando información de relevancia para que éste la vaya degustando sin prisa y se entretenga montando su puzzle. Tendencia explorada hasta el agotamiento en los thrillers contemporáneos, como Michael Clayton, ópera prima de Tony Gilroy como director, este recurso se ha mostrado más eficiente en thrillers de acción, como la trilogía Bourne, cuyos guiones también llevan la firma de Gilroy. Los thrillers psicológicos, como El silencio de los corderos, hay que dotarlos de más sustancia. Para ello hace falta esculpir (con la precisión del bisturí de un cirujano plástico) los perfiles psicológicos de los personajes. Esto es lo que les hará creíbles. Sus motivaciones, sobre todo si se trata de psicópatas (como lo son los doctores Robert Ledgard y Hannibal Lecter) no tienen que estar justificadas, pero sí fundamentadas. Almodóvar ignora esta regla fundamental y, una vez más, se queda a medio camino: La piel que habito no es ni thriller de acción ni un thriller psicológico. Y aunque su intención quede clara desde el primer fotograma (pretende acaparar la atención del espectador), en su intento, aunque alcance su meta (la película sí engancha), se despista (lo que resulta frustrante). Podría habérselas ingeniado de manera más eficiente: sin apelar a trucos de guión y edición. No hacía falta: la historia de por sí ya tiene suficiente gancho. Es innecesario (y lo que es peor, perjudicial): los excesos generan lagunas. Hubiera sido más oportuno, en términos narrativos, haberle dedicado más tiempo a matizar cómo se va desarrollando (y cambiando) el tipo de vínculo que une a Robert y a Vera. ¿Se enamoran como en el libro que inspira la película (Tarántula, de Thierry Jonquet)? ¿O ella está tratando de seducirlo para, en la primera oportunidad, huir? ¿Robert se deja llevar por Vera o por la similitud que guarda con su fallecida esposa? Hay quien no tiene suerte y prefiere engañarte, sabiendo lo fácil que resulta ganarte. Hay quien apuesta fuerte y decide quererte, sabiendo lo fácil que resulta perderte. Estas cuestiones sin aclarar, elipsis que deberían estar mejor trabajadas, comprometen el resultado final porque dejan la película hueca. Las motivaciones de los personajes no se perfilan muy bien.
No aclarar qué piel habita Vera (¿cordero o lobo?) tal vez sea el mayor mérito y el mayor problema de la película. Tal vez ella habite ambas o cambie de piel más de una vez a lo largo de su epopeya. Pero este matiz tendría que haber sido más elaborado a nivel narrativo, insisto. Si, por un lado, Almodóvar consigue dotar al personaje de ambigüedad y un de aura misterio (ahí es cuando acierta), luego precipita los acontecimientos. No se trataría de explicarlo todo, recurso utilizado por el director para hacer inteligibles lagunas narrativas. Lo que le hace falta en La piel que habito son más escenas en las que, a solas con el personaje, el espectador pueda descubrirlo. Una pena que, exceptuando a Elena Anaya, el director no saque más partido a los actores que tiene en su reparto.

Antonio Banderas está en prácticamente todos los fotogramas de la película, pero es Elena Anaya quien roba la escena, desvelando más el alma de su personaje con los ojos que con palabras. Almodóvar la define como una actriz “altamente emocional”, a la que le gustan los desafíos y “que crece mucho, como Victoria Abril, ante el dolor y las dificultades físicas”; a la que le gusta interpretar a “personajes con un complejo entramado psicológico”. Estoy de acuerdo con su parecido con Victoria Abril: se percibe que ambas se entregan de lleno a sus personajes, que saltan al vacío. Pero creo que lo que más destaca en su trabajo es el hecho de que sea tan visceral e intuitiva. Muy emocional, también. Pero fundamentalmente visceral. No será tan técnica como Carmen Maura, ni tendrá el dominio físico de un escenario como Marisa Paredes. Como se ha dicho, Elena Anaya ocupa muchos menos fotogramas que Antonio Banderas, y aunque el actor no esté mal (el tono que emplea es el correcto), ella lo ofusca. Banderas será el protagonista; ella, el/los personaje(s) clave. También Jan Cornet defiende muy bien su papel. Marisa Paredes no brilla como en otras películas del director (su personaje no da para tanto), pero impone. Eduard Fernández, como siempre eficiente, destaca incluso cuando le corresponde un papel pequeño. Blanca Suárez, bella y dulce, le da coherencia a Norma. Roberto Álamo, con toda la ridiculez del personaje de Zeca, parece perdido (pero esto no es culpa suya). La presencia del brasileño solo tiene cabida si la entendemos como necesaria para que Almodóvar se rinda un auto homenaje reproduciendo la escena de la violación de Kika. En ambas películas, dos fugitivos, que incluso se parecen físicamente (llevan el pelo rasurado), se muestran ávidos de sexo. En Kika esa escena resulta graciosa (aunque en la época de su lanzamiento generó controversias); aquí es apenas grotesca.
La piel que habito peca básicamente de esto: desaprovechar a sus actores y, además de los problemas ya comentados, de acumular muchos fallos de guión. El personaje de Marilia parece estar en la trama solo para explicar con palabras las elipsis (e incoherencias) de la película. Almodóvar también recurre a ella para ubicar al espectador en la trama. Quizá el personaje del brasileño solo venga a cuento para que, a raíz de lo que sucede, ella le cuente a Vera (y por ende al espectador) qué había sucedido antes. Su monólogo, aunque esclarecedor, no tiene sentido ni como recurso narrativo (después de tanto ir y venir, de tanta información dosificada, ella lo vomita todo de golpe) ni resulta verosímil, puesto que Marilia no se fía de Vera y, por lo tanto, no tiene sentido que se abra de semejante manera con ella.

En términos técnicos, la película cumple. La música de Alberto Iglesias le da un aire contemporáneo, aunque a veces se usa en exceso, induciendo el espectador a ciertas emociones. La voz y presencia de Concha Buika nos reservan uno de los momentos más agradecidos de su metraje. La dirección de fotografía, bien cuidada, imprime un tono artificial a la trama (quizá una metáfora visual: la vida es igual de artificial que la piel que teje el cirujano). Su artificialidad salta especialmente en la escena en que los jóvenes, después de la boda, follan en el jardín. Muy similar a una publicidad de Dimtri Daniloff, impacta visualmente por la composición del cuadro. Esta escena, junto a la del recorrido que hace la cámara por los grafittis pintados por Vera en la pared, es una de las más bonitas de la película en términos plásticos.
Difícil de definir, La piel que habito es una película valiente. Y, desde luego, incomparable. Más por la sensación que produce que por tratarse de una obra menos almodovariana, como la han definido algunos. Todos los elementos de sus largometrajes anteriores están ahí: la mezcla de géneros (de ahí la dificultad en clasificarla), las situaciones improbables, las tramas enrevesadas (la escuela de Almodóvar siempre ha sido la del melodrama). Tal vez menos barroca a nivel visual, pero no del todo libre de referencias camp y kitsch (algunos personajes desfilan con vestidos extravagantes; el Dr. Ledgard acaricia a su rehén a través de una pantalla gigante), la película lleva el sello del director. Como en todas sus obras anteriores, La piel que habito versa sobre el deseo que supera a sus personajes. Habla de deseos tan primarios como el de sobrevivir, como el de una madre de proteger a su crío. También del deseo motivado por la posibilidad de devolver la vida a alguien que deja un vacío imposible de llenar o del deseo de poner en marcha un plan de venganza. Y de cómo estas dos motivaciones se pueden confundir cuando uno se deja gobernar por otros deseos que surgen de manera involuntaria. Al fin y al cabo, su punto de inflexión remite a una premisa bastante sencilla: ¿qué sucede cuando uno se enamora de quien no debe?

Como experiencia colectiva, el cine le permite a uno compartir no solo dos horas de lo que se proyecta en pantalla, sino también sensaciones e impresiones. Escuché risas nerviosas, percibí miradas distantes. Algunas personas salieron atónitas de la sala y hubo quien, como en los pases teatrales de Esperando a Godot, no se movía, en la expectativa de un epílogo. Yo salí del cine extasiada (me encantó su final, para mí redentor, justo. Qué irónico, lo que la crítica especializada señaló como uno de sus momentos más controvertidos: causó risa en Cannes). Haciendo un balance general, no queda duda de que sus excesos y elipsis perjudican la narrativa, pero a punto estuvo Almodóvar de haber realizado una obra maestra. No lo logró. Quizá de ahí provenga parte de su encanto. Mientras pasaban los títulos de crédito, me alegré de haber vivido tal experiencia. Y de que Almodóvar siga haciendo películas y no deje de arriesgarse. Me parece maravilloso que, 31 años después del estreno de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, conserve las ganas de experimentar que tenía en los años 80. Con mucha más experiencia y dominio técnico, pero manteniendo un cierto frescor. Puede que se equivoque, pero no pierde el tesón (su cine es esto: puro tesón). Podría, cómodamente, vivir de hacer siempre la misma película: comedias melodramáticas que dan buen resultado en taquilla. Pero no: se atreve con otros géneros. En lugar de asumir el peso de ser el mito en el que se ha convertido, disfruta siéndolo. Y, claro, aprovecha para hacer las películas que quiere. Digno de aplauso.

Curiosidad: diez días después del estreno, en la página de IMDB, consultada el 12 de septiembre, la película La piel que habito aparece en el Top 90, alcanzando 259 puntos. Elena Anaya aparece en el Top 500, con más de 650 puntos. Las críticas recibidas por la película, a la actriz no le han tocado. Ni Boyero se ha metido con ella. Como lo anuncian en el tráiler: hay personas nacidas para sobrevivir.
www.mirales.es
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